La novia. 2015, Paula Ortiz

Trasladar al cine el universo hondo y poético de Federico García Lorca no es tarea fácil. De hecho, son muy pocas las adaptaciones que se han hecho hasta el momento de su obra: La casa de Bernarda Alba y Bodas de sangre son las más destacables. Dos buenos ejemplos de lo que puede dar de sí la lectura fílmica del poeta granadino. Por un lado, el clasicismo fiel de Mario Camus, y por otro, la adaptación musical de Carlos Saura. La directora Paula Ortiz retoma este último texto para construir una película con vocación de trascendencia y afán de sorprender. Tal vez demasiado.
Para entender La novia es oportuno recurrir a un símil gastronómico: los cocineros saben que con buenos ingredientes no hay que mezclar demasiado, que la abundancia de sabores termina sabiendo a nada. Pues bien, Ortiz ejerce de chef y confecciona con La novia un plato que incluye además del material literario, referencias teatrales, pictóricas, musicales, publicitarias y del videoarte. Como si Lorca necesitase revestimientos para ganar empaque o acceder a públicos más amplios. Así, el resultado queda indefinido, algo amorfo. Cada una de las escenas va por libre y no se aprecia una ligazón natural entre ellas, en parte porque la directora pretende crear en cada secuencia una obra de arte.
El equipo técnico y artístico realiza un gran esfuerzo para hacer de La novia más que una película, una experiencia que afecte a los sentidos. Ortiz cuida con detalle el aspecto visual y cada uno de los elementos que contribuyen a la imagen (la fotografía, la decoración, el montaje, la puesta en escena...) hasta el punto de que a veces el refinamiento cae en la vulgaridad, en el anuncio de perfume. Falta humanidad y frescura, el aliento vivo y salvaje del verso lorquiano, que no basta solo con recitarlo. Hay que masticarlo y mancharse con él, cubrirlo con sudor y no con maquillaje. Algunos momentos aislados consiguen romper esta sensación, destellos dentro de un conjunto en el que impera la pose y el artificio.
Es evidente que Paula Ortiz no ha pretendido hacer un film realista, opción tan válida como cualquier otra. La novia exhibe su voluntad de estilo desde el primer plano hasta el último, una actitud en la que participan los actores mediante gestos severos y miradas crispadas, con un sacrificio en la interpretación del que apenas sale indemne Inma Cuesta. La protagonista se deja la piel en su personaje, dotando con fogonazos de vida a esta película perfectamente disecada. Porque una cosa es el exceso, siempre legítimo, y otra es la afectación. Una lástima, ya que La novia partía de una propuesta de lo más interesante, y es de justicia reconocer la valentía de su directora. Una bonita oportunidad perdida de recuperar a Lorca para el cine como se merece: sin solemnidad ni aparatajes.
A continuación, un breve vídeo de promoción en el que se puede degustar la música de Shigeru Umebayashi, uno de los máximos alicientes de la película:

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