Nader y Simin, una separación. “Jodaeiye Nader az Simin” 2011, Asghar Farhadi

Dos películas han bastado para que el nombre de Asghar Farhadi se haya impuesto como una de las referencias a tener en cuenta dentro del panorama cinematográfico internacional. Aunque su filmografía abarca hasta la fecha cinco títulos, el estreno en 2009 de “A propósito de Elly” y su posterior difusión ha permitido descubrir una mirada nueva respecto a problemas antiguos en Oriente Medio, al tiempo que derrumbaba tópicos sobre el cine iraní. El tan manido cliché de cine contemplativo y parsimonioso, apto para críticos entregados y un público intelectual, queda en entredicho gracias a las películas de Farhadi, cine vibrante que no deja tregua al espectador aún cuando permanece profundamente enraizado en la tierra y en las gentes a las que retrata.
“Nader y Simin, una separación” insiste en las líneas maestras desplegadas en “A propósito de Elly”, en desarrollar una situación cotidiana que deriva en drama, lo que sirve a Farhadi para hacer un minucioso estudio sobre los personajes que puede ser interpretado como el espejo de una sociedad y sus contradicciones. Porque Farhadi tiene la virtud de no señalar ni de poner altavoces en los temas que le preocupan, sino que los ejemplifica mediante situaciones reconocibles, implicando a espectadores de cualquier rincón del planeta. Es decir, en el caso de “Nader y Simin, una separación” el hecho de la ruptura de la pareja protagonista sirve para ilustrar la separación entre el sector tradicional y el aperturista, entre el religioso y el laico, entre los roles masculinos y femeninos. Para ello Farhadi emplea recursos que conoce bien y que administra como pocos otros directores: el uso de la tensión, del sentido del drama, para atrapar al espectador y colocarle en la incómoda posición del voyeur que asiste a los desastres que suceden en la pantalla con el distanciamiento necesario para que, consciente de su condición de testigo mudo, se vea obligado a juzgar a los personajes, algo que Farhadi esquiva premeditadamente. A esto contribuye también el inteligente escamoteo de informaciones y el juego con la elipsis, lo que depara más de una sorpresa.
Por último y no menos importante, lo que hace de esta película un abrumador ejercicio de realidad tenso y desasosegante es la interpretación, magnífica, de todos los actores, desde los principales hasta los que cuentan con una sola frase. Farhadi hace de ellos el vehículo perfecto de identificación con el espectador, y confirma su virtuosismo a la hora de manejar las emociones, con la lucidez y la capacidad de observación propias del gran humanista que es.

2 comentarios:

  1. Efectivamente espléndido trabajo tanto a nivel narrativo como conceptual, que logra envolverte de principio a fin. Tuvo oportunidad de verla en la pasada edición del festival donostiarra y desde entonces apenas he encontrado alguna otra película dramática que la supere.

    Por ende, y a pesar de su localización, el filme maneja cuestiones rotundamente universales desde un punto de vista exento de cualquier maniqueismo.

    Me sorprendió la complejidad extraordinaria del guión perfectamente estructurado y desarrollado con un dinamismo arrollador que alguien podía pensar impropio para una cine periférico.

    Una película fascinante que desarma las verdades absolutas y nos demuestra que todos tenemos nuestras verdades y mentiras, nuestras razones y sinrazones.

    Un film con mayúsculas cuyo éxito esperemos que, como suele suceder, no asimile el talento del director hacia productos estrictamente industriales.

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    1. Kaixo Iñaki.
      O mucho me equivoco, o Farhadi no parece pertenecer al club de los directores sobornables. Será curioso ver su siguiente película rodada en suelo europeo, lo que no significa una concesión sino una bocanada de aire fresco... al fin y al cabo, si ya lo hizo Kiarostami, porqué no Farhadi, que tiene un punto de vista mucho más occidental.
      Lo que admiro en el caso concreto de Farhadi es la capacidad para no juzgar a sus personajes ni para caer en la fácil dicotomía entre buenos y malos, incluso manteniendo un trasfondo moral. Esa responsabilidad se la concede al público, lo que hace sus películas doblemente comprometedoras. En ese sentido es revelador el plano con el que se abre la película: Nader y Simin hablando directamente a la cámara, que ocupa el lugar del juez, esto es, cada uno de los espectadores... nada que pueda superar ningún 3d ni golpe de efecto.
      Un saludo y gracias por tu comentario.

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