La princesa Mononoke. "Mononoke-hime" 1997, Hayao Miyazaki

Después de haber revolucionado el cine de animación japonés y de deslumbrar a medio mundo con películas como El castillo en el cielo, Mi vecino Totoro o Porco Rosso, el director Hayao Miyazaki decide afrontar el reto más difícil de su carrera con la realización de La princesa Mononoke. El cineasta clausura la década de los noventa dotando de profundidad algunos de sus temas predilectos (la defensa de la naturaleza, el compromiso del individuo con los de su especie, la interculturalidad y la convivencia) para aspirar a un público más adulto. La fórmula consiste en mezclar la rica tradición nipona de las leyendas de espíritus, dioses y demonios, con las referencias históricas de la lucha por el poder en el régimen feudal y la expansión de la pólvora y las armas de fuego. Como siempre sucede en la obra de Miyazaki, se mezclan el mito y el hecho, la imaginación y la realidad, sin que ninguno de los dos se vea perjudicado. Esta sinergia convierte a La princesa Mononoke en una obra verdaderamente trascendente, un ejercicio que exige cierta implicación por parte del espectador que la película responde con creces. No es un film que se pueda ver sin más, sino que debe experimentarse.
La excelente animación del estudio Ghibli alcanza el virtuosismo en La princesa Mononoke. El tratamiento del color en los fondos y el diseño de los personajes presentan una viveza pocas veces vista antes, que aprovecha todo el potencial expresivo del anime. La voluptuosidad de las imágenes y su capacidad cinegética permiten que el público viva con intensidad las más de dos horas de metraje, absorto en la pantalla. El reto está en que semejante torrente de energía no merme el lirismo que la película despliega de principio a fin, algo que Miyazaki resuelve con éxito: de nuevo la épica y la intimidad se complementan de forma natural, casi orgánica.
El guión mantiene un hábil equilibrio entre la aventura, el drama, el fantástico y la comedia, sin abandonar nunca el fuerte carácter social y la voluntad de conciencia que se esconde detrás de cada escena. La espectacularidad de la acción no ahoga en ningún momento el grito de rebeldía que Miyazaki eleva contra la agresión al medio ambiente y las desigualdades sociales, al contrario, los amplifica y les sirve de altavoz. Es ahí donde se revela el carácter comprometido del autor, ya que su filmografía se puede contemplar bien como una colección de cuentos mágicos independientes o bien como una obra aglutinadora y compacta. Porque una película conduce siempre a otra, comunicadas por puertas que no ocupan siempre el mismo lugar ni la misma dirección. La princesa Mononoke es un principio y un final, es un nexo, le prueba de madurez de un artista fundamental en el cine del siglo XX.
A continuación, un hermoso homenaje realizado en el año 2015 por el animador francés Dono a la obra Hayao Miyazaki. Está claro, una figura es relevante cuando cuenta con tributos como este:

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