Ciudad portuaria. "Hamnstad" 1948, Ingmar Bergman

"Ciudad portuaria" pertenece a la primera época de Ingmar Bergman, por entonces muy influido por el teatro de Ibsen y Strindberg. Al igual que estos dos autores, con el paso de los años las inquietudes de Bergman derivaron del drama realista al simbolismo, de ahí que "Ciudad portuaria" albergue ciertas pretensiones de crónica social que en ocasiones pueden resultar algo forzadas.
Se trata de cine amargo, sin concesiones, que aborda directamente temas espinosos como la precariedad laboral, el aborto, la falsa moral o las desigualdades de clase. Viejos problemas que cada generación renueva y que protegen a "Ciudad portuaria" con un escudo de intemporalidad. A través de la relación de una pareja condenada al fracaso, Bergman esboza el paisaje ingrato de cuanto le rodea, un escenario donde se confunden los vicios privados y los colectivos. Habrá que esperar hasta el desenlace para advertir el necesario rayo de esperanza, tenue pero alentador.
Aunque los medios eran escasos y el estilo del maestro sueco todavía estaba en construcción, "Ciudad portuaria" cuenta con valores suficientes para ser tenida en cuenta: el interés por retratar realidades incómodas, cierto amaneramiento estético que dota de profundidad el relato alejándolo del folletín y, sobre todo, el fuerte carácter humanista que el director imprime en sus personajes. Por terribles que sean las desdichas y por oscuro que se vuelva el entorno, es fácil sentir empatía por las criaturas que vemos en la pantalla. Esa hazaña está al alcance sólo de los grandes narradores, como Ingmar Bergman.
A continuación, el arranque de "Ciudad portuaria". Todo un ejemplo de naturalismo nórdico capaz de hacer salivar a los espectadores desconfiados:

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