Electric Boogaloo: La loca historia de Cannon Films. "Electric Boogaloo: The wild, untold story of Cannon Films" 2014, Mark Hartley

La nostalgia de los años ochenta llega también al documental. El director australiano Mark Hartley continúa escudriñando los horizontes del cine de explotación en su época más fértil, cuando la independencia comenzaba a definir un estilo y la censura había desaparecido de las pantallas. Tras dos incursiones en las filmografías más casposas rodadas en su país de origen y en Filipinas (los documentales Not Quite Hollywood y Machete Maidens Unleashed!), Hartley se adentra en unos de los templos sagrados del cine basura: el estudio Cannon Films.
Electric Boogaloo: la loca historia de Cannon Films ofrece lo que promete, una jugosa colección de anécdotas contadas por quienes tuvieron la oportunidad de trabajar en la compañía. Guionistas, actores, directores… es una lástima que falten los dos protagonistas principales, Menahem Golan y Yoram Globus. Como es habitual, los fundadores de Cannon pusieron en marcha un proyecto paralelo con el ánimo de sacar tajada, el documental The Go-Go Boys, dedicado a ensalzar las virtudes de la casa. Electric Boogaloo pretende lo contrario, hacer leña del árbol caído y mofarse de la pareja de primos empresarios. Para ello cuenta con los testimonios de artistas resentidos como Richard Chamberlain, Bo Derek o Dolph Lundgren, agraviados por figurar en los créditos de películas espantosas que, todo hay que decirlo, en su día les reportaron fama y dinero. El hecho de que Hartley no haya conseguido convocar a las verdaderas estrellas del estudio, Chuck Norris, Sylvester Stallone o Jean-Claude Van Damme, pone en duda el argumento que defiende la película, basado en el ataque a un modelo empresarial irresponsable capaz de maquillar las cuentas para mantener su sistema productivo. Aunque la expresión "sistema productivo" adquiere aquí muchos matices.
Es verdad que Cannon facturó más de trescientos títulos en apenas tres décadas de trayectoria, comenzando en Israel, país de procedencia de Golan y Globus, donde se especializaron en material de relleno para las sesiones dobles. Después llegó el salto a Hollywood, escenario en el que Cannon siempre supuso una extravagancia de nuevos ricos carentes de ingenio y sofisticación. Allí conocieron el éxito y el posterior ocaso, y entre medias, un sinfín de grandes producciones con presupuestos ajustados y toneladas de vulgaridad que atraía como moscas al público de los extrarradios. Por no mencionar la eclosión del vídeo doméstico, hábitat natural de la mayoría de los títulos de Cannon. Como se dice en Electric Boogaloo: "si algo salía bien era por casualidad". Estas excepciones venían firmadas por Cassavetes (Corrientes de amor) o Konchalovsky (El tren del infierno). El resto pertenece a la categoría de películas para olvidar: Yo soy la justicia, Desaparecido en combate, Cobra, el brazo fuerte de la ley, Superman IV, Masters del Universo... y un largo etcétera que podría abastecer a varias galerías de los horrores.
Por todo esto, el visionado de Electric Boogaloo resulta de lo más estimulante. El ingente material con el que cuenta Hartley salpica la trama de apuntes cómicos, curiosidades e información que arroja luz sobre una época muy determinada de la industria del entretenimiento. Sin embargo, la decisión de prescindir de un narrador en off o de un conductor del relato obliga a introducir muchas voces en el documental, tal vez demasiadas. La sobreabundancia de participantes termina por provocar cierta sensación cacofónica, y la constatación de que en lugar de sumar, el exceso de opiniones en pantalla puede restar contundencia y hacer que el relato gire sobre sí mismo. El guión incide en el detalle más que en la visión de conjunto, y antepone el espectáculo al rigor que se le presupone a un documental tan elaborado como éste. Así, Electric Boogaloo necesitará ser completado por el reverso de la moneda (The Go-Go Boys) para una valoración contrastada acerca de Cannon Films.
A la labor de Mark Hartley como director y guionista se le puede achacar una indulgencia un tanto forzada en el desenlace. Resulta paradójico que después de haberse ensañado durante todo el metraje con Golan y Globus, al final decida enmendarlos bajo la excusa de que, en realidad, eran amantes del cine que intentaron realizar sus sueños huyendo de la ortodoxia. O como también se oye decir en el film: "el estilo Cannon consistía en hacer algo grandioso de muy mal gusto". En suma, Electric Boogaloo depara cien minutos de entretenimiento en bruto que hará sonreír a todos aquellos que rondan la cuarentena para confirmar que, efectivamente, cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor.

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