Amador. 2010, Fernando León

Fernando León continua diseccionando los aspectos más alejados de la sociedad del bienestar en “Amador”, una hermosa película donde conjuga con naturalidad dos tipos de compromisos: el adquirido como cineasta con la ficción, y el compromiso de su activismo social, ese que denuncia sin altavoces ni pancartas, a través de una mirada atenta, serena, cercana a la fabulación. Una mirada que no renuncia jamás a su adhesión a la realidad. La historia de Marcela y de su relación con el anciano al que debe cuidar para subsistir, son el soporte sobre el que se apoyan los conflictos laborales y de inmigración que plantea la película. La diferencia de “Amador” respecto a otros alegatos de trasfondo social es la arquitectura de su narración, construida con un inteligente sentido del tiempo y con algunos apuntes líricos que, o bien enriquecen la historia (el recurso de las nubes y el de las flores), o bien la entorpecen (las escenas de las sirenas). Aun así los personajes y las situaciones contienen carne suficiente como para hacer creíble un relato que funciona como una crónica, un cuento o una reivindicación según la secuencia. El peso de la historia descansa sobre los hombros de Marcela, y la actriz que le da vida, Magaly Solier, no sólo es capaz de verter a través de sus gestos, sus palabras y sus miradas el río sobre el que fluye esta película, sino que además ejerce de interlocutor con el público, revelándole un discurso mudo y contenido, de hondo calado poético, que no obstante resulta claro y legible para el espectador. Es esa relación entre actriz/personaje, y entre personaje/público lo que sostiene, en última instancia, “Amador”. Una fábula de sabor agridulce sobre la vida y la muerte que sabe contar cosas importantes con palabras sencillas.

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