Lola. 2009, Brillante Mendoza


Llámese neorrealismo, free cinema o cinema verité, lo cierto es que cineastas de todas las épocas y latitudes han sentido en alguna ocasión la necesidad de inmiscuir la realidad más directa entre los fotogramas de sus películas. El director filipino Brillante Mendoza retoma esta tradición y rueda “Lola” como si de un documental se tratase, consciente de que el material narrativo que tiene entre manos contiene la carga dramática suficiente como para elaborar un melodrama de altura. Mendoza consigue esta alquimia transitando por los caminos menos ortodoxos e introduciendo no la realidad en su ficción, sino adentrando su ficción en la realidad de los barrios más pudientes de una ciudad, Manila, azotada por la lluvia y por las necesidades del día a día.

A partir de un suceso cotidiano, el apuñalamiento de un joven a otro joven por el robo de un móvil con el resultado de muerte, Mendoza traza el devenir de las abuelas de los dos muchachos en su intento de arreglar cuentas y de recuperar la normalidad después de la tragedia, de restablecer una dignidad que los viejos esgrimen con el mapa de sus arrugas. Poco se diferencian la abuela de la víctima de la del ejecutor, ambas mujeres representan las dos caras de la misma moneda: la lucha por la constancia y por la subsistencia.

“Lola” deja entrever además una crítica al laberinto de la burocracia y al poder del dinero como solución a todos los inconvenientes. Mendoza emplea para ello un estilo directo y sin ambages, logrando una abrumadora sensación de verosimilitud gracias a la persistencia de su cámara en capturar cualquier detalle y a la tenacidad de unos planos en ocasiones larguísimos, obviando el montaje y la narrativa cinematográfica convencional a favor de la aprehensión de lo real. De esta manera la lente se convierte en un personaje más de la trama, en un testigo mudo y elocuente que transforma las circunstancias del rodaje en el propio hecho fílmico. ¿Dónde termina la ficción y empieza la verdad? Ese interrogante lo plantea Mendoza en muchas de las imágenes de “Lola”, sobre todo debido a las portentosas interpretaciones de las dos abuelas protagonistas, alejadas de cualquier atisbo de fingimiento y dando una lección maestra no de representar sino de ser ante la cámara. La labor de ambas impide discernir dónde termina la actriz y empieza el personaje, una más de las virtudes que hacen de “Lola” una película importante que deberá ser observada a la hora de buscar eso tan intangible y mágico en el cine como es la realidad y su reflejo en la pantalla.

 

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