Noche de circo. "Gycklarnas afton" 1953, Ingmar Bergman

Las películas de Ingmar Bergman funcionan como intersecciones, como cruces de caminos donde se congregan un gran dramaturgo, un gran escritor y gran cineasta. "Noche de circo" contiene todas las virtudes del maestro sueco y aúna esas tres facetas con ejemplaridad. Es hermosa y extraña, amarga y entrañable, triste, terriblemente triste. Trata sobre la imposibilidad de realizar los sueños en un entorno proclive a ellos: el circo. Sin embargo, el circo de Bergman no es como el de Fellini, aquí no hay espacio para la magia ni el romanticismo, mucho menos para los sueños. La cámara, rica en tamaños y angulaciones, resulta tan inspirada como de costumbre. La luz de Sven Nykvist atrapa a unos actores tan perfectos como siempre, entre los que brillan Åke Grönberg y Harriet Andersson. Y como suele suceder, los años no han permitido que "Noche de circo" haya perdido ni un ápice de su poder de fascinación. Ese es el misterio de Bergman. Porque todas sus películas resultan únicas y semejantes, todas son especiales. También "Noche de circo", la quintaesencia de un autor que no admite comparaciones. Bergman es Bergman. Amén.

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