Jesucristo Superstar. "Jesus Christ Superstar" 1973, Norman Jewison

Que la marca Jesucristo vende es algo que descubrieron el compositor Andrew Lloyd Webber y el letrista Tim Rice en los años setenta del pasado siglo. La Pasión del Mesías cristiano inspiró el primero de sus conocidos musicales, una obra que se propagó rápidamente por todo el mundo gracias al empuje de la iglesia y de sus medios afines, de los sectores hippies más domesticados y de aquellos que vieron en la ópera rock la renovación de un género que daba muestras de abatimiento. Pero sobre todo, fue el alcance popular de sus canciones lo que propulsó el inevitable trasvase del escenario a la pantalla.
Norman Jewison acababa de saborear las mieles del éxito con la adaptación de otro musical llegado de Broadway, El violinista en el tejado, un trabajo que hacía inventario de las tradiciones semitas desde el clasicismo y la pulcritud escénica. Con Jesucristo Superstar, Jewison cambia de religión y de planteamiento visual. Su labor como director consiste en colocar la cámara delante de los cantantes y los bailarines sin ocultar la naturaleza teatral del original. Se percibe cierta apatía, casi desgana, por parte del cineasta a la hora de afrontar el proyecto. La planificación resulta anodina y la puesta en escena desvela una alarmante falta de ideas, algo inusual de quien ha filmado ejercicios vigorizantes como En el calor de la noche o El caso de Thomas Crown. Para colmo, Jewison se deja seducir por los recursos ópticos de la época (zooms, congelados de imagen, fundidos por desenfoque) que terminan por envejecer terriblemente el film. Jesucristo Superstar adolece la falta de fluidez narrativa, y se limita a suceder una canción tras otra sin más pegamento entre ellas que la complicidad del público. Porque el guión no explica ni los antecedentes de la historia ni el carácter de los personajes, dando la impresión desde el comienzo de incorporase a una película ya empezada. Los espectadores que no estén familiarizados con los hechos que se cuentan, asistirán desconcertados a una catequesis intensiva y musical sobre los últimos días de Jesús.
También es justo reconocer que el director prolonga algunos de los aciertos que estaban en el musical, como es la visión humana de Jesucristo y el traslado del protagonismo a la figura de Judas Iscariote. Pero si hay algo que consigue desvincular al Jesucristo Superstar cinematográfico del de los escenarios, son las localizaciones. La decisión de rodar la película en espacios naturales de Israel consigue que, al menos durante unos momentos, el espectador olvide que se encuentra ante una mera adaptación en imágenes. En todo lo demás, el film mantiene dificultades para encontrar su propia identidad, a pesar del esfuerzo que realizan unos cantantes con evidentes carencias interpretativas. Nada de esto impidió que la película perpetuase el triunfo al que parecía destinada, y que convirtiese a Jesucristo Superstar en un icono coyuntural a su tiempo.

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