La mitad de Óscar. 2010, Manuel Martín Cuenca

Insólita propuesta dentro del panorama actual del cine español, poco dado a los riesgos, que plantea un ejercicio narrativo en el que cobra mayor importancia lo que no se cuenta que lo aparece en pantalla, y donde los silencios son más elocuentes que los diálogos. Manuel Martín Cuenca explota su capacidad para la sugerencia en "La mitad de Óscar", a partir de una historia trenzada con elementos en apariencia mínimos pero de hondura suficiente para sostener un sólido drama: un guarda de seguridad apocado y solitario, un abuelo moribundo y una hermana ausente que regresa al lugar donde tiempo atrás se prendieron las brasas de un secreto del que no quedan más que las cenizas. Con un estilo austero y hierático que puede ahuyentar a los espectadores no avisados, Martín Cuenca va tensando los hilos de los que pende el relato hasta llegar al desenlace, no por contenido menos sorprendente. Los personajes se mueven absortos y desamparados por unos paisajes que son mucho más que un entorno, de alguna manera completan la radiografía de sus miedos y son el espíritu mismo de la historia. El horizonte de Almería está siempre presente, su mar es como un muro que encierra al personaje de Óscar en el habitáculo de sus recuerdos y donde no cabe más escapatoria que la que, contra todo pronóstico, Martín Cuenca ofrece en esta película: la redención a través del deseo y de la muerte, el eterno duelo entre Eros y Tanatos contado a media voz, casi en un susurro. El aliento de autores europeos como Tanner, Oliveira o Kaurismäki sobrevuela las imágenes de "La mitad de Óscar", una pequeña sorpresa dentro del acomodado cine español, que supone todo un tratado sobre la quietud y la calma que precede a cualquier tormenta.

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