Puro vicio. "Inherent vice" 2014, Paul Thomas Anderson

Paul Thomas Anderson tiene el dudoso honor de haber sido el primero en trasladar a la pantalla el universo literario de Thomas Pynchon, una hazaña a la que ningún otro director se había atrevido hasta el momento. No es de extrañar. La prosa compleja y alucinada de Pynchon tiene difícil adaptación al cine, un reto que Thomas Anderson asume con su habitual audacia. Es una lástima que el resultado no sea el esperado.
Puro vicio es el intento de hibridar el cine negro con la comedia lisérgica, un género que tiene su más ilustre antecedente en El gran Lebowsky de los hermanos Coen. A diferencia de ésta, la película de Thomas Anderson es demasiado intrincada, demasiado seria y demasiado larga. Tres lastres que el film arrastra hasta desfallecer sin remedio. Después de una trayectoria brillante con media docena de películas en las que el director norteamericano ha volcado su torrencial talento, llega el momento de la decepción. Puro vicio es una película fallida desde su mismo planteamiento. El guión es tan enrevesado que cuesta seguir la multitud de situaciones y personajes que rodean al protagonista, un investigador privado con afición por los paraísos artificiales que una noche recibe la visita de su antigua novia. Ella será el hilo que le enredará en una madeja de corrupción, tramas secretas y tráfico de drogas. Todo impregnado de un humor surrealista cuya eficacia depende de la complicidad del espectador.
El problema principal es la saturación de diálogos durante todo el metraje. Las cosas no suceden, sino que son contadas. Falta acción y dinamismo, momentos de respiro entre tanta palabrería enlatada. Y eso que los actores hacen verdaderos esfuerzos por dar credibilidad a sus personajes. Joaquin Phoenix encarna al detective hippy que conduce la trama, en una interpretación certera y siempre al borde del exceso. Su mirada ebria y su actitud indolente se ven acompañadas por un desfile de caras conocidas: Josh Brolin, Reese Witherspoon, Owen Wilson, Benicio del Toro, Eric Roberts... artistas invitados a una fiesta plagada de momentos absurdos, amenizada por la banda sonora de Jonny Greenwood y un buen número de canciones de la época.
La película cuenta con un esmerado diseño de producción, que recrea magníficamente el ambiente de los años setenta en los que transcurre la historia, muy bien apoyada por la fotografía colorista y evocadora de Robert Elswit. El mejor de los envoltorios posibles para una obra de contenido imperfecto. Las habilidades como cineasta de Paul Thomas Anderson no traslucen en Puro vicio, ni en el desarrollo del argumento ni en su puesta en escena. Habrá que esperar mejor ocasión para reencontrarse con el genio de este autor ecléctico y valiente, esta vez demasiado. A continuación, un apasionante retrato cortesía del canal TCM:

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