To the wonder. 2012, Terrence Malick

Pocos son los cineastas hoy en día que aborden en sus películas temas vinculados a la religión. Terrence Malick es una de esas excepciones, pues desde el principio su cine ha mantenido una vertiente espiritual más o menos explícita, que no afecta sólo a los argumentos, sino especialmente a su puesta en escena. Es fácil encontrar reminiscencias de episodios bíblicos en sus films ("Malas tierras", "Días del cielo"), así como la presencia en toda su obra de conceptos tan judeocristianos como la pérdida de la inocencia y la expulsión del Paraíso ("El nuevo mundo", "La delgada línea roja") o el conflicto del Creador con su Obra ("El árbol de la vida"). Al igual que sucede con la pintura de Miguel Ángel o con  la música sacra de Beethoven, no es preciso conocer los evangelios para acercarse a la obra de Terrence Malick, pero sin duda resulta útil. El ejemplo más claro de todo esto es "To the wonder".
Ya desde el mismo título, Malick deja clara sus intenciones: se trata de la búsqueda de la pureza por parte del hombre, de la aspiración a un estado superior que de sentido a la vida. El guión ilustra este anhelo mediante dos personalidades en crisis. Por un lado, Ben Affleck interpreta a un personaje que desea amar y que se ve incapacitado para mantener cualquier relación afectiva. Por otro lado, Javier Bardem encarna a un párroco cuya fe se resquebraja. Ambos buscan ayudar a quienes les rodean (los vecinos de una población afectada por filtraciones tóxicas y los feligreses de un barrio difícil, respectivamente), a pesar de lo cual no consiguen establecer empatía ni demostrar amor. Fingen sentimientos como dos autómatas, y la falta de justificación de sus actos les produce un vacío existencial que puede ahuyentar al público desprevenido.
"To the wonder" no es una película complaciente. Habrá quien piense que exige demasiada predisposición, lo que la convierte en un plato difícil de digerir para estómagos habituados al cine pre-cocinado. Malick retoma el fondo y las formas de "El árbol de la vida" y los vuelve más herméticos si cabe, más crípticos. Lo mejor de ambos films es que no necesitan desvelar sus misterios para ser disfrutados: como ocurre con Resnais o con Lynch, basta abandonarse en la butaca y dejarse arrastrar por el torbellino de hermosas imágenes y sonidos que propone Malick, para participar del relato. Más que ningún otro director, Malick hace de su cine una experiencia diferente para cada espectador. Lo que para uno es un discurso poético, para otro es charlatanería pedante, y la exuberancia formal puede ser vista como esteticismo hueco según la mirada. Ojalá se planteasen en las carteleras más debates como estos.
En definitiva, Terrence Malick insiste en su retórica habitual de planos en movimiento, con una cámara que flota entre los personajes al compás de la música sinfónica. Emmanuel Lubezki vuelve a ser un aliado a la hora de ilustrar las ideas del director y de aportar plasticidad y belleza a la fotografía. Lo mismo sucede con el montaje, parte esencial del acabado de las películas de Malick, así como con el sonido, diseñado con inspiración y valentía. Elementos que se conjugan para definir la catequesis particular de este gran autor, un dinamitero que emplea los recursos más alambicados del cine para expresar conceptos esenciales: el ideal religioso del amor, libre, purificador y que exige sacrificios. Amén.
A continuación, un interesante vídeo que muestra las particularidades del trabajo del director durante el rodaje. Por supuesto, Terrence Malick no aparece:

      

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