El congreso. "The congress" 2013, Ari Folman

Después de la sorpresa que supuso en 2008 el estreno de Vals con Bashir, Ari Folman asume cinco años después la adaptación libre de la novela de Stanislaw Lem El congreso de Futurología. La habilidad de Folman como director y guionista es la de llevar el texto original a su terreno para elaborar una obra personal, casi íntima. Ese terreno es la animación.
Al igual que sucedía en El submarino amarillo de George Dunning o El muro de Alan Parker, la animación de El congreso cuenta aquello que no pueden reproducir las imágenes reales: mundos de fantasía donde la imaginación trasciende los límites de la narración y el delirio se encuentra legitimado.
La primera mitad de la película está filmada con actores de carne y hueso. El rostro de Robin Wright llena la pantalla nada más comenzar el film, un rostro lagrimoso y hermosamente maduro. La cámara retrocede mientras asistimos al drama de su personaje: una actriz que encadena un fracaso tras otro y a quien se le agotan las posibilidades de reflotar su carrera. Wright interpreta una versión distorsionada de sí misma, en un ejercicio valiente que en algunas ocasiones parece una sesión de psicoanálisis y en otras un acto de auto afirmación. Su representante, encarnado por Harvey Keitel, le ofrece una última carta: escanear su cuerpo para digitalizarlo y optar así a un sinfín de nuevos papeles. A cambio, ella no volverá a trabajar jamás como actriz. Le cederá el puesto a su imagen artificial y siempre joven, en una traslación del mito de Fausto a la industria del cine. Una crítica demoledora hacia un sistema que premia la juventud y margina la experiencia.
La segunda mitad de El congreso revela una visión adulta del Dibullywood de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? Los colores chillones y los diseños creativos enmascaran un infierno lisérgico donde cualquier cosa es posible, desbordando la mesura y el laconismo de la primera parte del film. Ari Folman lleva un paso más allá los logros alcanzados con Vals con Bashir: la viveza de la animación trae recuerdos de Dave Fleischer y Tex Avery, del pop art y Looney Toons... en pleno contraste con la amargura del relato. Hay un torrente de estímulos visuales que conduce al espectador hasta territorios inexplorados, un universo donde la identidad es moldeable y cada persona es el recipiente de sus anhelos. Lirismo y trascendencia, dolor y sueño... las sensaciones se agolpan en las retinas del espectador. Todo ello narrado con el tono preciso y manteniendo el pulso durante el metraje.
Folman sale indemne del reto de esta película compleja y cuidadísima tanto en el fondo como en la forma. El influjo de sus imágenes pervive en la memoria tiempo después de haberlas visto, un recuerdo potenciado por la partitura de Max Ritcher y por el aliento poético que el director ha conseguido insuflar al film. Estas y otras razones hacen de El congreso un espectáculo emocionante y revelador, una verdadera Obra de Arte.

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