Blue Jasmine. 2013, Woody Allen

Jasmine tiene un marido influyente, una vida despreocupada y mucho dinero que gastar. Pero el sueño de la alta sociedad se convierte en pesadilla el día que los líos financieros y de faldas de su matrimonio la conducen hasta su hermanastra, una mujer corriente que trata de vivir al día entre un marido vulgar y unos hijos alborotadores.
Este argumento podría haber nutrido las páginas de una novela rusa si se hubiese decantado por el drama, o de una obra de teatro italiana si lo hubiera hecho hacia la comedia. La habilidad de Woody Allen es la de haber trasladado hasta su propio terreno los ardides de una trama con aroma clásico, salvando todas las distancias geográficas y temporales. Así, el personaje de Jasmine aparece como un trasunto de los desmanes que propiciaron la crisis, aquel lodo en el que chapotearon felizmente ladrones, especuladores y maquilladores de cuentas.
Como tantas otras veces, el cine de Allen indaga en el cuento moral asumiendo sus claves sin decoro: en "Blue Jasmine" hay casualidades imposibles, giros forzados y recursos que rozan el deus ex machina. Sin embargo, es precisamente la valentía del director al no esconder sus cartas y la voluntad de acatar sin complejos algunas viejas normas lo que llena esta película de encanto. Allen disfraza de candidez lo que en verdad son dardos envenenados, como un revolucionario tranquilo y cortés que envuelve su soflama en la fotografía de tonos dorados de Javier Aguirresarobe y en hermosas melodías de jazz. La herramienta de nuevo es el humor. A veces caricaturesco y a veces mordaz, el humor de "Blue Jasmine" abre huecos para que se cuele la melancolía y cierto escozor existencial: es el Woody Allen reflexivo que presenta sus fábulas bajo el barniz de la comedia.
El guión funciona como un mecanismo de relojería perfectamente calibrado, con la revisión de algunos lugares comunes dentro de la filmografía del director como el contraste entre las clases sociales ("Granujas de medio pelo"), las relaciones familiares ("Hannah y sus hermanas"), la persistencia de la memoria ("Stardust memories") o la complejidad del universo femenino. Este último aspecto se ve magnificado por la labor de Cate Blanchett en el papel de Jasmine, personaje al que insufla humanidad en medio de la montaña rusa de emociones que atraviesa a lo largo del metraje.
Blanchett construye una criatura inolvidable con materiales poco agradecidos: es mezquina, egoísta, neurótica, interesada... a pesar de lo cual resulta inevitable sentir lástima por ella. Su imagen final, con la cara lavada y evocando los acordes de Blue Moon es el mejor retrato posible del desconcierto, una auténtica lección de interpretación y el broche de oro a una película que sería distinta sin su presencia. Sus compañeros de reparto Alec Baldwin y Sally Hawkins saben devolverle la réplica, especialmente la segunda, que vuelve a demostrar sus grandes dotes de comediante dando vida a la hermana antitética.
"Blue Jasmine" supone un eslabón más en la larga carrera de Woody Allen, un director que año tras año sigue realizando variaciones sobre el mismo tema, siempre reconocible, siempre distinto y muchas veces genial.

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