Déjame entrar. "Låt den rätte komma in" 2008, Tomas Alfredson

La figura del vampiro, exprimida hasta la saciedad con mayor y menor fortuna, encuentra en esta película una novedosa representación que supone una puesta al día del mito y una forma de acercarlo al público más prejuicioso y amante de las rarezas. Porque "Déjame entrar", aparte de otras cosas, es sobre todo una rareza. Por su estilo en la narración, evocador y austero, que sabe emplear los recursos clásicos del cuento para subvertirlos y reinterpretarlos haciendo que las viejas maneras parezcan nuevas. Por su carácter profundamente europeo y nórdico, dotando de belleza y misterio unos escenarios cotidianos que transforman el naturalismo casi en abstracción. Y sobre todo, el film de Tomas Alfredson es una rareza por su sentido de la atmósfera, todo un revulsivo frente a las convenciones del género, lo que añade dimensión al original literario de John Ajvide Lindqvist. El aliento gélido de las imágenes que se respira en "Déjame entrar" se ve contrastado por cierto concepto de la intimidad que consigue resultar perturbador por lo inesperado. Sin duda tienen mucho que ver en esto la fotografía y la música, dos aciertos que se suman al guión y a las interpretaciones para completar esta obra única, original. Es una lástima que todas estas virtudes se vean empañadas por un regodeo a veces gratuito en lo escabroso, algunas salidas de tono que rompen el equilibrio mostrado sobre todo en la primera parte. Aún así, conviene reconocer los méritos de esta pequeña joya que encuentra en el riesgo su mejor baza.

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