La ventana. 2009, Carlos Sorín

Un día de primavera. Una casa en medio del campo. Un anciano que aguarda en la cama la visita de su hijo, a quien hace tiempo que no ve. Las personas que cuidan del viejo enfermo, unos excursionistas, un afinador de pianos, el médico. Y la ventana, siempre la ventana. Con estos pocos elementos se puede construir una historia que trate de la memoria, la libertad, la lucidez, el paso del tiempo. Y al contrario de lo que suele suceder, sin abusar de los diálogos ni regalar a los oídos del espectador profundos discursos metafísicos. Haciendo una analogía entre música y cine, sería lógico considerar “La ventana” como una pieza de cámara. Carlos Sorín, quien ya desde “Historias mínimas” (2.002) sentó las bases de su estilo desde el propio título, ha tratado de reducir lo que ya era un reducto, y de sintetizar lo que era síntesis. “La ventana” supone la depuración de un lenguaje que, a fuerza de despojarse de capas, ha ganado en hondura. Y esto es lo que tiene de riesgo y de salto sin red, el hecho paradójico de que la búsqueda de una sencillez plena y sin aristas conduzca a la complejidad. Pero que nadie se lleve a engaños: “La ventana” es una película tan sencilla o tan compleja como lo quiera el espectador, porque es él en última instancia quien dirige la película. La labor de Sorín consiste en ir sembrando el relato de pistas y de apuntar ciertas evocaciones que la mente del espectador dispuesto sabrá traducir sin dificultad en escenas que suceden en off, siempre conjugadas en pasado, y que completan la narración y enriquecen el tejido orgánico de lo que se ve en la pantalla. Así, la aparición de unos soldaditos de plomo entre las cuerdas de un piano puede ser interpretado como un gag circunstancial o como la historia sólo sugerida de un niño que jugaba tan cerca del instrumento que acabó por dominarlo con maestría. Y es que nada de lo que sucede en “La ventana” obedece a la casualidad. O sí. Esa es su grandeza.
La única incursión que se permite Sorín en la trascendentalidad se encierra en los breves prefacio y epílogo del film. Entre medias, el espectáculo de lo cotidiano, apuntes de una vida que se extingue por la abertura de una ventana que conduce al paisaje de la infancia, el último de los destinos posibles. Y todo ello en apenas una hora y cuarto de metraje, una correcta factura técnica y unas interpretaciones solventes. Sin aspavientos ni subrayados ni efectos innecesarios, “La ventana” es un ejemplo de las cualidades que han hecho de Carlos Sorín un cineasta a tener en cuenta fuera de los palacios de la alta cultura: un naturalismo vocacional, más como fin que como medio, sumado a un humanismo sin dobleces que el público ya pudo apreciar en “Historias mínimas”, “Bombón el perro” y “El camino de San Diego”. Este director y guionista argentino tiene la habilidad de hacer un cine arraigado en la tierra que atraviesa, con facilidad, cualquier frontera, y que funciona como analgésico ante un escaparate de variedades que exhibe cada día sus fuegos artificiales perfectamente envueltos y cuyo paquete desprende, al llegar a casa, el holor y el rastro del humo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario