El clan. 2015, Pablo Trapero

Pablo Trapero no es un director al que le guste acariciar los ojos del espectador. Sus películas son duras porque el mundo que retratan también lo es, y lejos de querer llamar la atención o de buscar el morbo fácil, subyace una intención crítica. Sabe que la pantalla es el espejo donde el público puede ver reflejados los males de la sociedad, un acicate para reaccionar y querer cambiar las cosas. Avaricia, corrupción, desigualdad, falta de valores... nada escapa a lente de su cámara, ni siquiera el horror de una época pasada como en El clan.
A partir de los hechos sucedidos durante los años ochenta en torno a la familia Puccio, el cineasta argentino resquebraja los pilares de las clases acomodadas que prosperaron tras la dictadura de Pinochet perpetuando sus mismas prácticas criminales. Profesionales del terror incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos y con demasiada sangre en las manos. Arquímedes Puccio es un veterano agente del servicio de inteligencia del estado, un vecino respetable y un padre ejemplar que vive entregado a su prole. Al menos eso es lo que parece. Entre las paredes de su vivienda sobrevive la víctima de algún secuestro reciente, el verdadero negocio que sostiene la economía familiar. El retrato de lo cotidiano que filma Trapero contrasta con las terribles prácticas delictivas con las que comparte escenario, ese es el juego que propone El clan: unir en el mismo ámbito lo común y lo excepcional, la normalidad y el espanto.
La receta no es fácil, hace falta calibrar el tono con cuidado para no caer en la apatía ni en el exceso, además de contar con un buen plantel de actores capaces de poner piel a semejantes personajes. El clan alcanza estos y otros logros. Hubiese sido fácil cargar las tintas del drama mediante persecuciones, golpes de efecto y diálogos tensos. En su lugar, Trapero opta por la contención y el verismo, sin dejar de hacer una película profundamente emocionante. No es una emoción impostada, de las que se olvidan al poco de la proyección, sino de las que se cuecen a fuego lento desde el primer fotograma. El guión alterna las escenas costumbristas con los momentos de tensión, convirtiéndolas en las dos caras de la misma moneda. Y es que la película transmite una sensación sólida y compacta, de unidad narrativa que consigue trenzar los hilos que se van extendiendo durante el metraje.
Por otro lado, referirse a El clan es hacerlo de sus actores. Guillermo Francella encabeza un reparto ecléctico, donde conviven debutantes, algunos rostros televisivos y la irrupción de un sorprendente Peter Lanzani. La juventud de éste y la veteranía de Francella dibujan el arco generacional de una película que encuentra en los actores su razón de ser. Al igual que en otras películas de Trapero, los intérpretes de El clan son también creadores, ellos conducen el relato y dotan de humanidad a unos personajes no exentos de dificultad. La labor de Francella es sintética en su complejidad y exuberante en su sencillez, dos cualidades al alcance de los artistas con talento.
En el aspecto técnico, El clan cuenta con las virtudes propias del cine de Pablo Trapero: un montaje efectivo, que recuerda a Scorsese en el empleo de las canciones (suenan The Kinks, Ella Fitzgerald, Creedence Clearwater Revival) y a Coppola en las secuencias en paralelo (como la escena del coito en el coche contrapuesta a uno de los secuestros). La fotografía y el diseño de producción consiguen recrear la atmósfera de una época felizmente superada, cuyos fantasmas convoca Trapero para que no vuelvan. Por eso su cine camina entre la realidad y la ficción, entre la crónica de sucesos y el film de género. Para no perdonar lo imperdonable y no sepultar en el olvido historias como la que narra El clan.
A continuación, Nómade, el cortometraje que Trapero filmó en 2010 poniendo en práctica una de sus señas de identidad: el plano secuencia. Se trata de un ejercicio de virtuosismo que el director ha seguido desarrollando en mayor o en menor medida a lo largo de su filmografía, con resultados tan estimulantes como este:

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