Los crímenes del museo de cera. "House of wax" 1953, André De Toth

La historia, también en el cine, tiende a repetirse. Durante los años cincuenta, los productores de los grandes estudios buscaban la manera de recuperar al público que poco a poco iba abandonando las salas, atraído por la novedad de la televisión. Para combatir la pujanza de la pantalla doméstica, las pantallas de cine se hacían cada vez más grandes y los colores eran cada vez más vivos, se perfeccionaban los sistemas de sonido y se desarrollaban ingenios técnicos como el de las tres dimensiones. Warner Brothers fue  el primero de los estudios que apostaron por ponerle a sus espectadores las primitivas gafas bicolores que permitían admirar la maravilla de la imagen cercana, la sensación de relieve que todavía hoy sirve como panacea ante el declive de asistencia a las salas.
En 1953, el vehículo para lucir el invento era "Los crímenes del museo de cera", cuya realización fue encomendada a un artesano eficaz y ajeno a los sobresaltos como era André De Toth. La paradoja consistía en que más allá de la innovación y de la parafernalia publicitaria, la película retomaba el espíritu de las viejas producciones de la Universal de los años treinta, cuando Béla Lugosi y Boris Karloff sembraban el terror en los patios de butacas. En esta ocasión era Vincent Price el encargado de alimentar las pesadillas de los espectadores, en una de sus interpretaciones más carismáticas: la del artista sensible que debe pervertir su genio para satisfacer a un público hambriento de banalidades.
La apariencia artesanal de "Los crímenes del museo de cera" favorece su aureola de cuento gótico, de romanticismo decadente que De Toth convierte en una de las principales bazas del film. El director aprovecha bien los medios con los que cuenta para crear atmósferas inquietantes y de gran plasticidad,  en una evocación de postales antiguas que, lejos de amarillear con el tiempo, conservan intacto todo su poder de fascinación.
Resulta difícil permanecer ajeno al influjo del film y a la magia que desprenden sus imágenes. Muchas de ellas contienen la llama que luego se prendió en cineastas como Roger Corman, John Carpenter o Tim Burton. Este último rindió pleitesía en 1982 a la figura de Vincent Price en forma de cortometraje de animación, una pequeña maravilla que lleva por título "Vincent" y que cuenta con la propia voz del actor. Que lo disfruten:

   

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