Yo soy el amor. "Io sono l´amore" 2009, Luca Guadagnino

Historia de aromas clásicos que permite a su director, Luca Guadagnino, retomar un modelo de cine cuyo máximo representante fue Luchino Visconti. Guadagnino sigue los pasos del maestro italiano para dibujar el retrato de una familia burguesa de Milán sin recurrir a fáciles juicios de valor ni moralejas gratuitas, concentrando la artillería dramática en un relato de amor imposible que funciona, en última instancia, como el eje narrativo de la película. Porque “Yo soy el amor” apuesta por el clasicismo en el contenido y en el espíritu que gravita sobre cada una de las escenas, pero no tanto en su forma. La cámara de Guadagnino es inquieta, juguetona, exhaustiva, acompaña a los personajes en sus devenires y persigue sus inquietudes, siempre atenta a los detalles y a su relación con el entorno. Para ello se vale de angulaciones a veces forzadas, trasladando a la pantalla la sensación de una realización caprichosa que llega a ejercer en el espectador una suerte de fascinación o de hipnosis. El montaje tiene mucho que ver con esta impresión, confiriendo a un relato que podría haber resultado solemne y contemplativo la impronta de lo moderno, esto es, la reinvención de viejas fórmulas desde perspectivas de riesgo. Guadagnino juega a ser autor y sale bien parado, porque de tan participativo, el estilo que adopta se convierte en un personaje más de la historia que él mismo dirige, sin entorpecerla ni extraviarla sino más bien al contrario, enriqueciendo su contenido y dotándolo de interés.
La interpretación de Tilda Swinton es responsable de que lo narrado en “Yo soy el amor” resulte cercano y rompa los clichés de los films sobre grandes familias. La actriz inglesa sabe aportar a su personaje profundidad y carisma, dos armas infalibles para hacerlo inolvidable.
La música y el desenlace del guión, en el que tienen un papel decisivo la fatalidad y el destino, remarcan el carácter operístico de “Yo soy el amor”, una película que bien hubiera podido rodar Visconti hace años, y que Guadagnino resuelve con emoción y eficacia.

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