Simon killer. 2012, Antonio Campos

El mal puede manifestarse en los lugares más insospechados. No es extraño que un individuo corriente se convierta en depredador si se dan las circunstancias adecuadas, basta que algo o alguien prenda la mecha. Este parece ser el leitmotiv en la obra de Antonio Campos, cineasta de espíritu iconoclasta y maldito, empeñado en representar las dobleces del ser humano de maneras poco convencionales. Simon killer es un ejemplo perfecto. Sin embargo, el segundo largometraje de Campos ha tenido que pagar su apuesta por el riesgo con la falta de distribución. La película permanece inédita en España, triste consecuencia de hacer cine fuera de los márgenes.
El film cuenta la historia de Simon, un joven norteamericano que espera curar en París las heridas de un amor roto. Al principio el chico visita el Louvre, va al cine, practica el onanismo... el espectador puede empatizar con este aprendiz de naufrago que hace las cosas que podría hacer cualquiera en su situación. Una noche, Simon entabla relación con Victoria, una prostituta de difícil pasado que trata de llegar a fin de mes sin perder la dignidad por el camino. A partir de este encuentro irá emergiendo la complicada personalidad de Simon, lo que obliga al público a replantear sus primeras sensaciones. Campos consigue incomodar así al espectador, que se revuelve en su butaca arrepentido de haber depositado su confianza en el protagonista. Un juego peligroso que puede decepcionar a unos, enojar a otros, pero que resulta tremendamente estimulante.
Lejos de lo que cabría esperar, Simon killer mantiene un tono frío y austero, casi distante. La sequedad del relato se traslada también a las formas. Campos posa su mirada sobre los personajes con extrañeza, evitando los encuadres cómodos y contemplativos. La cámara busca el ángulo más adecuado para transmitir desasosiego, fascinación, incertidumbre... sentimientos extremos manejados por el director con pulcritud y que se van acrecentando a medida que avanza la narración. Simon killer esconde tormentas detrás de la aparente calma de sus imágenes: es el estilo basado en el contraste. El director juega con la elipsis y el fuera de campo tanto en el guión como en la planificación, lo que carga de simbolismo muchas de las escenas del film. Un ejemplo: al poco de conocerse, la pareja protagonista baila por primera vez en el apartamento de ella. La imagen se concentra en sus cinturas durante un largo rato, sin mostrar los rostros. Se trata de una relación física. Transcurrido el metraje, se produce otro baile. Esta vez sucede en la pista de una discoteca y, ahora sí, vemos a los personajes en plano medio. La relación entre ellos aspira a ser personal. Detalles como estos convierten el visionado de Simon killer no sólo en un ejercicio intelectual, sino también en una experiencia moral. Es el espectador el que contempla los hechos y juzga, sin intromisiones del autor que condicionen su veredicto.
Buena parte de los méritos de Simon killer residen en las interpretaciones de Brady Corbet y Mati Diop. Los actores carecen de fingimiento y se entregan con dedicación a unos personajes nada fáciles, siempre en conflicto externo e interno entre lo que dicen y lo que hacen. El triángulo que completa Constance Rousseau se erige como parte creadora de Simon killer, aún cuando la película mantiene el marcado carácter de su autor. Antonio Campos es responsable también del cuidado aspecto visual y sonoro que luce esta obra kamikaze, un verdadero salto al vacío que desconcertará al público domesticado, y que hace suya la estrofa de Nacho Vegas: "Ahora ya estás advertido/ no te fíes de un animal herido". Estas palabras podrían ser el mejor resumen.

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