Silencio. "Silence" 2016, Martin Scorsese

Las vueltas que da la vida. En 1988, Martin Scorsese estuvo cerca de la excomunión tras dirigir La última tentación de Cristo, una película que trataba de humanizar la figura de Jesús y levantó una enorme polvareda dentro de la iglesia católica. Después de casi tres décadas, el mismo cineasta lleva a la pantalla Silencio, la novela de Shusaku Endo sobre las represalias ejercidas contra el cristianismo en el Japón del siglo XVII, ganándose el aplauso de aquellos que entonces le vituperaron. Lo que demuestra lo moldeable de las opiniones y de los puntos de vista. Porque Scorsese sigue siendo el mismo, tanto en sus creencias (no hay que olvidar que de joven estudió en un seminario), como en su voluntad de reflejar una fe cercana al humanismo, que no acata los axiomas y propone cuestiones existenciales. En la versión cinematográfica de Silencio, Scorsese conjuga dos de sus fijaciones más arraigadas: la religión y el cine japonés. La primera ha estado presente de forma más o menos notable a lo largo de toda su filmografía (aparte de La última tentación de Cristo, en otras películas como Malas calles, Taxi driver, Toro salvaje o El cabo del miedo), y su pasión por el cine clásico japonés le llevó a participar como actor en Los sueños de Akira Kurosawa. Así que la realización de Silencio es un sueño cumplido por el director y, según sus propias palabras, una experiencia religiosa.
La película narra las desventuras de dos jóvenes portugueses que deciden marchar a Japón tras la búsqueda del que fuera su maestro en la orden de los jesuitas, erradicada con fiereza por el gobierno nipón. A lo largo de la historia se pondrá a prueba la fe de los dos religiosos y se describirá la cruel persecución que sufrieron los cristianos en la clandestinidad. Semejante argumento promete emociones fuertes, tensión y drama, algo que la película ofrece amortiguado por la reiteración. El guión insiste en el padecimiento de los protagonistas con tanta persistencia que, al final, la fatiga aminora el impacto que se pretende... hasta el punto de que el metraje se alarga durante más de dos horas y media en las que el relato se estanca, (sobre todo en el segundo acto), absorto en su propia tragedia. Scorsese parece regodearse a veces en el dolor de sus personajes, sin alcanzar el exhibicionismo impúdico de Mel Gibson en La pasión de Cristo, pero haciendo que se eche en falta algo más de serenidad y distanciamiento. Y eso que se trata probablemente de la película más sobria y académica dentro de su larga filmografía, a pesar de algunas incongruencias formales. Porque el característico estilo de Scorsese, lleno de nervio y en el que la cámara se convierte en protagonista, desaparece aquí en favor de una narrativa más clásica y moderada. Lo que no encaja bien con algunas imágenes que desvirtúan el tono (por ejemplo, el plano cenital de la bajada de las escaleras al principio del film).
Otra diferencia importante que establece Silencio respecto a otros trabajos del director está en la música, con menor presencia y en su mayoría diegética, haciendo honor al título de la película. También resulta sutil la fotografía de Rodrigo Prieto, con imágenes de una belleza discreta, acorde con el relato. No cabe duda de que Silencio es una película bien producida, bien dirigida y bien interpretada por Andrew Garfield, Adam Driver y Liam Neeson, entre otros actores nipones. Pero la sensación final es que Scorsese ha desperdiciado la oportunidad de hacer un gran film por no ajustar la densidad del drama y por falta de concreción en el relato. El cineasta se involucra ciegamente en la creación de su obra y esto le hace perder la perspectiva con facilidad, asumiendo el riesgo de confundir sus obsesiones personales con los intereses del público. Una decisión que acarrea una contrapartida: la de provocar un cine ensimismado y autocomplaciente. Dos pecados en los que incurre Scorsese con Silencio y que los espectadores creyentes absolverán con mayor gracia.
A continuación, uno de los acertados análisis cinematográficos de Tony Zhou acerca del silencio en las películas de Martin Scorsese. De acuerdo, no es el mismo silencio al que se refiere Silencio, pero es una buena excusa para disfrutar este estupendo reportaje:

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Sidney. "Hard eight" 1996, Paul Thomas Anderson

Apenas un año antes de deslumbrar al mundo entero con Boogie nights, el director Paul Thomas Anderson debutó en 1996 con este peculiar ejercicio de cine negro. En realidad, Sidney se escapa a las convenciones del género y no trata de sorprender al espectador con complicados giros de guión ni golpes de efecto, al estilo de David Mamet o los hermanos Coen. El tono adoptado por Thomas Anderson es reposado y austero, más próximo a Melville y al film noir que a los clásicos norteamericanos.
Como tantas otras veces, en Sidney hay un triángulo de personajes integrado por un novato inexperto, su veterano mentor y la chica con problemas. Los tres están cubiertos por un halo de fatalidad, sin embargo, el hecho de que la película sea narrada desde el punto de vista del maduro Sidney (y no desde el joven, como sería habitual), condiciona el relato y lo aleja de los tópicos. El carácter recto y elegante del protagonista que da título al film determina el tempo y la planificación, también concisa y sin la exuberancia que el director practicará en sus siguientes trabajos.
Thomas Anderson empieza a conformar aquí el equipo de sus fieles colaboradores. Al margen de Gwyneth Paltrow, cuya estrella comenzaba a brillar a mediados de los años noventa, nos encontramos con nombres que repetirán con el director como Philip Baker Hall, John C. Reilly o incluso Philip Seymour Hoffman, que interviene en una breve escena. También aparece Samuel L. Jackson, en el necesario papel de antagonista, quien completa un elenco perfectamente ajustado y de brillantez interpretativa.
Pero hay más autores relacionados con el universo de Thomas Anderson que por primera vez ayudan a definir su estilo: el director de fotografía Robert Elswit y el músico Jon Brion dejan la impronta de su talento y redondean el resultado que ofrece Sidney. Elswit realiza un matizadísimo contraste de luces y sombras, aprovechando al máximo el color y el brillo de los neones de las salas de juego donde transcurre la acción. Por su parte, Brion recurre a sonoridades de jazz y de blues para reforzar el ambiente nocturno y el género al que se adscribe el film. Al igual que Thomas Anderson, Brion debuta también aquí como compositor de bandas sonoras, en compañía del músico Michael Penn.
La suma de todas estas personalidades da como resultado un film compacto y directo, que nunca se aparta de su línea argumental y que anuncia las capacidades del director que años después filmará películas como Magnolia, Punch drunk love y Pozos de ambición. En Sidney ya se percibe la influencia de Scorsese a la hora de mover la cámara y de componer los encuadres, todavía de forma sucinta y con una distinción que estaba a punto de romper sus costuras... Cuesta creer que mientras Thomas Anderson montaba esta película, se hacía cargo de la preproducción de Boogie nights. Dos obras muy diferentes, pero que guardan coherencia entre sí. El resto es historia.
A continuación, un interesante reportaje sobre algunas de las referencias presentes en el cine de Paul Thomas Anderson, cortesía del canal TCM. Relájense y disfruten:

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El principito. "Le petit prince" 2015, Mark Osborne

La relación entre la literatura y el cine ha sido siempre intensa y enriquecedora. Pero como sucede con los matrimonios largos, también ha habido momentos difíciles... sin duda, uno de los retos más complicados es el trasvase del papel a la pantalla de una obra ampliamente conocida. Más aún cuando, en el caso de El principito, forma parte del acervo popular. La guionista Irena Brignull reinterpreta el relato de Saint-Exupery y lo lleva hasta el presente, convirtiéndolo en una metáfora contra la vida programada y la cultura del éxito que se inculca a los niños de hoy en día. Es un Principito nuevo, que cambia la letra pero que respeta la música del original.
Aunque se trata de una producción francesa, este Principito tiene las hechuras de una película proveniente de Hollywood. Para la dirección se ha contado con Mark Osborne, profesional de la animación que ha trabajado en Nickelodeon (Bob Esponja) y DreamWorks (Kung Fu Panda), y para las voces de doblaje con actores tan conocidos como Jeff Bridges, Rachel McAdams, Marion Cotillard o Benicio del Toro, entre otros. Otro nombre destacado es el de Hans Zimmer, que se hace cargo de una banda sonora fundamental en la narración. Ante semejantes créditos muchas veces conviene levantar la guardia: son demasiadas las adaptaciones de cuentos anabolizados en pos de la aparatosidad y el espectáculo. No es el caso de El principito. Osborne firma un magnífico entretenimiento que conserva, no obstante, la reflexión y la intimidad del texto de partida. La película contiene humor, aventura y sentimiento a partes iguales, guardando el equilibrio durante todo el metraje.
Al igual que sucedía con Peter Pan en Hook, este Principito se plantea su lugar en el mundo actual. La película demuestra que las situaciones y los diálogos escritos por Saint-Exupery hace más de setenta años mantienen su vigencia, pero al contrario que Spielberg, Osborne evita la nostalgia e insufla nuevos bríos a la historia. No es una actualización porque El Principito posee la virtud de los buenos cuentos: no está enclavado en una época o lugar en concreto. El discurso, por lo tanto, sigue siendo el mismo, pero presentado de manera novedosa. Es lo mejor que se puede decir de ésta y de cualquier otra adaptación cinematográfica.
En el aspecto estético, el film depara un auténtico placer para los ojos. El guión de El principito se bifurca en dos líneas argumentales, cada una con un tipo distinto de animación. La parte del presente está animada de forma digital, mientras que la parte del cuento cobra vida por medio del stop motion, una técnica que embellece y aporta originalidad al conjunto. En suma, El principito es una de las más hermosas películas de animación de los últimos tiempos, que ojalá no suponga una excepción dentro del panorama europeo y pueda expandir su ejemplo como alternativa a los grandes estudios que copan las carteleras internacionales.
A continuación, More, el cortometraje que Mark Osborne realizó en 1998 bajo el procedimiento de animación claymation. Se puede debatir el acabado, el mensaje, la música de New Order... o resumir diciendo que son seis minutos y medio de pura y llana genialidad. Relájense y disfruten:

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Comanchería. "Hell or high water" 2016, David Mackenzie

El director británico David Mackenzie realiza su segunda incursión en el cine norteamericano con una película que se adentra en lo más profundo del país, en las entrañas del estado de Nuevo México. Lejos de resultar un viaje turístico o una postal exótica, Comanchería imprime en la pantalla la sequedad y el carácter de una tierra difícil, propicia a historias como la que relata el film. El guión de Taylor Sheridan establece dos líneas paralelas condenadas a encontrarse: por un lado, la de dos hermanos que tratan de saldar sus cuentas con el pasado asaltando pequeños bancos de la región, y por otro lado, la de una pareja de rangers tras la pista de los robos. Tal vez suene a argumento conocido, sin embargo, Comanchería tiene poco que ver con otros thrillers ambientados en el Oeste de los Estados Unidos.
Para empezar, porque lo que subyace como trasfondo es la crisis económica provocada por las hipotecas subprime que aceleró el desplome de las clases bajas. Los escenarios que recorren los protagonistas del film están plagados de carteles anunciando préstamos financieros y ventas de viviendas. Es el paisaje después de la batalla, donde la apatía, el desconcierto y la rabia cruzan los rostros de los figurantes. ¿Se trata de una película de denuncia social? No exactamente, porque Mackenzie guarda la distancia adecuada y se concentra en el motor que mueve a los personajes, que no es otro que el instinto de supervivencia. Todos los personajes cargan con su propia cruz, sin exhibiciones de dramatismo que alteren el equilibrio narrativo... hasta que emerge la violencia condensada en el ambiente. Eso sí, solo cuando lo exige la acción. En Comanchería hay persecuciones, tiroteos y golpes secos, pero no son el fin sino el medio. En otras palabras: David Mackenzie ha hecho una película profundamente americana, evitando la caricatura de los tópicos y asimilándolos de manera sucinta, a veces incluso entrañable. Por la pantalla desfilan los telepredicadores, los jubilados sentados en el porche, los menús ricos en grasas, las tiendas de coches de segunda mano... sin adornos y aportando identidad al conjunto. A este realismo contribuyen decisivamente los actores Jeff Bridges, Chris Pine y Ben Foster, magníficos en sus interpretaciones y en la caracterización de los personajes.
Comanchería resuelve bien el reto de fijar en la pantalla el espíritu de un territorio devastado por los acontecimientos de la actualidad. Giles Nuttgens, el director de fotografía habitual de Mackenzie, captura la fuerte luz del Oeste y amortigua los colores con arena y sudor, elementos presentes durante el metraje. La película incorpora un buen puñado de canciones que terminan de definir el resultado crudo y directo que presenta Comanchería. A pesar del desafortunado título con el que se ha estrenado en España y Francia, merece la pena descubrir esta pequeña joya del cine norteamericano que tiene en Samuel Fuller o en Sam Peckinpah sus ilustres antecedentes.
A continuación, un extracto de la banda sonora creada por Nick Cave y Warren Ellis. Los compositores demuestran una vez más su capacidad para crear música intimista y evocadora a través de instrumentos de cuerda y sonidos que remiten al alma de los personajes. Relájense y disfruten:

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Miles ahead. 2016, Don Cheadle

Hay muchas formas de hacer películas: con la cabeza, con el corazón, con las uñas, con el bolsillo... Don Cheadle ha hecho Miles ahead con las tripas. Se trata de un proyecto trabajado durante años por el actor, en torno a una de las figuras más trascendentales del jazz, Miles Davis. Pero en su debut como director y guionista de cine, Cheadle ha evitado la hagiografía o el retrato convencional del artista en crisis y se ha centrado en un periodo muy concreto en la vida del trompetista: la reclusión voluntaria que Davis mantuvo en los años setenta buscando reconducir su sonido en medio del caos lisérgico y sentimental. Todo concentrado en un relato de apenas veinticuatro horas, cuando el periodista interpretado por Ewan McGregor violenta su intimidad tratando de arrancarle una entrevista. Por lo tanto, los que busquen el biopic definitivo sobre Davis quedarán decepcionados. Miles ahead es un acercamiento, una interpretación libre del contradictorio mundo de una de las figuras más complejas y fascinantes de la música moderna.
Lo dice el propio personaje en boca de Cheadle al comienzo del film: "Si quieres contar una historia, hazlo con la actitud correcta." Y la actitud de Cheadle está muy relacionada con el lenguaje del jazz. La narración de Miles ahead es atrevida y sincopada, alterna diferentes ritmos y tiempos mediante flashbacks y hábiles secuencias de montaje (las elipsis a través de las fotografías de la boda o en el ring de boxeo son algunas de las más destacadas). Este ejercicio de retórica exige cierta predisposición por parte del espectador, quien agradecerá tener algo de información previa acerca del protagonista. De lo contrario, corre el riesgo de perderse y de no conectar con lo que sucede en la pantalla, que es mucho y está presentado de forma tensa y vibrante. 
Miles ahead es una película apasionada, que potencia su garra gracias al esforzado trabajo de los actores. Cheadle se entrega hasta el límite, bien secundado por McGregor, Emayatzy Corinealdi y el resto del reparto. En el aspecto técnico, cabe destacar la fotografía de Roberto Schaefer, quien reproduce la atmósfera de la época mediante la iluminación y la paleta de colores, y el elaborado montaje del equipo formado por John Axelrad y Kayla Emter. El diseño de producción resulta también de lo más acertado y engrandece la factura de esta película en apariencia pequeña. En suma, Miles ahead es un film exigente y arriesgado, que trata de asir a un músico tan inabarcable como Miles Davis. Sin duda, uno de los debuts más estimulantes de los últimos tiempos.

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Los Tenenbaums. "The Royal Tenebaums" 2001, Wes Anderson

Esta es la película que globalizó el nombre de Wes Anderson. El pequeño vendaval que había supuesto Academia Rushmore tres años antes, se convirtió en huracán con Los Tenenbaums, la consagración del estilo marcado y reconocible del director cuando apenas superaba la treintena. Vista hoy, la película resplandece como el primer día. Es divertida, triste, inteligente y absurda como pocas. Puro Anderson.
Conviene estar prevenido antes de enfrentarse a una experiencia igual. Porque lo fácil es dejarse llevar por los colores vivos, las situaciones y los personajes extremos que pueblan el film. Pero detrás hay más, mucho más. La caricatura que exhibe Los Tenenbaums oculta un mundo de seres disfuncionales, depresivos en potencia y melancolía a flor de piel. Es el esperpento de Valle-Inclán filtrado por el imaginario pop y el romanticismo europeo, una opción narrativa que no distingue el fondo de la forma.
Anderson se confirma aquí como un autor de talento. La planificación es ingeniosa y pulcra, con los característicos encuadres y movimientos de cámara del director, el empleo del fuera de campo y las posibilidades del montaje. Un delirio visual diseñado con meticulosidad y acorde al relato. La película cuenta la historia de los Tenenbaums, una peculiar familia marcada por el carácter de los padres. Todos han ido madurando a lo largo de los años salvo el progenitor, encarnado por Gene Hackman, en una de las interpretaciones más hilarantes y completas de su carrera. El extenso reparto que le acompaña no desmerece ni lo más mínimo. Un plantel con los nombres de Anjelica Huston, Ben Stiller, Gwyneth Paltrow, Bill Murray, Danny Glover y los hermanos Luke y Owen Wilson, entre otros. Wes Anderson demuestra como guionista y director una enorme pericia a la hora de mantener el equilibrio y no dejar que se descompense la balanza de los personajes. Todos tienen gran incidencia en la trama y se acoplan como ruedas de un engranaje a la compleja maquinaria del film, gracias a lo preciso de las caracterizaciones y a la capacidad de Anderson para construir iconos que representan el triunfo, el fracaso, el orden, el caos, la alegría, la tristeza... contraponiendo los retratos de sus criaturas.
Pero sobre todo, el cine de Anderson está basado en los espacios que habitan esos personajes. Academia Rushmore y El gran hotel Budapest los llevan implícitos desde el propio título, son escenarios de la misma importancia que el buque Belafonte de Life Aquatic, el tren de Viaje a Darjeeling o el campamento de boy scouts de Moonrise Kingdom. En Los Tenenbaums, la casa familiar y sus diferentes estancias definen a los protagonistas, afectados por un determinismo del entorno que se suma al biológico. En el universo andersoniano son lo mismo habitaciones y habitantes, recipiente y contenido. Como en la propia película: las imágenes describen el relato, y viceversa.
En Los Tenenbaums, Anderson esgrime sus armas habituales: la fotografía de Robert D. Yeoman y la música de Mark Mothersbaugh, en convivencia con una hábil selección de canciones, ayudan a perfilar el sello del autor. Son los componentes de una producción que supone un salto adelante dentro de la filmografía de Wes Anderson, cineasta que deja en cada fotograma la impronta de su inventiva y la llamada a soñar con mundos mejores, frecuentados por seres tan desgraciados como nosotros. En resumen, cine gozoso y tremendo.
A continuación, uno de los fantásticos perfiles creados por la asociación Director´s Cat, dedicado a la figura de Wes Anderson. Relájense y disfruten:

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Rogue One: Una historia de Star Wars. 2016, Gareth Edwards

Aunque el término spin-off parezca una creación reciente de las series televisivas, lleva practicándose mucho tiempo en otras disciplinas como la literatura y el cómic. La naturaleza episódica de estos formatos y la necesidad comercial de fraccionar el producto para prolongar el consumo había eximido hasta el momento al cine, con un público menos fiel y más atento a la exclusividad de la pantalla grande. Pero nada se escapa a los designios del todopoderoso Disney. Era una cuestión de tiempo que tras la compra en 2012 de la marca Star Wars, el estudio se pusiese manos a la obra para potenciar las posibilidades comerciales de la franquicia, mediante la explotación de un merchandising retroalimentado por nuevas producciones con las que inundar las carteleras. Así, en 2015 se estrena El despertar de la fuerza, glorioso revival que reactiva la serie y un año después Rogue One, capítulo independiente que mantiene encendidas las cajas registradoras y el entusiasmo de los innumerables fans.
Como casi todas las operaciones perfectas, en realidad el fenómeno de Star Wars se asienta sobre la robustez de las antiguas tradiciones: el relato de aventuras, la ópera trágica, los mitos clásicos e incluso el western tenían cabida en las anteriores entregas. Rogue One incorpora el género bélico y lo hace atendiendo a buena parte de sus convenciones. Para empezar, el guión está dividido en dos partes bien diferenciadas. Durante la primera se presenta a los personajes y la misión que deben llevar a cabo, una tarea suicida que se desarrollará en la segunda parte y en la que necesariamente veremos morir a algunos de los protagonistas con los que hemos empatizado al principio. Aquí es donde se produce el drama que otorga profundidad y mayor realismo a la acción (basta recordar los precedentes de Los cañones de Navarone, Doce del patíbulo, El desafío de las águilasSalvar al soldado Ryan...) Finalmente, se impone la idea de que todo sacrificio merece la pena cuando los ideales que se persiguen son justos y honestos. Rogue One se amolda con fidelidad a estas premisas, barnizadas por la ciencia ficción geopolítica y la espiritualidad new age tan afín a la saga.
Sin embargo, las dos partes no funcionan igual. El  planteamiento argumental es confuso y la sobreabundancia de información relacionada con las otras películas resta efectividad a la presentación de los personajes y al trasfondo de la misión. El espectador inexperto en el universo de Star Wars perderá demasiado tiempo en desentrañar qué está sucediendo en la pantalla, en lugar de recibir sensaciones y establecer empatía con los protagonistas. El guión resulta prolijo en exceso, con un ritmo más televisivo que cinematográfico que la dirección de Gareth Edwards no encauza hasta la llegada de la segunda parte, en la que el cineasta se encuentra sin duda más cómodo. También el público podrá respirar aliviado al comprobar cómo las expectativas son satisfechas en medio de la pirotecnia de la batalla. Y por fin, Rogue One ofrece lo que había prometido: combates aéreos, adrenalina y tensión dramática. Es una lástima que los personajes no estén a la altura.
El reparto del film es uno de sus puntos flacos. En parte por el desdibujado perfil de los personajes en el guión de Chris Weitz y Tony Gilroy, y en parte por la incapacidad de Edwards para mantener el equilibrio dentro del numeroso grupo de actores. La protagonista Felicity Jones responde a una magnífica elección de casting, lo que no se puede decir de su compañero Diego Luna. No faltan los rostros conocidos adornando el elenco, como Forest Whitaker o Mads Mikkelsen, e incluso algunos intérpretes que han sido embalsamados digitalmente como Peter Cushing y Carrie Fisher. En suma, un buen plantel de artistas que no encuentran manera de dar identidad a sus personajes, sencillamente porque no la tienen. De vez en cuando se recurre a Darth Vader para solventar la falta de carisma del antagonista encarnado por Ben Mendelsohn, pero a esas alturas ya todo da igual porque la película ha completado su objetivo: rellenar 130 minutos de entretenimiento intergaláctico y mantener viva la llama de la saga. Una llama que en Rogue One no quema ni produce chispas. Por eso, al final se impone la sensación de haber asistido a una larguísima promoción de merchandising en la que nada es sublime ni digno de recuerdo. Salvo, tal vez, la mirada de Felicity Jones.

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Paterson. 2016, Jim Jarmusch

El sol sale cada mañana y cada noche se pone. Esta frase, dicha por uno de los personajes de Paterson, es la premisa que sostiene el film. Jim Jarmusch vuelve a demostrar su habilidad para retratar el transcurso del tiempo y la observación de lo cotidiano, volviendo a referentes  tan importantes en su carrera como Ozu o Bresson. Pero Jarmusch siempre es Jarmusch, y con Paterson recupera además el espíritu primigenio de Extraños en el paraíso y Café y cigarrillos. Es decir: los diálogos aparentemente intrascendentes y la contemplación como motor del relato, una actitud que pretende capturar ese misterio que llamamos vida. Porque Paterson es una película sobre la vida, sobre lo que pasa cuando parece que no pasa nada y sobre la creación.
La pareja protagonista crea, cada uno a su manera. Paterson concilia la poesía con su oficio de conductor de autobuses, mientras que Laura vive entregada a encontrar su modo de expresión mediante la música, la pintura, la moda o la elaboración de cupcakes. Ambos se quieren y son felices con pequeñas cosas, no han tenido hijos pero comparten un perro llamado Marvin. La película decepcionará a quienes busquen giros inesperados de guión, trucos narrativos o clichés de género. Paterson avanza a lo largo de una semana en la que se reproducen las rutinas de los personajes con ligeras variaciones y milagros mundanos (la niña que escribe poemas, el turista japonés), y algunas extravagancias propias del director (la profusión de gemelos). Todo ello filmado con austeridad y el peculiar sentido del ritmo de Jarmusch.
Como es habitual, el cineasta mira con honestidad a sus criaturas y encaja sus cualidades con las de cada actor. Adam Driver y Golshifteh Farahani hacen mucho más que interpretar con convicción a Paterson y a Laura, se convierten en ellos, dotando a la ficción con el don de la realidad. Resulta entrañable asistir a sus despertares en la cama, a las conversaciones en el sofá o las cervezas en el bar de Doc. Son momentos llenos de verdad, pero no una verdad documental sino estilizada con exactitud y cuidado. Es por eso que Paterson es una de las películas más redondas de Jim Jarmusch, una obra de madurez que es capaz de reflejar el acto creativo sin ínfulas ni alardes. En suma, una pieza perfecta de orfebrería cinematográfica.
A continuación, un estupendo perfil del joven Jarmusch, cortesía de la asociación francesa Director's Cat. Relájense y disfruten:

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La reina de España. 2016, Fernando Trueba

Hay un poema de Félix Grande que comienza así: "Donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver jamás". Unos versos que describen el poso que deja La reina de España tras su visionado. Porque es inevitable rememorar una película tan feliz como La niña de tus ojos, primera parte realizada por el mismo director dieciocho años atrás. Entonces el guión lo firmaban cuatro personas, entre ellas Rafael Azcona. Hoy es Fernando Trueba quien se encarga en solitario del texto, añadiendo la melancolía y la añoranza que conlleva el paso del tiempo sobre los personajes.
La película, por lo tanto, navega entre dos aguas: por un lado retoma la comicidad de su antecesora, y por otro incorpora la tragedia del franquismo que enmarca la historia. Sin embargo, la navegación no es fluida, a veces parece más bien un chapoteo. Cuesta creer que un cineasta tan inteligente como Trueba recurra a los chistes de mariquitas para buscar el humor fácil, y lo que es peor, que caiga en la reiteración y la arritmia. La reina de España resulta demasiado mecánica, carece de chispa y los ramalazos de ingenio enseguida se ven amortiguados por la excesiva funcionalidad de la narración. Todo sucede porque tiene que suceder, sin lugar para sorpresas ni giros inesperados.
A pesar de lo anterior, el film también cuenta con aciertos: su capacidad para retratar la industria del cine de los años cincuenta y la llegada de las grandes producciones extranjeras, la cuidada recreación histórica, la fotografía de José Luis Alcaine y, en especial, el entusiasmo de un larguísimo reparto coral integrado por Antonio Resines, Jorge Sanz, Santiago Segura, Neus Asensi o Javier Cámara, entre muchos otros. Cabe destacar a Loles León, cuyo carisma se adueña de los mejores momentos de comedia, y a Chino Darín, en su primer papel protagonista dentro de nuestras fronteras. Aparte, claro está, de Penélope Cruz. La actriz ilumina la pantalla con su presencia y se echa en falta cuando no interviene, logrando que su personaje madure y conduzca la acción. Ya no es la sosias de Imperio Argentina que interpretaba en La niña de tus ojos, ahora recuerda más a la Sarita Montiel de Veracruz, a quien se hace un divertido homenaje.
En suma, Trueba no consigue aportar grandes novedades respecto a la primera parte y faltan razones de peso para recuperar la historia. Al contrario de lo que dice el tango, veinte años sí son algo. La reina de España es una película que se sigue con interés, resulta amena y exhibe una factura técnica impecable... pero no logra reverdecer los laureles de La niña de tus ojos, pese al gran esfuerzo invertido y a una Penélope Cruz irresistible.

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Omega. 2016, José Sánchez-Montes y Gervasio Iglesias

El director José Sánchez-Montes lleva años dedicado al documental de contenido musical. En sus películas ha retratado a algunas de las figuras más carismáticas del cante y el baile como Bola de Nieve, Camarón de la Isla, Eva Yerbabuena y Enrique Morente. En torno a éste último realizó en 2005 Enrique Morente sueña la Alhambra, una particular aproximación al arte del cantaor granadino. Casi una década después, Sánchez-Montes retoma al artista para narrar la historia de Omega, un álbum transgresor y genial que rompería todos los moldes y del que se cumplen veinte años desde su publicación. Tiempo suficiente para mirar con perspectiva y examinar las circunstancias que propiciaron la creación de aquella obra cuyo sonido continúa estremeciendo todavía hoy.
Al igual que en Tiempo de leyenda, anterior trabajo del director en el que se detallaba la génesis de La leyenda del tiempo de Camarón, en Omega se trascienden los márgenes del making of convencional. Sánchez-Montes, en compañía del también director Gervasio Iglesias, elabora un homenaje al artista, a su obra y al proceso creativo, abordando tanto los aspectos generales como los coyunturales. El rigor y la anécdota. Es un documento imprescindible para entender la magnitud del disco Omega y para acercarse además a su lado más humano, a sus intuiciones, dudas y temores. Para ello se convoca frente a la cámara a buena parte de los que tuvieron que ver con el proyecto: Antonio Arias, Leonard Cohen, Estrella y Soleá Morente, Aurora Carbonell, Tomatito... y a biógrafos, periodistas y músicos que completan el conjunto. Las intervenciones de Enrique han sido rescatadas de los archivos televisivos, generando un diálogo entre el pasado y el presente bien resuelto por los directores.
Omega es fascinante porque la historia que se cuenta lo es, y porque se aprovecha el carisma de los que intervienen en el documental. Es una película que da placer al oído. Las palabras siempre sabias de Enrique Morente están bien administradas en el montaje y añaden la guinda a cada escena, otorgándole el papel en la sombra de maestro de ceremonias. Por estos y por otros motivos, Omega satisfará con facilidad a los seguidores del artista, a los amantes del flamenco sin prejuicios y a todos aquellos que aprecien la música como expresión artística y vital.

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Academia Rushmore. "Rushmore" 1998, Wes Anderson

Ya desde su segunda película, el cineasta Wes Anderson define los rasgos característicos de un estilo que se ha ido sofisticando con el paso de los años. Academia Rushmore anticipa el amor adolescente de Moonrise kingdom y El gran hotel Budapest, el afán de superación de Life aquaticFantástico Sr. Fox, y las relaciones familiares de Los TenenbaumsViaje a Darjeeling. También en Academia Rushmore se aprecia la fuerte identidad visual de Anderson, basada en las composiciones geométricas, el color y el dinamismo en los movimientos de cámara y el montaje.
Por todos estos motivos, se puede considerar Academia Rushmore como una pieza temprana dentro de la obra rica y fascinante del director. Anderson firma el guión junto al hoy conocido actor Owen Wilson, como un boceto de las historias que vendrán después. La película plantea un triángulo amoroso en el que cada uno de los vértices tiene predilección por el fracaso, integrado por los actores Jason Schwartzman, Bill Murray y Olivia Williams. Los dos primeros son habituales del director y materializan como nadie su sentido de la comedia, mientras que Williams aporta su naturalidad y dulzura. Pero al igual que en el resto de la filmografía de Anderson, Academia Rushmore cuenta con un nutrido elenco de intérpretes entre los que se encuentran Seymour Cassel, Brian Cox o Luke Wilson, cada uno creando un personaje peculiar e irrepetible.
Tras la cámara están algunos nombres que participaron con Anderson en el inicio de su carrera: el compositor Mark Mothersbaugh y el diseñador de producción David Wasco. Ambos saben traducir en notas musicales y en imágenes el desbordante imaginario del director, en compañía del siempre fiel Robert D. Yeoman. El trabajo de este director de fotografía es una pieza fundamental dentro de la estética que imprime Anderson en sus films, con una iluminación y una paleta cromática que remite a las ilustraciones del siglo pasado y a referentes tan variados como el cómic, la estética vintage, el cine de animación y el de los clásicos europeos.
En definitiva, Academia Rushmore es uno de los primeros pasos de Wes Anderson como autor de cine. Porque Anderson es sobre todo eso, un autor con un estilo claro y reconocible, que alberga un universo poblado de personajes inolvidables y cuya finalidad es una de las más honrosas que puedan imaginarse: provocar la sonrisa.
A continuación, un ejemplo que ilustra en pequeño formato las cualidades del director. Se trata de una promoción de la marca H&M que Anderson ha realizado en 2016 con el protagonismo de Adrien Brody. Relájense y disfruten:

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El artista. 2008, Mariano Cohn y Gastón Duprat

Primera película de ficción de Mariano Cohn y Gastón Duprat tras haber debutado en el documental dos años antes. Siendo un trabajo temprano, El artista anticipa ya algunas de las claves que se desarrollarán en títulos posteriores como El hombre de al lado o El ciudadano ilustre: la fábula de moraleja oscura, el protagonista con aptitudes creativas, el conflicto de calado ético. Estas constantes abarcan además una realidad mucho más amplia, la visión general sobre la sociedad argentina de Cohn y Duprat. De ahí el carácter alegórico de sus historias, teñidas de crítica y escepticismo. En el caso de El artista, lo que se cuestionan son las paradojas del mercado del arte contemporáneo y las nociones de la autoría y el talento.
Con estos mimbres se podía haber tejido un argumento cargado de reflexiones o un film-ensayo para eruditos. En lugar de eso, Cohn y Duprat optan por una narrativa minimalista y muy sintética, tanto en el argumento como en la forma. El artista transcurre a través de escenas reposadas, con pocos diálogos pero muy certeros, en las que se cuenta solo lo imprescindible para que la acción avance. La elocuencia está en las palabras pero, sobre todo, en los silencios. Una opción acorde con las imágenes, ya que éstas construyen también un discurso basado en la sugerencia, en la duración y en el encuadre. Es como si Cohn y Duprat hubiesen querido hacer una película pretendidamente artística para hablar del arte, buscando composiciones forzadas y ángulos de intención estética. Hasta el punto de que la cámara y el montaje son dos personajes más en el film, con su propia identidad y sin las ataduras del lenguaje cinematográfico tradicional. Dicho de otro modo: cada secuencia de El artista funciona como un pequeño relato en sí mismo, en medio de una atmósfera extraña y ensimismada que tiene mucho que ver con el carácter del protagonista.
Tampoco en el reparto han optado Cohn y Duprat por lo convencional. Los protagonistas están interpretados por Sergio Pángaro y Alberto Laiseca, conocidos respectivamente por sus facetas musicales y literarias, y que aparecen aquí dando entidad a sus personajes. Ni siquiera necesitan ser grandes actores, porque El artista se mueve en el terreno de las ideas y los conceptos, sin tener que plegarse a las exigencias de la trama ni al diablo que se esconde en los detalles. Al contrario, es una película que obliga a participar al espectador completando los huecos del guión y el fuera de campo visual, hasta desembocar en uno de esos finales abiertos que tanto desconciertan al público desprevenido.
En definitiva, El artista es una apuesta que luce orgullosa su condición de opera prima y sus ganas de suscitar la reflexión apelando a la inteligencia y a la creatividad. Una película que trata sobre el arte, que ofrece arte y que demanda arte al espectador. Los valientes están convocados.

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La llegada. "Arrival" 2016, Denis Villeneuve

El tema de las visitas extraterrestres se ha tratado tanto en el cine, que casi parece imposible abordarlo desde una perspectiva diferente. De ahí la importancia de una película como La llegada. El director Denis Villeneuve desplaza el foco habitual de los visitantes a los visitados, y se centra en las consecuencias de la visita más que en la visita misma. Es decir, que sitúa en primer término el drama humano y la incertidumbre ante la invasión, en lugar de los consabidos discursos altisonantes y las escenas de cataclismo y pánico. Villeneuve logra narrar la ciencia-ficción de manera realista, y así, convertirla en trascendente. Una carambola al alcance de muy pocos cineastas.
La película adapta un relato de Ted Chiang conservando su estructura circular, se abre y se cierra con el mismo movimiento de cámara y la misma música de Max Richter. En ambas secuencias suena la voz en off de la protagonista. Pero entre medias, todo habrá cambiado para el personaje que interpreta Amy Adams y también para el resto de la humanidad. Adams borda el papel de experta lingüista que carga con el peso de una desgracia familiar. Su rutina transcurre como la de un autómata, es una mujer de emociones congeladas. El letargo se interrumpe el día que es requerida para realizar el trabajo de traducción más extraordinario que pueda imaginarse. No estará sola en esta misión. La acompaña un científico con los rasgos de Jeremy Renner, y entre ambos se establece una labor que pondrá en entredicho las decisiones políticas y militares. La llegada tiene, por lo tanto, una lectura crítica con el presente que revaloriza su naturaleza mainstream y la aleja de otras grandes producciones sobre el mismo tema.
La principal diferencia está en la narración. Villeneuve emplea recursos del cine de autor, (los flashbacks parecen dirigidos por Terrence Malick), y un aire melancólico reforzado por la fotografía de Bradford Young y la música de Jóhann Jóhannsson. Da la sensación de que el director canadiense ha querido amortiguar el impacto de la trama mediante la frialdad y el verismo, dos rasgos que definen bien al personaje protagonista. Todo está visto a través de ella, y por eso el film resulta emocionante. La gran virtud de La llegada es que el espectador puede identificarse con el desconcierto que transmite y asimilar su propuesta fantástica con total naturalidad. Es la culminación de un relato mil veces visto antes pero presentado como nunca, directo a la conciencia de público, al igual que años atrás lo hicieron otras películas como 2.001: una odisea en el espacio o Encuentros en la tercera fase. En suma: Denis Villeneuve en estado de gracia.

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Faster, Pussycat! Kill! Kill! 1965, Russ Meyer

El cine de pandilleros y delincuentes juveniles tuvo su eclosión durante los años cincuenta, con el advenimiento del rock´n´roll y la identificación de los coches como símbolo de emancipación y libertad: Rebelde sin causa, Semilla de maldad, Salvaje... se convirtieron en iconos de su generación, en películas que reflejaron las inquietudes sociales de una época. Al calor de estas producciones surgieron también un buen número de films de bajo coste que no tuvieron repercusión alguna, provenientes en su mayoría del estudio American International Pictures. Títulos que a pesar de su escasa calidad cinematográfica, resultan hoy igualmente reveladores: High school hellcats, Drag strip riot!, Hot rod girl, Motorcycle gang... Pero todavía hay más. Por debajo de este escalafón, se pueden encontrar rarezas que abordan los mismos temas desde la marginalidad. Y en las catacumbas, resplandece como una gema oculta Faster, Pussycat! Kill! Kill! Una película ligada con fuerza a la personalidad de su director, el inefable Russ Meyer.
El cineasta norteamericano es un claro producto de su tiempo. Meyer hace suyas la rebeldía y la experimentación de la década de los sesenta, filtradas por sus grandes pasiones: el sexo, la violencia, los coches y los pechos generosos. Escrita, montada, dirigida y producida por él mismo con un presupuesto ridículo, la película supone una de las referencias inevitables dentro del cine independiente underground. Los motivos saltan a la vista: su descaro, originalidad y falta de prejuicios siguen llamando la atención hoy en día.
La película está filmada aprovechando la luz natural de unas pocas localizaciones y con un plantel de menos de diez actores no profesionales. El blanco y negro de la fotografía carece de estilización alguna, hasta el punto de convertir la crudeza y el amateurismo de las imágenes en un estilo propio basado en la inmediatez y el realismo. Faster, Pussycat! Kill! Kill! hace suyo el dicho de que "menos es más". Esto en lo que concierne al contenido, porque en realidad la película es un cúmulo de excesos interpretativos acordes con el físico de las protagonistas. Tura Satana, Haji y Lori Williams exhiben en cada escena los prodigios de su anatomía sin llegar nunca al desnudo, y aquí está la novedad respecto a otras películas de Meyer. También hay sobreabundancia de violencia verbal y física, una voz en off lo advierte al inicio: "Damas y caballeros, bienvenidos a la violencia de palabra y de acción, porque la violencia puede manifestarse en muchos aspectos, aunque el preferido es el sexo." Russ Meyer en estado puro.
El director es seco y directo, no desperdicia metraje con secuencias de transición y emplea un montaje que comprime el relato en apenas ochenta minutos en los que se evocan aromas de western y de cine negro. Uno de los máximos alicientes es la música compuesta por Paul Sawtell y Bert Shefter, rica en sonoridades del jazz y el rock, que aporta una gran identidad al film. Todos estos motivos han hecho de Faster, Pussycat! Kill! Kill! una auténtica obra de culto, recreada por iconoclastas como Quentin Tarantino en Death Proof, Álex de la Iglesia en Perdita Durango o John Waters en buena parte de su filmografía. Más allá de su extravagancia, la película supone un rabioso ejercicio de libertad que define bien la figura de Russ Meyer, un cineasta que firma aquí su mejor trabajo.

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Aunque tú no lo sepas. La poesía de Luis García Montero. 2016, Charlie Arnaiz y Alberto Ortega

No es frecuente que un documental trate la figura de un poeta. En realidad, no es frecuente nada de lo que tenga que ver con la poesía, y tal vez ahí resida la naturaleza misma de este arte marginal y magnífico. Por eso es importante la existencia de una película como Aunque tú no lo sepas. La poesía de Luis García Montero. Por su voluntad divulgativa, no solo de la obra del poeta andaluz, sino también de una época y un lugar. Los años de la democracia en España.
La narración respeta el orden lineal y la cronología de los hechos: desde la temprana juventud en Granada hasta el Madrid del presente, siempre con la maleta preparada para el siguiente destino. Un periplo asociado a diversos nombres de la cultura que han marcado la trayectoria de García Montero, como Rafael Alberti, Chus Visor, Almudena Grandes o Ángel González. Por eso, se puede considerar que el argumento del documental gira en torno a la amistad, es una celebración del compañerismo que resiste la erosión del tiempo y los codazos que se profesan dentro del oficio.
Por la pantalla desfila una sucesión de rostros conocidos (Sabina, Serrat, Juan Diego Botto, Estrella Morente...) y personas que guardan relación con el protagonista (sus alumnos de la universidad, los padres...) completando el mosaico de una trayectoria rica en experiencias. El propio García Montero ejerce de hilo conductor, lo que aporta al relato un carácter personal y a veces íntimo. Los testimonios van acompañados de imágenes actuales y abundante material de archivo, una mezcla que potencia el dinamismo en el montaje y convierte el visionado en un placer para los ojos y para los oídos.
Aunque tú no lo sepas reviste su contenido de una estética muy cuidada, mediante planos que juegan con el movimiento y el desenfoque, el color y las sombras. Los debutantes Charlie Arnaiz y Alberto Ortega firman una película visualmente bella, pensada para un público amplio que puede comulgar con el homenajeado o acercarse a él por primera vez. A pesar del ritmo acelerado que conduce el relato, hay cosas que se quedan en el tintero como la militancia política o la obra en prosa, y es que no se trata de una biografía al uso sino de un acercamiento sencillo y directo a la poesía de un autor comprometido con su tiempo. La película trata de adoptar el espíritu cercano que recorre los versos del poeta, y lo consigue. Habrá que volver a ella cada vez que alguien quiera asomarse al universo libre y humano de Luis García Montero.

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El ciudadano ilustre. 2016, Mariano Cohn y Gastón Duprat

Son muchas las películas que tratan el tema del regreso al lugar de origen de un personaje reconocido: Fresas salvajes, Volver a empezar, Cinema Paradiso, Young adult... Por eso, la novedad consiste en el punto de vista y en la habilidad de cada director para esquivar las trampas de la nostalgia y el sentimentalismo. De este reto salen muy bien parados Mariano Cohn y Gastón Duprat.
El ciudadano ilustre es una comedia cargada de bilis, ácida como pocas, pero que resulta tremendamente divertida. Narra la historia de Daniel Mantovani, flamante ganador del Premio Nobel de Literatura, que contra todo pronóstico decide aceptar la invitación del pequeño pueblo donde nació para nombrarle ciudadano ilustre. El guión muestra una serie de lugares comunes: el encuentro con la antigua novia, los viejos amigos, los escenarios de la memoria... pero vistos desde el escepticismo y la perplejidad del protagonista. Lo que da lugar a una sucesión de secuencias hilarantes y grotescas que proyectan el reflejo distorsionado de la apacible vida rural. Pero más allá del cruel retrato de costumbres, se impone la reflexión acerca del acto creativo y las inquietudes que atenazan a cualquier autor, algo que otorga profundidad al film.
La comedia se transforma en sátira y la sonrisa en mueca gracias al tono que alcanza la narración, excesivo y violento. Pero al contrario que los malos chistes, en los que siempre se adivina el final, El ciudadano ilustre depara giros de guión inesperados y riesgos que salva el portentoso trabajo de Óscar Martínez. Su encarnación del escritor es ajustada, precisa y está llena de humanidad. Logra contener la deriva guiñolesca a la que propende la película y tiende un puente con el espectador, estupefacto ante lo que sucede en la pantalla. Martínez saca el máximo partido de los diálogos, escritos con inspiración e interpretados con talento por el amplio reparto.
Ninguno de estos aciertos se ven ensombrecidos por la labor de los directores. Al contrario, Cohn y Duprat se valen de una planificación sencilla y efectiva, conscientes de que el material que tienen entre manos no se puede vulgarizar mediante complicados movimientos de cámara o angulaciones forzadas. El ciudadano ilustre exhibe una falsa simplicidad bajo la que se evidencian toneladas de ingenio. Por eso es cine inteligente y placentero, pero también de una terrible amargura. En el equilibrio de estos términos está su máxima virtud.

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El hombre con rayos X en los ojos. "X: The man with the X-ray eyes" 1963, Roger Corman

En el año 1963, Roger Corman dirigió nada más y nada menos que cinco largometrajes. Semejante cifra era normal en un director que acumulaba la experiencia del más veterano recién cumplidos los cuarenta. Su fórmula era infalible: trabajar deprisa, aprovechar la escasez de recursos y entretener al público. Pautas que siguió a rajatabla en El hombre con rayos X en los ojos, uno de sus títulos más celebrados.
La película recupera el espíritu de las producciones de la Universal que atemorizaron al público tiempo atrás (El hombre invisible, El hombre lobo, Dr. Jekyll y Mr. Hyde). Corman incorpora una temprana estética pop y una narrativa ligada a la televisión, acelerada y concisa. El guión de El hombre con rayos X en los ojos no se anda con rodeos. Ya desde la primera escena, se plantea el conflicto de un doctor que acaba de hacer un importante descubrimiento científico, pero que carece del dinero para desarrollarlo. Por lo tanto, él mismo se emplea como cobaya. Las sorpresas que le deparará ésta decisión completan un relato que no da tregua al espectador: misterio, terror, emoción, comedia y romance se concentran en apenas ochenta minutos en los que Corman alcanza las cotas más altas de su extensa cinematografía.
Para hacer creíble el personaje protagonista hacía falta un actor como Ray Milland, quien repetía con el director después de La obsesión. El intérprete demuestra su versatilidad mediante una composición siempre al borde del exceso, que es capaz de controlar gracias a su veteranía y talento. El resto del elenco participa de la sugerente atmósfera que transmite el film, con caracterizaciones a medio camino entre el cuento clásico y la estética camp de la época.
Corman cuenta con dos de sus colaboradores habituales, el director de fotografía Floyd Crosby y el músico Les Baxter. Las imágenes coloristas del primero y las inquietantes notas del segundo contribuyen a engrandecer una película que, por su presupuesto, parecía predestinada a ser pequeña. Nada más lejos de la realidad. El hombre con rayos X en los ojos es un delicioso ejercicio de género y una de las joyas del estudio American International Pictures, hogar y factoría de ideas del infatigable Roger Corman.

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Mañana lloraré. "I'll cry tomorrow" 1955, Daniel Mann

Daniel Mann inició su carrera en los años cincuenta dirigiendo dramas de origen teatral y literario, entre los que se encuentra Mañana lloraré. A partir de la autobiografía homónima de la actriz y cantante Lillian Roth, Mann retoma el tema del alcoholismo que ya había abordado en Vuelve, pequeña Sheba, su film de debut. Aunque en realidad, la película habla de muchas otras cosas.
Mañana lloraré expone el mito de la madre dominante que es capaz de proyectar en su hija las frustraciones propias, algo que el argumento no explica demasiado bien. Tampoco se cuenta con detalle el complejo de Electra que afecta a la protagonista, arrojándola a los brazos de cuantos hombres se cruzan en su camino. Suma y sigue: Roth es una artista sensible, y como tal vive insatisfecha con su arte... otro aspecto del personaje carente de profundidad en la trama. En definitiva, que Mañana lloraré es una película que contiene materia prima para construir un melodrama de altura, lo que no llega a cumplirse a causa de un guión torpe, una dirección poco inspirada y unas interpretaciones que no logran el tono adecuado. Y eso que la protagonista es ni más ni menos que Susan Hayward, una de las reinas del género. La actriz ya había encarnado antes el papel de alcohólica en Una mujer destruida, pero Mann no consigue en esta ocasión contener sus excesos y en las escenas de mayor intensidad Hayward se muestra artificial y cargada de tics. Algo parecido puede decirse de sus compañeros de reparto, una galería de actores integrada por Richard Conte, Eddie Albert o Don Taylor, entre otros. Sin duda la que sale mejor parada es Jo Van Fleet en el personaje de la madre, más ajustada y creíble que los demás.
Teniendo en cuenta que Mañana lloraré se sustenta en gran parte sobre la labor interpretativa y los diálogos, la película no alcanza los méritos de otros títulos como Días si huella, The small back room o El trompetista, en los que el abuso del alcohol cumple una función importante. El motivo es que Daniel Mann hace más hincapié en las acciones que en la psicología de los personajes. El público compadece a Lillian Roth y presencia sus desdichas, pero dificilmente llega a comprenderlas. Es por esto que el drama queda mitigado por una funcionalidad mecánica y carente de alma, algo imperdonable en una película que pretende emocionar y que convierte su título en una premonición para el espectador.
A continuación, un breve recorrido por la relación entre el alcohol y el cine, cortesía del programa de televisión Días de Cine. No están todas las películas que son, pero son todas las que están. Que lo disfruten. Salud:

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Yo, Daniel Blake. "I, Daniel Blake" 2016, Ken Loach

Contemplar en perspectiva la obra de Ken Loach es un ejercicio apabullante: cinco décadas de trabajo, veinticinco largometrajes de ficción hasta la fecha y un buen número de documentales, películas cortas y para la televisión. Pero más que las cifras, lo impresionante es la coherencia del corpus narrativo y la fidelidad del autor a sus ideas. El último ejemplo de ello es Yo, Daniel Blake.
La película contiene todos los elementos para ser un alegato, y de hecho lo es. Pero no un alegato bronco ni altisonante, sino un grito de guerra sencillo, directo, tremendamente humano. El discurso de Loach accede a un público mayoritario porque apela al sentido común, en lugar de a los colores políticos. La única proclama es la que defiende el título: Yo, Daniel Blake. La auto-afirmación de un hombre corriente cuya arma es la dignidad y que rememora al protagonista de Mi nombre es Joe, otro héroe del universo loachiano.
Como tantas otras veces, la película destila verismo por los cuatro costados. La cámara recorre los espacios tradicionalmente olvidados por el cine: dependencias de servicios sociales, apartamentos cedidos por el estado, establecimientos donde se reparten alimentos... un paisaje frío carente de estilización y fotografiado con austeridad. El relato tampoco esconde trucos. Paul Laverty expone en el guión las trabas burocráticas a las que se enfrenta un veterano carpintero obligado a tomar una baja laboral por enfermedad. Sus dificultades y sus temores son reconocibles, en buena parte gracias a la interpretación de Dave Johns. No es descabellado que se haya elegido a un cómico debutante para el papel, puesto que la dureza de las situaciones se ve a menudo aliviada por la ironía y el desenfado característicos de Loach. Su compañera de reparto, Hayley Squires, desempeña el contrapunto trágico y añade las dosis necesarias de emoción a la historia.
En suma, Yo, Daniel Blake completa el enorme mosaico que Ken Loach lleva elaborando desde hace años sobre la realidad más incómoda de su país. Una Inglaterra de la que ejerce como conciencia y vigía, y que encuentra en el personaje de Blake a su moderno Tom Joad.

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Dheepan. 2015, Jacques Audiard

Jacques Audiard continúa asomándose al abismo del comportamiento humano en Dheepan, un drama de calado social que le consolida como uno de los cineastas más importantes del panorama europeo. No es para menos. La película carece de la moralina o el paternalismo que suelen aquejar a buena parte de las producciones que tratan el tema de la inmigración, visto desde la perspectiva occidental. Para ello, Audiard conjuga la emoción con el compromiso, la intensidad con la militancia.
Dheepan parte de unos acontecimientos reales, la guerra civil en Sri Lanka y el exilio de la población perteneciente a la etnia tamil. Desde el primer momento, el foco de atención no se centra en el marco histórico sino en la circunstancia personal de los tres protagonistas, miembros de una falsa familia improvisada en un campo de refugiados. Audiard toma su ejemplo para ilustrar la tragedia de un país que exporta desarraigo y las dificultades de otro país, Francia, que lo debe integrar. Dos naciones que se tocan en sus extremos y donde se practica la violencia desde diferentes posiciones.
El estilo que emplea Audiard es seco y directo, con un naturalismo que apela a la identificación del espectador, sin eludir por ello los símbolos (como las imágenes del elefante en la selva). Los ojos de Dheepan, el protagonista que da título al film, son también los del público. Una mirada cuidadosamente elegida, ya que la trayectoria del actor Jesuthasan Antonythasan tiene mucho que ver con la del personaje que interpreta. Ambos lucharon en las filas del movimiento de liberación, ambos desempeñaron trabajos de subsistencia lejos de casa y ambos logran rehacer sus vidas, lo que queda reflejado en la pantalla a modo de espejo. Lo mismo puede decirse de su compañera de reparto Kalieaswari Srinivasan. El talento de Audiard como director de actores vuelve a hacerse patente incluso cuando cuenta con esta formidable pareja de inexpertos, transmitiendo verdad y hondura en cada secuencia.
Además de una ficción apasionante, Dheepan supone también un valioso documento que deja constancia de las secuelas de los conflictos internacionales y del fracaso de las políticas de inmigración. Ninguna de estas sombras consigue oscurecer el rayo de esperanza que Jacques Audiard proyecta en el desenlace del film, porque lo hace desde la austeridad y el comedimiento. Aunque por el camino se viertan sangre y lágrimas a raudales.

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