Caníbal. 2013, Manuel Martín Cuenca

El mayor placer para un espectador es olvidarse de serlo. Trascender su condición de testigo apoltronado en una butaca y sentirse implicado por lo que sucede en la pantalla. La inmediatez de los estímulos visuales que recibimos es de tal magnitud, que hemos perdido la paciencia para detenernos a observar y preferimos que nos proporcionen el entretenimiento previamente masticado y digerido. Por eso una película como "Caníbal" parece tan radical.
El argumento podría haber dado lugar al enésimo psico-thriller sobre un asesino en serie. En vez de eso, Manuel Martín Cuenca elabora un retrato costumbrista en el que lo que se oculta cobra la misma importancia que lo que se muestra. La novela de Humberto Arenal sirve como base para un guión lleno de huecos que el espectador debe rellenar haciéndose copartícipe de la trama. Esta opción narrativa otorga igual peso dramático a los terribles asesinatos del protagonista que a sus actos cotidianos: trabajar en la sastrería, revisar los papeles, visitar a su hermana... En suma, la vida cotidiana de un monstruo. Pero como todas las historias son historias de amor, llega el día en que se cruza con una mujer que, en realidad, son dos mujeres. La dualidad entre las dos hermanas es semejante a la doble vida que debe llevar el homicida si no quiere ser descubierto, es el vaso comunicante por el que permanecen unidos. El contraste entre las interpretaciones de Antonio de la Torre y Olimpia Melinte da sentido al film y permite que se cuele algo de aire por sus fotogramas, aliviando el clima asfixiante. Ambos encarnan al verdugo y a la víctima en esta particular versión del cuento de la bella y la bestia que Martín Cuenca reinterpreta a través de su mirada. Una mirada cuya serenidad esconde torrentes de drama.
Como ya hiciera Jaime Rosales en "Las horas del día", Martín Cuenca despoja el relato del asesino de concesiones y golpes de efecto, haciendo de la película un producto no apto para espectadores impacientes. El manejo de las elipsis y de los silencios, la quietud como herramienta para contener el drama es empleada por el director con el fin de alcanzar el trance tranquilo que vive el protagonista en medio del horror. A ello contribuye la magnífica labor de los actores y la factura técnica de la película, realmente admirable en su sencillez y en su frialdad casi quirúrgica. La austeridad narrativa y el punto de vista siempre distante emparentan a Martín Cuenca con otro director experto en terrores cotidianos, Michael Haneke, cuyo cine tiende puentes de comunicación con "Caníbal". Pero si a alguien se parece Martín Cuenca es a sí mismo: en su anterior largometraje, "La mitad de Óscar", la naturaleza era percibida como un entorno de tensión y de encuentro, donde los conflictos derivaban en fatalidad. Esta idea persiste en "Caníbal" y se refuerza con el ideal romántico del paisaje como escenario para la muerte. Una carretera en mitad del campo, una playa o una montaña nevada son lugares donde el asesino puede saciar su hambre de víctimas. A partir de ahí, todo entraña peligro.
Cine serio, en definitiva. Gran cine hecho con pocos recursos y mucho talento puede encontrarse en las imágenes de esta película sugerente y perturbadora, muy elocuente dentro de su discurso parco en palabras y rico en ideas.

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