Django desencadenado. “Django unchained” 2012, Quentin Tarantino

Quentin Tarantino es la constatación de que el cine cumple con su propio ciclo biológico. Hay películas que nacen y que mueren, y otras que consiguen reproducirse para engendrar otras películas. Así, “La jungla de asfalto” de Huston dio lugar a “Atraco perfecto” de Kubrick, y mucho más tarde, a “Reservoir dogs” del debutante Tarantino. Tal vez algún día otro director continúe completando este ciclo bajo una nueva mirada, en cualquier caso, ahí es donde reside la esencia del cine de Tarantino: en deglutir referentes cinematográficos, devorarlos hasta hacerlos suyos, de forma que sea imposible disociar el original de su revisión. Ya no se puede entender el cine negro sin hacer referencia a “Pulp fiction” o “Jackie Brown”, de la misma forma que en una retrospectiva sobre las artes marciales debería incluirse “Kill Bill”, o un estudio de cine bélico no estaría completo sin “Malditos bastardos”. En cuanto a “Death proof”… los devotos de los serial killers de serie B  todavía no han apagado las velas de sus altares. A diferencia de otros directores como Almodóvar, Scorsese o Woody Allen, Tarantino no acude a las grandes galerías de los cineastas reverenciados para tomar prestados sus referentes, sino que desciende hasta los sótanos donde se refugian los malditos y los artesanos de la marginalidad. Marginalidad en su sentido etimológico, ya que Tarantino es un cineasta que se mueve siempre en los márgenes. Es en estos territorios ambiguos donde se siente cómodo y encuentra el caldo de cultivo para su cine híbrido y transversal. A la hora de adentrarse en un género mil veces enterrado como es el western, Tarantino podría haber optado por John Ford, Howard Hawks o Antony Mann. En lugar de eso, el eterno enfant terrible se fija en dinamiteros del celuloide como Sam Peckinpah, Sergio Leone y otros directores de spaghetti western. El resultado es “Django desencadenado”.
Los tarantinófilos se sentirán reconfortados: hay diálogos jugosos, personajes inolvidables y derroche de hemoglobina. Es Tarantino explotando la fórmula que le ha hecho único, solo que esta vez adapta sus formas al estilo de Peckinpah en lo que al tratamiento de la violencia se refiere (ralentizados de imagen) y a la manera de Leone en cuanto a rasgos visuales (el uso de zooms, alternancia de tamaños en los planos y de angulaciones). Tarantino, al contrario que otros directores que gustan de mirar atrás, no se limita a copiar o -como se dice ahora- a hacer homenajes. Su habilidad para caminar sobre el alambre queda patente en su forma de jugar con el tiempo, interrumpiendo la acción con diálogos que acrecientan la tensión entre los personajes y transmiten la sensación de que los preámbulos son tan importantes como el clímax. El Tarantino director satisface al Tarantino escritor y a un texto que se recrea en sí mismo, aprovechando cada coma y cada acotación para magnificar un drama que conjuga perfectamente con las imágenes. Tras la apariencia de boutade está el trabajo riguroso de un cineasta en pleno dominio de sus facultades, que compone sus imágenes con la impronta de los clásicos. Esta es la gran contradicción de un autor que consigue ser rabiosamente moderno sin abandonar la ortodoxia. Ahí reside su grandeza. El resto probablemente es hojarasca, cortezas de un discurso que se escribe con cada nueva película y que no muestra síntomas de agotamiento.
Abundar en otros aspectos de la película es caer en la obviedad: el elemento técnico resulta impecable, con un Robert Richardson que hace gala de su magisterio en la fotografía, y la labor actoral es tan destacable como cabía esperar. Jamie Foxx, Christoph Waltz y Samuel L. Jackson extraen oro de sus personajes, creando caracteres que quedarán para el recuerdo. Mención aparte merece Leonardo DiCaprio, cuya interpretación siempre al borde del exceso es de un virtuosismo apabullante, gozoso. 
En definitiva, “Django desencadenado” es la quintaesencia de Quentin Tarantino, un director que parece disfrutar con cada plano que rueda. Más allá de la violencia en bruto que desprenden algunas de sus imágenes, se trata de una comedia ambientada en el lejano oeste que aprovecha sabiamente las circunstancias históricas del relato. La mezcolanza de géneros atraviesa el film, pero detrás siempre aparece el particularísimo humor del director (la escena del Ku Klux Klan cuestionando sus máscaras resulta antológica). Por estos y otros motivos, es probable que en alguna parte el viejo Leone se esté relamiendo al ver cómo fructifican las semillas que sus películas plantaron hace tiempo, cuando los gestos adustos cruzaban las pantallas siguiendo el olor de la pólvora, y los cadáveres rodaban por el suelo al ritmo de Ennio Morricone. 
A continuación, un cortometraje para devotos de Tarantino: “Tarantino´s mind”, que fue escrito, dirigido e interpretado por los brasileños Seu Jorge y Selton Mello en 2006. Aunque la calidad de imagen deja bastante que desear, se trata de un divertido y sentido homenaje a uno de los directores más brillantes de su generación:

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