Don't drink the water. 1994, Woody Allen

A principios de los años noventa, Woody Allen era una fábrica de elaborar genialidades: Sombras y nieblaMaridos y mujeres, Misterioso asesinato en Manhattan... el mismo año que estrenaba Balas sobre Broadway tuvo tiempo de adaptar para la televisión una de sus obras de teatro más celebradas, Don't drink the water. Una película tan digna como las demás, cuya condición de telefilm impidió que se viese en pantalla grande. Y eso que en los créditos figuran los colaboradores habituales de Allen por aquel entonces: Carlo Di Palma en la fotografía, Susan E. Morse en el montaje, además de estrellas del cine y la televisión como Michael J. Fox y Mayim Bialik. Se trata por lo tanto de un producto de calidad, que injustamente nunca vio la luz en las carteleras.
Sin ocultar en ningún momento su origen teatral, Don't drink the water remite directamente al cine de Ernst Lubitsch y Billy Wilder. El ritmo acelerado, las situaciones equívocas, los personajes que entran y salen... hay un regusto añejo que sobrevuela la película y que es uno de sus principales encantos. Un homenaje a la comedia clásica y al vodevil que Allen demuestra conocer como nadie.
El guión respeta la unidad de tiempo y de lugar propia del teatro. La acción transcurre en plena Guerra Fría, en el interior de una embajada de los Estados Unidos situada más allá del telón de acero. La sustitución del embajador por su hijo incompetente coincide con el asilo de la familia Hollander, paradigma de los defectos de la sociedad norteamericana. A ellos se une un jeque árabe y sus numerosas esposas, además de un párroco con afición por la magia que lleva más de un lustro refugiado. Semejante fauna solo puede provocar un sinfín de momentos humorísticos narrados a velocidad de vértigo. Allen se encuentra en plena forma, y lo demuestra mediante diálogos que se atropellan unos con otros en un derroche de ingenio. Él mismo se reserva uno de los papeles protagonistas, representando su característico personaje del mequetrefe hipocondríaco y fatalista, caricatura del judío norteamericano de clase media.
El director mantiene el tono adecuado durante todo el metraje, aportando velocidad a los gags y prescindiendo en muchas escenas del trípode, para rodar cámara en mano. Este recurso visual añade dinamismo y potencia el nervio que ya de por sí contiene el texto. Don't drink the water se desarrolla a lo largo de noventa minutos de pura comedia, gracias a un guión trabajado hasta el detalle, una dirección eficaz y un grupo de actores entregados. En suma, una recomendación segura para los admiradores del cineasta neoyorquino y para todos aquellos que disfrutan con el humor inteligente.
A continuación, unas declaraciones de Woody Allen cortesía del canal TCM, en las que desgrana aspectos de su personalidad relacionados con el cine. Que lo disfruten:

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