Mr. Turner. 2014, Mike Leigh

Mike Leigh viaja hasta el siglo XIX para abordar la figura de uno de los artistas británicos de referencia, William Turner. No es casualidad: ambos nombres están unidos por la independencia y el inconformismo, por el compromiso y la honestidad en su trabajo.
En lugar de realizar una biografía al uso, Leigh plantea la película como si se tratase de una obra del pintor romántico: dando mayor importancia a la impresión que al detalle y preponderando la expresividad sobre la narración concreta de los hechos. Es decir, que el espectador de Mr. Turner no conocerá con exactitud los pormenores de la vida del pintor, pero se llevará una idea bastante aproximada de las pulsiones y los anhelos que movieron su pincel. No sería descabellado decir que éste sería el film que hubiese hecho Turner de haberse dedicado al cine.
La película queda por lo tanto como un sincero homenaje al trabajo de un artista excepcional, que supo recoger la herencia pictórica de los maestros europeos y renovarla para abrir caminos nuevos. El guión de Leigh se centra en episodios importantes de la madurez del pintor y en otros aparentemente anecdóticos, que ayudan a explicar su carácter difícil. La convivencia entre lo grave y lo banal traza el recorrido íntimo por la personalidad de Turner, un espacio donde confluyen sin distinción el arte y la experiencia.
Para reflejar estas sensaciones en la pantalla es necesario el compromiso de un actor entregado, algo que Timothy Spall cumple con creces. Su interpretación sostiene la película y crea un poderoso contraste entre el realismo de la ambientación y el personaje excesivo, casi grotesco, que compone con Turner. En una de las escenas, el protagonista declara "cuando me miro al espejo, lo que veo es una gárgola". Éste parece ser el lema con el que Spall afronta a su personaje, un hombre al límite de sí mismo cuyo cuerpo maltrecho apenas fue capaz de contener su descomunal talento. Pero Spall no está solo: Marion Bailey, Dorothy Atkinson, Paul Jesson y un largo reparto de ilustres y desconocidos nombres ingleses aportan verismo al relato y lo llenan de humanidad.  
Al contrario de lo que suele ser habitual en las películas de pintores, Mr. Turner evita los lugares comunes y cruza a hurtadillas los momentos más delicados de la vida del pintor: la muerte del padre, rodada con ejemplar sencillez, la relación con las mujeres que le rodearon, la incomprensión del público y el combate consigo mismo por capturar la atmósfera del lienzo... todas estas tormentas atraviesan la pantalla sin causar daños en la credibilidad del film, con elegancia y misterio, dejando que sea el espectador el que complete los huecos de la narración. La banda sonora de Gary Yershon ayuda a transmitir estas impresiones y a reforzar la filosofía del film: expresar lo máximo con los mínimos elementos.
Uno de los puntos fuertes de Mr. Turner es su aspecto visual, y la capacidad que demuestra para evocar tiempos pasados a través de la luz. El director de fotografía Dick Pope reproduce las escalas cromáticas de Turner y baña las imágenes de la película con sus habituales tonos dorados, de mayor o menor intensidad según los imperativos dramáticos. Tanto Leigh como Pope manejan las herramientas estéticas precisas para que el relato avance con pasión y sosiego, apelando por igual al corazón y al cerebro. Tal y como hacía Turner en su pintura.
En suma, Mr. Turner es una prueba de la madurez creativa de Mike Leigh, cineasta que rinde tributo a uno de los más precoces vanguardistas europeos. Pero también es la reivindicación de otro nombre mucho menos conocido y trascendente, Timothy Spall. Un actor que abandona la fila de los secundarios para erigirse como autor en la sombra de esta película importante.
           

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