El hombre que se quiso matar. 1942, Rafael Gil

Antes de abordar algunas de las adaptaciones literarias más ambiciosas del cine español y de convertirse en uno de sus directores más prolíficos, Rafael Gil se curtió en películas ligeras como El hombre que se quiso matar. Comenzaba la década de los cuarenta y Gil preparaba su salto a la dirección tras haber firmado varios guiones y realizado documentales para el bando republicano durante la Guerra Civil. La paradoja es que, con el tiempo, el director sería considerado uno de los protegidos del régimen franquista. Por eso, si algo quedó claro en sus cuarenta años de carrera fue su capacidad de adaptación y el oficio adquirido en la escritura, la dirección y la producción de muchas de sus películas.
Más allá de la longevidad profesional y del éxito de taquilla que le acompañó numerosas veces, Rafael Gil nunca llegó a adquirir relevancia como cineasta. El hombre que se quiso matar partía de un cuento de Wenceslao Fernández Flórez que el director trasladó a la pantalla sin imaginación ni talento. Aunque se encontraba respaldado por un estudio importante como Cifesa, el debut de Gil resultaba demasiado teatral y literario para ser considerado verdaderamente una película. Y eso que el planteamiento era de lo más atractivo: La historia de un pobre individuo que, tras recibir varios golpes en la vida, decide ponerle fin mediante el suicidio. El anuncio de su próxima muerte trastocará la rutina de los vecinos que le rodean y dará color a la existencia gris de este aprendiz de nihilista.
Con semejante argumento, Rafael Gil elabora una fábula social con aromas de comedia costumbrista. Buenas intenciones que la película agota demasiado pronto. El cineasta desaprovecha el interesante punto de partida a fuerza de otorgarle empaque y solemnidad, como queriendo revestir lo que en principio parece una anécdota. El abuso de diálogos carentes de naturalidad y de interpretaciones afectadas en exceso echan a perder el prometedor arranque de un film que, sobre el papel, anunciaba algunas bondades: la crítica social, el retrato de costumbres, el cuento con moraleja... todo queda aplanado bajo el peso de una literatura demasiado evidente. Ni los actores ni la puesta en escena consiguen que el conjunto salga a flote. Antonio Casal recita sus frases sin transmitir las motivaciones de su personaje, y parece más preocupado por la declamación del texto que por cualquier asomo de realidad. Vicios adquiridos en los escenarios de los teatros donde había aprendido la profesión. Casal y Gil volverían a trabajar juntos en otras películas de diversos géneros, el primero reforzando su imagen de galán y el segundo su olfato para el triunfo.
En suma, El hombre que se quiso matar conserva el encanto de las postales antiguas que son capaces de atrapar el aire de otra época. En todo lo demás, la película hace aguas hasta naufragar en lo anodino.

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