Jubal. 1956, Delmer Daves

El nombre de Delmer Daves suele aparecer en la lista de directores artesanos que también integran Michael Curtiz, Raoul Walsh o André De Toth. Cineastas que nunca pretendieron ser autores, y que pusieron su talento al servicio de las historias que les encargaban los estudios. Columbia confió en Daves tres westerns protagonizados por Glenn Ford, el primero de ellos con el título de Jubal. La película adaptaba la novela de Paul Wellman que se basaba, a su vez, en el Otelo de Shakespeare. Esta mezcla entre film del Oeste y drama teatral da como resultado una película fascinante, que cuestiona las pautas del género e introduce elementos literarios y de cine negro.
El hecho de que Jubal sea un western atípico se debe, sobre todo, a que pone el acento en los personajes: el pistolero sin pasado, el capataz carismático, el líder que ve peligrar su puesto, la mujer fatal en contraposición a la jovencita cándida... Todos cumplen su función dentro de la trama, gracias a un guión inteligente que cobra fuerza en los diálogos y a la dirección concisa y eficaz de Daves. El argumento avanza con precisión matemática, conteniendo los arranques de apasionamiento y esquivando los lugares comunes, sin resultar por ello frío o extravagante. Son los años cincuenta y el género alcanza la plena madurez gracias a películas como Johnny Guitar, Centauros del desiertoEl zurdo o Jubal. Ejemplos de cómo se pueden dirimir los conflictos entre los personajes sin necesidad de recurrir (sólo) a las balas, tan letales como una mirada bajo el sombrero o una frase escupida entre dientes.
Para sostener todo lo dicho es necesario un plantel de actores como el que luce Jubal: Glenn Ford, Ernest Borgnine, Rod Steiger y Valerie French llenan la pantalla con sus interpretaciones y consiguen dotar de vida a unos personajes que podían haber caído en el estereotipo con facilidad. En lugar de eso, el film juega con las expectativas del público deparando cien minutos de intensa emoción. Jubal es la prueba de que no son necesarios los juegos de artificio para inflamar los ánimos del espectador, y que incluso directores poco ambiciosos como Delmer Daves podían crear obras de hondo calado, sin hacer demasiado ruido ni concesiones a la galería.  

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