El renacido. "The revenant" 2015, Alejandro González Iñárritu

Alejandro González Iñárritu es el cineasta del dolor, tal y como lo entiende un mexicano. El dolor del alma rota, de la ranchera y del quebranto. El dolor de Amores perros, 21 gramos o Biutiful. Pero también el dolor físico, más que ninguna otra vez en El renacido.
Aunque en muchas ocasiones pueda parecer una película cruel, incluso sádica, El renacido contiene un trasfondo espiritual que la separa de la mayoría de relatos sobre venganzas. Iñárritu maneja el simbolismo del entorno (la naturaleza como escenario para los instintos) y el religioso (la peripecia del protagonista como un vía crucis), haciendo que ambos conceptos sean uno. La película se inicia con el fluir del agua, imagen de la purificación que se hará recurrente a lo largo de la trama. Pronto la tranquilidad se verá turbada por la violencia, y en adelante serán pocas las escenas que permitan descanso al espectador.
El argumento se puede resumir en la lucha por la supervivencia de un hombre en mitad de la naturaleza. Hugh Glass vive para matar, necesita ajustar cuentas con quien le ha arrebatado lo más preciado. La acción se sitúa en el siglo XIX, una época difícil que suma a la amenaza de las tribus indígenas la de sus propios compañeros, además de los animales salvajes y las inclemencias del tiempo. En medio de este infierno helado se encuentra el explorador encarnado por Leonardo DiCaprio. El actor se deja la piel en su personaje mediante una interpretación entregada y exigente, cuyo esfuerzo atraviesa la pantalla.
El renacido es una de esas películas que no se ven, sino que se experimentan. Iñárritu consigue que el espectador padezca en todo momento el calvario del protagonista, gracias a una planificación ajustada y de gran impacto emocional. Las acciones en primer plano se alternan con los planos generales del paisaje, remarcando el diálogo entre la figura y el fondo, lo humano y lo espiritual. No se trata de una simple película con situaciones de riesgo. Hay una voluntad de trascendencia a través del dolor, parecida a la de los místicos y los iluminados.
Para ilustrar la novela de Michael Punke (basada, a su vez, en unos hechos reales), Iñárritu vuelve a confiar por segunda vez después de Birdman en Emmanuel Lubezki, director de fotografía que sabe aunar el virtuosismo técnico con la sensibilidad artística. El renacido deposita gran parte de sus méritos en las imágenes, hermosas y terribles como la historia que relatan. La habilidad para encontrar el encuadre preciso y la luz adecuada es producto de la sintonía que se establece entre Iñárritu y Lubezki, dos cineastas que se comportan como uno solo. Pocas veces el fondo y la forma han sido tan iguales como en esta película. Hay elaboradísimos planos secuencia que se intercalan con escenas de montaje, según lo requiere la narración. El resultado es muy estimulante y permite que el extenso metraje del film fluya con ritmo y tensión, hasta la llegada de los títulos de crédito finales.
En suma, El renacido supone otra exhibición de fuerza por parte de Alejandro González Iñárritu, director que no deja de poner a prueba sus capacidades con cada nuevo proyecto. Un reto al que se unen Lubezki y DiCaprio, artistas valientes que encuentran aquí la oportunidad de forzar sus propios límites para crear una película emocionante e intensa como pocas.
A continuación, un breve reportaje acerca de las circunstancias en las que se rodó el film:

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