Los niños lobo. "Ôkami kodomo no Ame to Yuki" 2012, Mamoru Hosoda

Con el paso de los años, el nombre de Mamoru Hosoda se ha convertido en una referencia inapenable dentro del anime japonés. Películas como Las chica que saltaba a través del tiempo y Summer wars le consolidaron durante la pasada década como un autor imaginativo y exigente, un creador de universos complejos con la rara habilidad de hacerlos accesibles al gran público. Una vez más, la fórmula consiste en mezclar tradición y modernidad, leyendas ancestrales y ciencia ficción. Los niños lobo es un buen ejemplo.
Producida por el estudio Chizu, creación reciente del propio director en colaboración con la prestigiosa compañía Madhouse, Los niños lobo supone un compendio de las bondades del cine animado con denominación de origen nipona. Algo así como un completo libro de estilo en el que se congregan una técnica depurada, un contenido trascendente y una voluntad de emocionar al espectador por los medios más naturales. Sin efectismos ni grandilocuencias que distraigan del relato.
Hosoda narra la historia de una joven que se enamora de un compañero de universidad, un chico misterioso y distante que guarda un secreto. Es un hombre lobo. Pronto, la chica deberá hacer frente sola a la crianza de dos pequeños licántropos fruto del amor de la pareja. La protagonista representa a una madre coraje que lucha con abnegación por convertir en normal una situación imposible, y aquí es donde surge la paradoja, pues en este marco excepcional se cuela la realidad cercana, reconocible. Más allá de la fantasía y de la fabulación, Los niños lobo es un retrato conciso de la madurez y de la capacidad de superación para afrontar los problemas y salir adelante.
La película pone especial atención en los detalles y en la recreación de atmósferas. Así, la brisa del viento, el reflejo en un charco, la luz que se filtra a través de la ventana... explican tanto como los diálogos. Hosoda construye la historia de fuera adentro, permitiendo que las condiciones del entorno identifiquen el carácter de los personajes. El director vuelve relevante cada pliego del film, dotándolo de un hechizo que emerge cuando menos se espera. Por eso en Los niños lobo hay una película visible que se materializa en imágenes y otra subterránea, que se intuye, de la misma importancia que la primera. Es cine profundo, sí, pero sin ascetismos de ninguna clase. Al contrario: prima la sencillez y la expresión directa.
Uno de los aspectos más llamativos es el estético. El contraste habitual de la animación japonesa entre los fondos pictóricos y los personajes esquemáticos alcanza su cenit en Los niños lobo, hasta el punto de que algunos rasgos llegan a desaparecer. Rostros apenas esbozados y siluetas monocromas se cruzan por decorados elaboradísimos de gran belleza visual, dos lenguajes que lejos de contradecirse, se completan generando un diálogo fascinante. Hay elipsis (la de las aulas del colegio) y juegos ópticos (la transformación tras la cortina) que confirman a Hosoda como un artista virtuoso, un director con vocación humanista y alma de poeta. Por eso, más que una película, Los niños lobo es una experiencia que merece la pena tener. Una rara joya para públicos de todas las edades.
A continuación, uno de los temas musicales compuestos por Takagi Masakatsu que suenan en el film. Una delicia sinfónica con evocaciones a la infancia y la naturaleza, que acompaña a la perfección las peripecias de los personajes. Relájense y disfruten:

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