Boyhood. 2014, Richard Linklater

Resulta difícil hablar de Boyhood en términos estrictamente cinematográficos, sin caer en la divagación ni en la verborrea filosofante. Es lo que sucede con el paso del tiempo, que puede perderse mucho tiempo reflexionando sobre él. Richard Linklater abordó el tema en la trilogía que comenzó con Antes del amanecer y que concluyó, veinte años después, con Antes del anochecer. En Boyhood, la experiencia se comprime en una sola película rodada a lo largo de doce años, un ejercicio proustiano que tiene la virtud de materializar la ambición de su idea con exquisita sencillez.
Linklater demuestra que se puede ser trascendente recurriendo a la cotidianidad y al retrato de costumbres. Se podría decir que Boyhood es al cine lo que Our town al teatro: el reflejo de una época y de una generación a través de personajes corrientes con los que es fácil sentirse identificado. El rostro del protagonista abre y cierra la película, dos planos separados por una docena de años en los que se aprecian los mismos ojos con distintas miradas. La primera contiene la inocencia de la infancia a la que alude el título. La última mirada del film anuncia la madurez y el despertar a la vida adulta. En los dos extremos de ese tránsito también encontramos dos mujeres: al principio, la madre experta en malas decisiones que borda Patricia Arquette. Al final, una novia inminente que deja al espectador con ganas saber más. Y es que los 166 minutos que dura la película se hacen cortos, porque en ellos fluye la narración y la ficción se convierte en experiencia.
La belleza de Boyhood reside en el diálogo directo con el público, en la manera de no menospreciar a su audiencia con efectos de guión ni fáciles recursos dramáticos. Linklater establece una comunicación sentimental con el patio de butacas, contando lo mismo que suelen contar las películas de iniciación más convencionales (el descubrimiento del amor, la relación con los padres, el ensayo del triunfo y la derrota...) pero sin aspavientos. La narración de Boyhood parece construida con los descartes de otras películas y teleseries mil veces vistas antes, con el material que les sobra a esos directores que confunden la realidad con el aburrimiento. Richard Linklater también ha incurrido en estos pecados a lo largo de su filmografía, por eso, Boyhood parece más una apuesta personal y un experimento afrontado desde el guión, la dirección y la producción, que un mero artefacto de estudio.
La delicadeza y el gusto por el detalle que demuestra Linklater logra conmover por su discreción, como si durante toda la película se estableciese un lenguaje secreto que atraviesa la pantalla. A la manera de Ozu o Ford, el cineasta norteamericano alcanza la profundidad desde la superficie, sin tomar atajos y sin falsas pretensiones. Un ejemplo es la escena en que la familia debe mudarse de domicilio por enésima vez, y la madre pide ayuda a los hijos para adecentar la casa antes de marcharse. Mason, el niño protagonista, se dispone a ocultar con pintura los desperfectos de las paredes y los roces en los marcos de las puertas. En uno de ellos perviven las marcas con las que la madre ha ido señalando las alturas de los hijos a lo largo del tiempo. El muchacho cubre las muescas con pintura. Este instante cargado de significación podría haber dado lugar a un asomo de melancolía, sin embargo, la austeridad del director evita los trucos de montaje (por ejemplo: una mirada del niño despidiéndose del pasado irrecuperable, un inserto de la mano que duda, una recreación en la tristeza...) En lugar de eso, la secuencia transcurre en un único plano de apenas unos segundos, sin alharacas ni subrayados que recalquen la acción. No son necesarios: el momento contiene la suficiente fuerza y evidenciarlo hubiese sido vulgar. Eso es inteligencia narrativa y una demostración silenciosa de talento por parte del cineasta.  
Además de Arquette, la película se ve beneficiada por las interpretaciones de Ethan Hawke, Ellar Coltrane, Lorelei Linklater y una larga lista de actores que van dejando su huella en el camino de esta película que concluye en un determinado momento, pero que podría continuar siempre, mientras exista el protagonista. Boyhood es El show de Truman hecho realidad, el espectáculo de la vida a veinticuatro imágenes por segundo. Más que una película, Linklater ha completado un fresco emocionante y reconocible sobre la juventud, sobre el significado de crecer y descubrir el mundo con sus glorias y sus miserias. En definitiva, una obra importante que es ya un referente dentro del género.
A continuación, el ensayo creado en 2013 para la revista Sight & Sound en torno a la figura de Richard Linklater. Como no podía ser de otro modo, el tema es el paso del tiempo y el cine. Que lo disfruten:
             

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