Buffalo ´66. 1998, Vincent Gallo

Fue en la década de los noventa cuando terminó de definirse el modelo de cine independiente que conocemos en la actualidad. Lo que hasta entonces suponía una curiosidad para cinéfilos o la respuesta necesaria al gran mercado, adquirió legitimidad al convertirse en industria. Festivales como el de Sundance habían sacado al cine independiente del ostracismo, llamando la atención de los grandes estudios que veían clara la oportunidad de recuperar el prestigio perdido mediante la fórmula de vestir a Goliat con la ropa de David. De esta manera, Fox, Universal o Paramount inauguraron sus propios departamentos de cine independiente para dar salida a esos films que en primera línea hubiesen considerado arriesgados, pero que bajo sus segundas marcas (Fox Searchlight, Focus Features, Paramount Vantage) podían reportarles respeto y una aureola de pundonor. Además, claro está, de ciertos premios que de otra forma se resistían.
Pero volvamos atrás. Al igual que sucedió con la música, algunos nombres que obtuvieron relevancia como Spike Lee, Jane Campion o Quentin Tarantino enseguida fueron absorbidos por las majors, conservando mayor o menormente su integridad como autores. Otros como Hal Hartley, Abel Ferrara, Tom DiCillo o Alexandre Rockwell vieron cómo se debilitaba su estrella con el paso de los años, emergiendo esporádicamente en festivales al margen de las marquesinas y los focos de atención. Fue una época fértil e inquieta, un revulsivo contra los excesos de la década anterior que postulaba cierto compromiso de autenticidad sobre la impostura y la uniformidad predominantes.
Uno de los últimos ejemplos en participar de esta corriente fue Vincent Gallo, particular actor que debutaba tras la cámara escribiendo y dirigiendo “Buffalo ´66”. A simple vista, la película parece seguir a pies juntillas el manual del perfecto cineasta independiente: hay personajes excéntricos, escenarios urbanos, situaciones que mezclan lo cotidiano con lo excepcional y un amplio catálogo de estados carenciales. El revestimiento de una estética cuidadosamente sucia y con ínfulas de marginalidad completa la fórmula perfecta para facturar una obra destinada al culto del connoisseur. Pero estas valoraciones superficiales no deben ocultar que “Buffalo ´66” es mucho más que el capricho de un diletante que busca ser el nuevo Jim Jarmusch. No, la película tiene garra y está hecha con las tripas. O mejor dicho, con el corazón.
Gallo recurre a las enseñanzas del decano del cine independiente, John Cassavetes, aplicando humor sobre la tragedia y evitando juzgar a sus personajes. Son estos los que tiran del hilo narrativo y los que sostienen la arquitectura del guión, incidiendo en otro de los lugares comunes: la relevancia de los personajes sobre el devenir de la ficción. Vincent Gallo y Christina Ricci realizan unas interpretaciones magníficas, empleando técnicas opuestas. Gallo es puro nervio, su inquietante presencia alberga todas las tormentas posibles. Ricci, en cambio, trabaja desde la contención, es el contrapunto necesario y la armonía del binomio. Juntos dan forma a un amor imposible que pone a prueba las expectativas del público, y aquí es donde el Gallo guionista se mide con el director.
La historia parte del secuestro de una chica por parte de un convicto recién salido de la cárcel, con el objeto de presentársela a sus padres como la novia que nunca tuvo. En un principio creemos asistir a las andanzas de un demente, sin embargo, nuestras perspectivas cambian cuando la chica, los padres y todos los que rodean al demente demuestran estar en peores facultades que él. Inevitablemente simpatizamos con el demente, y a partir de ahí, todo cuanto sucede en la pantalla puede conmovernos. Hay una atención especial por los detalles y los objetos: la antigua fotografía en la taquilla, las jaulas de las mascotas en el dormitorio del amigo, el vestuario de los actores, esos zapatos del protagonista…
Bajo su apariencia distante marcada con fuerza por el sello indie, “Buffalo ´66” esconde la exuberancia romántica de los malditos, una melancolía congénita. No conviene dejarse intimidar por sus riesgos estéticos ni por la trama o los diálogos. La opera prima de Vincent Gallo es un dulce extrañamente envuelto que deja un largo y buen sabor de boca, un clásico instantáneo dentro del moderno cine independiente. Y léase moderno en el buen sentido de la palabra.
Atención al fabuloso trailer de la película, con música de Yes:

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