El hombre más buscado. "A most wanted man" 2014, Anton Corbijn

Según el tópico más asentado, los grandes artistas no llegan a morir jamás porque perviven en sus obras. A pesar de eso resulta difícil esquivar la tristeza durante la proyección de "El hombre más buscado": el rostro de Philip Seymour Hoffman está ahí, atravesando con su mirada cada fotograma, dando la última muestra de su descomunal talento. Y además lo hace desde la contención, ese terreno resbaladizo en el que los grandes actores se prueban a sí mismos.
La película escapa a los habituales dictámenes del exceso que imperan en el moderno cine de espías. "El hombre más buscado" no contiene persecuciones de infarto, diálogos graves ni argucias narrativas, sin embargo, es emocionante como pocas. Se trata de una emoción fría y controlada, mucho más intelectual que física. No en vano, el escenario en el que se sitúa la acción huye de todo convencionalismo y traslada sus intrigas hasta Hamburgo, con sus edificios grises, sus calles ordenadas y sus barrios del puerto.
Llegados a este punto, se asoma otro tópico: el escenario no como trasfondo de la historia, sino como un personaje más. Al igual que hiciese en su anterior thriller "El americano", el director Anton Corbijn continua explorando las posibilidades del entorno en la ficción y su incidencia en el carácter de los protagonistas. Menos arriesgada y hermética que su antecesora, "El hombre más buscado" adapta la novela homónima de John le Carré en un ejercicio que conjuga intriga y compromiso, una constante dentro de la obra del escritor inglés ("La chica del tambor", "El jardinero fiel").
El estado de alarma internacional originado tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 es el caldo de cultivo en el que se entremezclan los conflictos políticos, económicos y religiosos. La película pone su punto de mira en las cloacas del poder y en la lucha de los diferentes gobiernos por imponer sus reglas del juego, un torbellino de intereses donde se mueve el personaje interpretado por Seymour Hoffman. El actor ahonda en la figura del espía lacónico tan habitual en la literatura de le Carré, realizando un nuevo prodigio de transformación que emplea el recurso del comedimiento. Su papel introspectivo, poblado de demonios internos, contribuye al realismo en el que también participan sus compañeros de reparto: Willem Dafoe y Robin Wright proporcionan veteranía y talento, mientras que Rachel McAdams ilumina los rincones oscuros de la trama.
Con "El hombre más buscado", Corbijn realiza su película más convencional hasta la fecha, aminorando sus ínfulas de autor y otorgando máximos poderes al guión y a los actores. La decisión parece correcta, aún a riesgo de considerar aséptico o impersonal el resultado. Cualquier tentación de estilizar las imágenes y la retórica del film hubiese podido desvirtuar la denuncia de las rivalidades entre los servicios de inteligencia, capaces de anteponer sus méritos a la seguridad de los ciudadanos. "El hombre más buscado" pone al descubierto los tejemanejes y las corruptelas que se producen en todos los bandos, los agujeros en los que tropieza la sociedad de la información. Pero por desgraciadas circunstancias, la película quedará como el último de los grandes papeles de Philip Seymour Hoffman, uno de los máximos exponentes del oficio de actor. A continuación, un pequeño tributo a su carrera:

            
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Viaje alucinante. "Fantastic voyage" 1966, Richard Fleischer

Intriga, aventura, drama, comedia, romance... la larga lista de géneros practicada por Richard Fleischer se incrementó en 1966 con la primera de sus incursiones en la ciencia ficción. No pudo haber elegido mejor comienzo. Desde su estreno, "Viaje alucinante" se convirtió rápidamente en un referente para futuras producciones de corte fantástico.
La película traslada el antiguo mito de Jasón y los Argonautas hasta el interior del cuerpo humano. Una expedición a bordo de un submarino reducido al tamaño de una célula es introducida en el cuerpo de un científico ruso, en coma tras sufrir un atentado. La misión consiste en disolver el hematoma alojado en su cerebro, una carrera contra el reloj que pone en juego sus vidas y el descubrimiento de un importante secreto. El trasfondo de la guerra fría y el riesgo de un sabotaje añaden tensión a la trama, capaz de retomar antiguas fórmulas narrativas y de adaptarlas al filtro de la ficción científica y el delirio pop de la época.
"Viaje alucinante" es visualmente irresistible y contiene en sus imágenes algunas de las claves que definirían producciones como "Barbarella" o la serie de "Star Trek": decorados sinuosos, colores intensos y vestuario que ensalza los atributos físicos. La participación en el reparto de Raquel Welch justifica este último punto y supone uno de los atractivos del film. Tanto ella como los demás actores cumplen con el escaso rigor que exigen sus personajes, cortados por patrones reconocibles y esquemáticos.
El guión de la película no se entretiene buscando verosimilitud ni coartadas intelectuales, sino que pone especial esmero en las escenas de acción. Se trata de cine vibrante, cine como el que imaginó Méliès en los inicios y que apela a la capacidad de ensoñación de los espectadores. Cine en el que el suspense y la aventura se ven reforzados por unos efectos especiales llenos de maquetas y trucos ópticos, sin abandonar por ello la dimensión humana del relato. El aspecto técnico sumado al diseño de producción da como resultado una película tan creativa como fácil de disfrutar, y aunque es verdad que hay algunos desajustes en el guión (la relación entre los personajes de Raquel Welch y Arthur Kennedy), las irregularidades no consiguen empañar el conjunto. Richard Fleischer firma con "Viaje alucinante" uno de sus más apasionantes trabajos, una película icónica que inspiró a autores tan dispares como Isaac Asimov o Salvador Dalí, elevándose a la categoría de clásico del género.

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Cómo entrenar a tu dragón 2. "How to train your dragon 2" Jean DeBlois, 2014

En veinte años de trayectoria, Dreamworks Animation se ha consolidado como uno de los estudios más importantes dentro del mundo de la animación. Una carrera abalada por películas notables ("Shrek", "Megamind") y por contundentes éxitos ("Madagascar", "Kung Fu Panda") que sitúan a la compañía en un eterno tercer puesto tras las hegemónicas Disney y Pixar. Este orden en el escalafón persistirá mientras que Dreamworks no abandone la irregularidad en la calidad de sus proyectos y las concesiones al público infantil, lo que limita un alcance más amplio.
A pesar de todo, en el año 2010 Dreamworks fue capaz de concitar el entusiasmo unánime de críticos y espectadores gracias a "Cómo entrenar a tu dragón", adaptación libre de la serie de libros de Cressida Cowell que supuso una bocanada de aire fresco en el panorama de la animación. Cuatro años después, el mismo equipo técnico y artístico se hace cargo de la secuela con un presupuesto mayor y el doble de ambiciones.
En esta segunda parte se multiplica el número de dragones y de vikingos, las escenas de acción crecen en impacto y el espectáculo arrasa con la trama. Lo que no significa que la película sea mejor que su antecesora. "Cómo entrenar a tu dragón 2" infla hasta tal extremo sus propuestas que es difícil no sentirse apabullado por cuanto sucede en la pantalla. A los consabidos vuelos y combates épicos se añade una historia en la que el pasado de los personajes regresa con aliento dramático. Sin embargo, queda la sensación de que el argumento está supeditado a los logros técnicos, que el guión es un vehículo para lucir la portentosa habilidad de los animadores.
El mensaje pacifista y ecológico de la primera película se ve también aquí potenciado, mediante una moraleja que consigue aunar la diversión con la lección pedagógica. Los niños salen del cine con los ojos en blanco, y sus padres reconfortados por la enseñanza moral. Hay una intención por parte del director Jean DeBlois de construir un film grande, enorme, que no tenga parangón en su género. Y para ello no duda en recurrir a la fórmula de cuanto más, mejor. Pero la línea entre el exceso y el abatimiento en ocasiones es muy fina, y DeBlois está a punto de cruzarla varias veces. El guión apenas deja resquicios para tomar aliento, lo que puede provocar el desinterés de los espectadores menos cómplices.
"Cómo entrenar a tu dragón 2" exhibe una técnica virtuosa y un diseño de decorados y personajes de gran atractivo visual. Contiene buenas dosis de comedia y garantiza el entretenimiento, no obstante, un poco menos de impaciencia y de hipertensión hubiese redondeado el conjunto. Con esta película prosigue la franquicia que tiene ya en marcha una serie de televisión y el proyecto de un tercer largometraje, lo que demuestra que Dreamworks ha encontrado carne en el hueso, y que no va a soltarlo fácilmente.

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20.000 leguas de viaje submarino. "20,000 leagues under the sea" 1954, Richard Fleischer

La década de los cincuenta fue especialmente fructífera en la carrera de Richard Fleischer. Además de consolidarse como un director ecléctico y habilidoso gracias a películas del calibre de "Asalto al coche blindado" o "Los vikingos", comenzó a ser requerido por los grandes estudios para llevar a cabo ambiciosas producciones. Uno de estos estudios fue Disney, que por aquel entonces buscaba expandir su hegemonía en el cine de animación y copar también el mercado de las películas familiares con actores de carne y hueso. Para ello continuó adaptando clásicos de la literatura ("La isla del tesoro", "Robin Hood") y contratando estrellas y directores del talento de Fleischer. El nombre de este cineasta se impuso como la mejor opción para llevar al cine una de las novelas más conocidas de Julio Verne: "20.000 leguas de viaje submarino". No se equivocaron.
Para traducir en imágenes el rico universo del original literario, Fleischer retoma la iconografía de los grabados del siglo XIX y les añade las posibilidades expresivas del Technicolor. El resultado alcanza grandes cotas de belleza y plasticidad, no sólo por la fotografía de Franz Planer sino también por el diseño de producción, muy inspirado en lo referente a decorados y vestuario. La creatividad del submarino Nautilus y de todos sus componentes son un prodigio difícil de olvidar. La película acaricia los ojos y exhibe un acabado formal impecable, en el que la puesta en escena juega siempre en favor del relato y la evolución de los personajes.
Los actores cumplen de sobra su cometido de dotar de emoción a la historia. James Mason establece la versión canónica del capitán Nemo, a quien otorga su romanticismo circunspecto. Todo lo contrario que Kirk Douglas, pura energía en su encarnación del arponero Ned Land. Paul Lukas y Peter Lorre completan el reparto principal de esta película que marca todo un referente dentro del cine de aventuras, un espectáculo que tiene la virtud de introducir espacios para la reflexión dentro de su armazón narrativo. Y es que el guión no elude las cuestiones ecológicas ni pacifistas que el capitán Nemo interpreta bajo su óptica particular, unos planteamientos que lejos de entorpecer la trama, la llenan de profundidad.
Todos estos elementos son organizados en la pantalla con gran dinamismo y sentido visual, demostrando que además de un director concienzudo, Richard Fleischer tenía dotes para la producción. En definitiva, "20.000 leguas de viaje submarino" es uno de los acercamientos más felices del cine a la obra de Verne, una película que obra el milagro de derribar cualquier muro generacional y de hacer disfrutar por igual a grandes y pequeños.
A continuación, una bonita selección de fotografías del rodaje con el acompañamiento musical que Paul Smith compuso para la película. En estas imágenes queda constancia de que hubo un tiempo en el que los efectos especiales eran hechos por artesanos que dominaban el oficio de construir maquetas, mucho antes de la implantación de los ordenadores y de la tecnología digital:

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Ocho apellidos vascos. 2014, Emilio Martínez-Lázaro

El éxito incontestable de "Ocho apellidos vascos" demuestra aquello que dijo Beckett en una ocasión, que el público es un monstruo de mil culos. Mil culos y muchos más, soberanos e implacables, que reaccionan a las circunstancias coyunturales antes que a los méritos cinematográficos. Una opción tan legítima como cualquier otra cuando se trata de mantener el ánimo en medio de la zozobra.
La España multicultural encuentra su reflejo distorsionado en el espejo de esta película nacida para provocar la risa, una necesidad urgente en tiempos de crisis. Para ello se recurre a la fórmula clásica de comedia consistente en trasladar a un personaje arquetípico hasta un entorno que le es extraño: en este caso, el señorito andaluz en las agrestes tierras del Norte. Situación de contraste que la trama desarrolla mediante un humor ajeno a la sofisticación y al trazo fino, en favor del gag verbal y del chiste localista. Así, las diferencias entre vascos y andaluces dan lugar a toda una galería de clichés y lugares comunes frecuentados con anterioridad por los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José en el programa de televisión "Vaya semanita".
El hecho de que "Ocho apellidos vascos" esté producida por TeleCinco explica en buena parte su condición de telefilm lastrado por la funcionalidad, de artefacto demasiado mecánico. Los acabados técnicos y artísticos redundan en lo convencional y escapan a la sorpresa, sensación que los actores no consiguen reflotar a pesar del esfuerzo. Sólo la labor de Karra Elejalde brilla por encima del conjunto y proporciona los mejores momentos de comedia. Sobre sus hombros se abandona un guión sin fuelle y una dirección poco inspirada, a pesar de que Emilio Martínez-Lázaro cuenta con algunos títulos que le abalan dentro del género. Películas como "Los peores años de nuestra vida" o "El otro lado de la cama" no consiguen dejar rastro en "Ocho apellidos vascos", tal vez porque sus creadores nunca sospecharon el enorme éxito que les aguardaba ni la repercusión que estaban a punto de obtener.
Así con todo, es merecido celebrar cualquier triunfo que se consiga en el mercado español, incluso si se trata de una película tan anodina y despreocupada como "Ocho apellidos vascos". O precisamente por ello.

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Omar. 2013, Hany Abu-Assad

Después del éxito internacional obtenido en el año 2005 con "Paradise Now", el cineasta Hany Abu-Assad regresa a Palestina para filmar la primera película producida íntegramente con financiación local. "Omar" confirma a Abu-Assad como un cronista inusual del conflicto entre árabes y judíos, capaz de eludir la dicotomía del blanco y negro para concentrarse en los matices del gris.
Si en "Paradise Now" el director representaba los desastres perpetrados en Oriente Medio a través de dos terroristas suicidas a punto de inmolarse, en "Omar" opta por cuatro jóvenes en lucha por un futuro incierto. Cambian los peones del juego, pero el tablero sigue siendo el mismo. La película está cargada de considerables dosis de rabia, sin embargo, se trata de una rabia lúcida y constructiva, que esquiva las pancartas y que no cae en la tentación del victivismo. Abu-Assad se muestra inteligente a la hora de retratar las dificultades de tres combatientes novatos y la hermana de uno de ellos por salvar sus aspiraciones políticas y personales. Como no podía ser de otro modo, el entorno fracturado por la barrera israelí de Cisjordania condiciona en todo momento sus vidas, creando una simbiosis perfecta entre escenario y personajes.
El dolor asumido como normalidad es transgredido por la historia de los amantes secretos Omar y Nadia, verdadero motor que mueve la trama e ilumina sus desdichas cotidianas. La película cuenta con las porciones necesarias de acción y romance para crear un conjunto equilibrado, en el que el director se mueve con soltura. Abu-Assad consigue que el elemento ideológico no devore todo lo demás e imponga en el guión su retórica de combate. Para ello se vale de una vieja fórmula narrativa, la del género negro, al trasladar algunas de sus claves (delaciones, traición, fidelidad, cuestiones de honor...) hasta los territorios ocupados. No en vano, uno de los protagonistas aparece al principio de la película imitando a Marlon Brando en "El Padrino". Este armazón de cine negro evita que la amalgama de elementos dramáticos que contiene "Omar" se disperse por los vericuetos de la trama.    
Abu-Assad aprovecha al máximo el potencial de los diálogos para hacer evolucionar a los personajes, interpretados por actores noveles que llenan la pantalla de verismo y frescura. Sus rostros concentran la tragedia que les rodea sin recurrir a gestos estudiados ni a artificios de estilo, participando de la sensación de realidad que transmite el film. La tragedia que refleja "Omar" cobra vigencia en nuestros días, igual que si se hubiese estrenado hace una década o hace tres. Ahí reside también su fuerza, en el valor testimonial y de denuncia que llevan impresas sus imágenes para vergüenza de generaciones presentes y futuras. Ojalá que esta película sea la primera de una filmografía en recoger la voz que ni las arengas políticas ni las bombas puedan acallar.
A continuación, el cortometraje "Un chico, un muro y un burro" que Hany Abu-Assad filmó en 2008 para conmemorar el sesenta aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos. La munición crítica se ve atemperada en este pequeño trabajo por el humor, válvula de escape y espejo distorsionado de una realidad ya de por sí grotesca. La prueba de que para tratar asuntos difíciles con ligereza bastan una cámara de cine y una mente clara. Que lo disfruten:

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El planeta de los simios. "Planet of the apes" 1968, Franklin J. Schaffner

Antes de alcanzar el prestigio como director con "Patton", Franklin J. Schaffner saboreó las mieles del éxito gracias a la fábula distópica de "El planeta de los simios". La adaptación de la novela de Pierre Boulle inauguraba una corriente que se extendería durante la década de los setenta: la del cine en contra de las políticas beligerantes de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos, con frentes abiertos en los bloques del Este y Vietnam. Detrás de su coraza de película de ciencia ficción, "El planeta de los simios" deja entrever una clara voluntad de denuncia que entronca con los universos literarios de H.G. Wells, Lovecraft y Bradbury. Una herencia que este film retoma con inspiración en su aspecto más antibelicista.
El argumento es de sobra conocido: una expedición interestelar recala en un planeta dominado por una raza avanzada de simios, los cuales someten a los humanos en una inversión de papeles que hará reflexionar al espectador. Las alegorías que contiene la trama y su espíritu contestatario se alejan del simplismo al que suelen abocarse las producciones de Hollywood  diseñadas para el entretenimiento.
Schaffner ilustra con garra los aciertos del guión, mediante una planificación vigorosa que se ve aquejada no obstante por algunos vicios técnicos de la época, sobre todo el uso desaforado del zoom. Sin alardes pero con pulso, el director pone especial hincapié en el cuidado diseño de producción, aprovechando las posibilidades plásticas del vestuario y los decorados. Mención aparte merece el maquillaje, verdadero punto fuerte de "El planeta de los simios", y la banda sonora compuesta por Jerry Goldsmith, un prodigio de creatividad hecha música.
La pasión por la aventura que respira la película se ve beneficiada por la labor de Charlton Heston en el papel principal, intérprete que dota de carisma y de físico a su personaje. La Miss América Linda Harrison aporta su belleza, mientras que el resto de actores se esfuerza por transmitir emociones bajo las gruesas capas de maquillaje.
En suma, "El planeta de los simios" contiene elementos técnicos y artísticos suficientes como para ocupar un lugar de referencia dentro del género, gracias también a su hábil mezcla de diversión y crítica, de emoción y misterio. La prueba de su vigencia sigue presente en nuestras pantallas, donde los ecos de esta película resuenan en una larga saga que continua hasta nuestros días, con resultados bastante desiguales.

            
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Un toque de violencia. "Tian zhu ding" 2013, Jia Zhang Ke

Como tantas otras veces, el primero fue Griffith. Él inauguró en 1916 con "Intolerancia" la narración fragmentada en el cine, un recurso de estilo que después emplearían autores tan dispares como Eisenstein, Altman, Tarantino, González Iñárritu, Soderbergh, Panahi... todos ellos con el mismo propósito: dibujar paisajes más amplios en sus películas, diluyendo el protagonismo de los personajes en favor de una mayor riqueza argumental y profundidad psicológica.
El director chino Jia Zhang Ke ha sido el último en hacer de la pantalla un mosaico donde abordar el complejo tema de la violencia en su país. A partir de cuatro historias que se van sucediendo episódicamente en distintas latitudes de China y en diferentes estratos de la población, Zhang Ke elabora un fresco descarnado y directo en el que nadie sale indemne: políticos corruptos, gerifaltes que abusan de peones sumisos, obreros autómatas que venden sus cuerpos y sus mentes al mejor postor, delincuentes sanguinarios, aprendices de asesino... una fauna variopinta que convive en la misma jungla. La China cuyos mandatarios se han reconocido en la pantalla y no han dudado en prohibir el estreno de la película dentro de sus fronteras.
 "Un toque de violencia" es más bien un mazazo, un golpe seco y brutal a la conciencia de los espectadores amodorrados en sus butacas. La agresividad latente que retrata Zhang Ke es el producto de un sistema entumecido tras 65 años de régimen comunista, una violencia que aguarda hasta reventar como catarsis de los personajes. Estos aparecen al mismo tiempo como víctimas y verdugos que reaccionan mimetizándose con el entorno, utilizando cada vez un arma diferente con la que definen su particularidad dentro de la especie, hasta el punto de que esas armas no son sólo armas sino asideros, tablas de salvación, a veces sus últimas pertenencias.
Zhang Ke expone los hechos con transparencia, casi como un cronista que apenas se permite alguna concesión a los símbolos en forma de animales (serpientes, peces, patos, caballos) y que deja, en la última escena del film, una invitación para reflexionar: ¿Y tú, cómo juzgas la violencia? La pregunta queda flotando en la sala de cine para que cada espectador pueda responderla atendiendo a los acontecimientos narrados, todavía más impresionantes por estar inspirados en la realidad.
La película está dirigida con una austeridad casi ascética, sin entretenerse en planos de detalle ni escenas de transición, buscando siempre lo concreto. Sus imágenes reflejan sólo lo necesario para que la trama avance, poniendo a prueba el talento del director para la elipsis y el fuera de campo. Se trata por ello de cine con mayúsculas, cine que inmiscuye al público y que tiene la capacidad de hipnotizarle sin recurrir a trucos fáciles. Hay algo terrible y brutal en la película, algo que está siempre a punto de suceder agazapado en cada escena, en cada gesto de los actores y en cada línea de diálogo, que te atornilla a la butaca y que te obliga a mirar aunque no quieras. Esa es la grandeza de esta película lúcida y reveladora que se atreve a denunciar las injusticias de su país apretando los puños y enseñando los dientes. Un oprobio más para esa China oficial que avanza imparable hacia el pasado, condenando al ostracismo a sus artistas menos dóciles. Jia Zhang Ke es un ejemplo luminoso de ello.

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El extraordinario viaje de T.S. Spivet. "L'extravagant voyage du jeune et prodigieux T.S. Spivet" 2013, Jean-Pierre Jeunet

Extravagante, fantasioso, esteta, desmesurado... Jean-Pierre Jeunet es un cineasta que convoca los adjetivos, un auteur cuyos rasgos de estilo resultan fácilmente identificables. Sin embargo, este sello personal suele provocar apreciaciones reduccionistas de su obra y argumentos demasiado simples por parte de sus detractores, empeñados en limitar las capacidades narrativas del director y en preponderar sus aciertos visuales. Bien es verdad que Jeunet no pretende ser un intelectual, su cine carece de discursos y está movido por el espíritu libre y lúdico de los antiguos juglares, aquellos que trataban de distraer al público a cambio de unas monedas.
Es por eso que la filmografía de Jean-Pierre Jeunet se asemeja a un inventario donde se acumulan ideas, sueños y ocurrencias de toda clase, una amalgama poco ortodoxa que rompe los moldes tradicionales que separan la forma del contenido, para fusionarlos en una sola pieza. Más que un cineasta en el sentido estricto del término, Jeunet puede ser considerado como un ilustrador de momentos, un prestidigitador de la imagen, un fabulador en potencia.
Estas mismas cualidades sobrevuelan "El extraordinario viaje de T.S. Spivet", película de estructura cartográfica en la que se traza un doble recorrido. Por un lado cuenta la historia de un niño con aptitudes excepcionales que crece en el lugar menos idóneo para desarrollarlas: un rancho en mitad del estado de Montana, en Estados Unidos. El muchacho que da título al film debe recorrer los miles de kilómetros que le separan de la ciudad de Washington para recibir un importante premio científico, un viaje que es en realidad una escapada de su excéntrica familia y de su improbable destino como cowboy.
Por otro lado está el periplo de un director francés, Jean-Pierre Jeunet, que atraviesa el Atlántico para rodar una película en unos escenarios y en un idioma que no son los suyos, adaptando una novela de Reif Larsen que parece hecha a su medida. Esta segunda aventura, que no se ve en la pantalla pero que impregna cada uno de los fotogramas, se debe al afán por explorar caminos nuevos. Son dos viajes que avanzan simétricos y cuyos pasos se complementan a ambos lados de la cámara. Porque la América que retrata el film no es una América real sino la que puede imaginar un loco, un niño o un extranjero. Jeunet tiene algo de las tres cosas. Los paisajes y las situaciones que aquí se narran participan del cómic y de la ilustración, del teatro y la pantomima, del musical, la literatura, la fotografía... referencias que siguen engordando el imaginario del director después de más de veinte años de carrera y que vuelven a converger en "El extraordinario viaje de T.S. Spivet".
De nuevo encontramos el ritmo dinámico, el juego visual, el montaje sorprendente. De nuevo el humor como válvula de escape y como alivio a los dramas internos de los personajes. De nuevo la crítica, esta vez a la cultura del triunfo estadounidense y a la voracidad de los medios de comunicación. Y como ya sucediera antes, la denuncia de Jeunet corre el peligro de desactivarse bajo la retórica y la exuberancia de las imágenes. Justo a tiempo aparece el Jeunet cuentista, amante de las moralejas y de los finales aleccionadores, el autor de "Delicatessen", "La ciudad de los niños perdidos", "Amélie"... una galería fascinante a la que ahora se añade el pequeño T.S. Spivet, explorador inquieto como Jean-Pierre Jeunet de sus propios márgenes. Cineasta meticuloso como pocos, siempre pone a prueba sus límites hasta conseguir hacer realidad lo que en un principio no podía ser más que un sueño. Ese es el poder de su cine.
A continuación, "Foutaises", el cortometraje que empezó a propagar el nombre de Jean-Pierre Jeunet por los circuitos europeos allá por el año 1989. A pesar de la deficiente calidad de imagen, merece la pena rememorar esta pequeña gran joya en la que el director contaba por primera vez con Dominique Pinon, su actor fetiche, realizando una idea que volvería a retomar años más tarde en "Amélie": el glosario de cosas que le agradan y que le desagradan. Entre las primeras, cualquier espectador puede incluir "Foutaises".


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Hombres. "The men" 1950, Fred Zinnemann

Se suele recordar "Hombres" como la película que supuso el debut en la pantalla del actor Marlon Brando, pero también hay otras personas y otros motivos por los que tener en cuenta el film, empezando por lo delicado de su argumento. Y es que no resulta fácil abordar en el cine un tema como el de la paraplejia sin caer en la trampa del patetismo ni la complacencia. En buena parte esto se debe a la labor del guionista Carl Foreman y el productor Stanley Kramer, representantes cada uno a su manera de la facción más comprometida dentro de Hollywood. El primero por sus vinculaciones políticas y el segundo por su vocación humanista, ambos llevaron al cine su posicionamiento en favor de las causas justas y de los derechos civiles. "Hombres" no es una excepción, y al igual que hiciera William Wyler en "Los mejores años de nuestra vida", se trataba de dar visibilidad a una de las consecuencias más incómodas de la guerra: la discapacidad. Fueron muchos los jóvenes soldados que regresaron del frente con heridas incurables, sin contar con que aún les quedaba por librar un segundo combate, el de incorporarse a una normalidad imposible.
Por otro lado cabe valorar a Fred Zinnemann, un director con tendencia a explorar las dobleces del ser humano a través del conflicto de sus personajes. Zinnemann denunció al igual que sus colegas la hipocresía imperante en la próspera Norteamérica, sin embargo, su verdadero compromiso fue siempre con el cine. Con un dominio hábil de la puesta en escena y una capacidad para visualizar situaciones de forma sobria y elegante, Zinnemann consigue evitar la teatralidad que la película podría haber adquirido en otras manos. Ambientada mayormente en un hospital de parapléjicos y con un grupo de personajes integrado por médicos y pacientes, "Hombres" retrata sin tentaciones lacrimógenas ni sensacionalistas el día a día de unas víctimas que nunca volverán a curarse. Cada una de ellas trata de olvidar sus heridas mediante el ejercicio, la lectura o las apuestas deportivas. La incorporación de un nuevo paciente al centro será el salvoconducto por medio del cual el espectador podrá inmiscuirse en las vidas de estos seres amputados física y mentalmente.
Aquí es donde irrumpe el nombre de Marlon Brando, actor que se estrenaba en esta película tras haber destacado en los escenarios teatrales y antes de ser erigido como cabeza visible de una importante generación de intérpretes crecidos al calor del Actors Studio. El Brando de "Hombres" inicia así su mejor época, la más inspirada y completa, las más rica en personajes multidimensionales: Stanley Kowalski, Emiliano Zapata, Julio César, Terry Malloy... lejos quedaba aún el afán por la trascendencia y la falta de naturalidad que habría de marcar los últimos años de su carrera. En "Hombres", Brando realiza una encarnación convincente y medida en todos sus detalles, que aúna a la perfección los elementos emocionales y los físicos, apoyada por un eficaz elenco en el que hay que señalar al carismático Everett Sloane, dando vida al jefe de los médicos del hospital.
Estos son algunos de los motivos por los que "Hombres" no debe ser considerada simplemente como el bautismo cinematográfico de Marlon Brando, aunque bien es verdad que la película contiene el brillante debut de un actor que alcanzaría grandes cimas de talento, antes de ser engullido por su propia leyenda.

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