La tierra contra los platillos volantes. "Earth vs. the flying saucers" 1956, Fred F. Sears

¿Malos actores, diálogos absurdos, efectos especiales de saldo? Sin duda se trata de cine de serie B. Una calificación que adquirieron las películas de bajo presupuesto a partir de los años treinta y que no se refería solo a la magnitud de la producción, sino al espíritu que las empujaba a salir adelante. En efecto, los profesionales de la serie B eran humildes artesanos con más imaginación que presupuesto, entusiastas de un oficio que nunca iba a reconocerles. Uno de ellos fue Fred F. Sears, quien después de curtirse en westerns, dramas carcelarios y películas de cine negro, decidió seguir la estela de éxitos como Ultimátum a la tierra o La guerra de los mundos. La diferencia es que Sears no contaba con un buen respaldo financiero ni con el talento necesario como para elaborar un film trascendente. En cambio, La tierra contra los platillos volantes depara un gozoso espectáculo de factura pobre y ridícula, lo que en términos afectivos se traduce como diversión y enternecimiento. Una pequeña joya dentro del género.
Ahí es donde reside el encanto del cine de serie B. En la conciencia que tiene de sí mismo y de sus limitaciones, lo que no impide buscar soluciones ingeniosas a las carencias de la producción. La historia es de sobra conocida, los alienígenas invaden la tierra tras interpretar unas señales humanas como amenaza, y se preparan para el exterminio de la población. Antes de que esto suceda, unos valerosos norteamericanos hallarán el modo de doblegar a los extraterrestres y restablecer la paz mundial. La inquietud por la Guerra Fría cundió en la cartelera haciendo que películas como ésta cumpliesen una función moral, aleccionadora: el peligro viene de fuera y hay que mantenerse firme. Es curioso observar la galería de imágenes que se repite invariablemente en este tipo de producciones, como la artillería cargando contra el enemigo, los edificios destruyéndose, el descenso de los visitantes por la plataforma de la nave, la población que huye despavorida... iconos que se reproducen todavía hoy con mayor o menor fortuna.
Sobre la labor de los actores no cabe extenderse, acaso mencionar que se contó para la pareja protagonista con dos intérpretes que solían ejercer de secundarios, Hugh Marlowe y Joan Taylor, quienes resuelven como pueden sus endebles personajes. El director tampoco brilla por la planificación ni por la puesta en escena, y se muestra más interesado en destacar los efectos especiales del gran Ray Harryhausen. Él es el responsable de los mejores momentos del metraje. Los platillos que surcan el cielo forman parte de la iconografía del género y sentaron las bases para una infinidad de películas posteriores, probablemente mejor hechas que ésta, pero que guardan una deuda con los diseños de Harryhausen. Es una lástima que las escenas de acción tengan poco desarrollo en la trama y abunden los diálogos inanes y los tiempos muertos. No hay que olvidar que el objetivo de la mayoría de estas películas era el de completar las sesiones dobles en los cines, y por ello se suelen acusar arritmias en el guión y una preponderancia de las escenas más baratas en cuanto a la producción. 
En definitiva, La tierra contra los platillos volantes es un film que hará las delicias de los amantes de la ciencia ficción más añeja, y que provocará el sonrojo de los que no sepan apreciar las fuentes del moderno cine hiper-tecnificado. Una delicia sin más mérito que el entretenimiento, algo pueril y bastante modesto, elevado a la categoría de culto por los aficionados a las rarezas.
A continuación, un apasionante recorrido por la ciencia ficción en el cine de los años cincuenta, cortesía del canal TVE. Que lo disfruten: 

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