Un otoño sin Berlín. 2015, Lara Izagirre

Una modalidad muy frecuente dentro de las operas primas es la testimonial, aquella en la que los cineastas debutantes vuelcan su visión sobre la vida y rasgos de su carácter. En España, caben recordar Tigres de papel (Fernando Colomo), Ópera prima (Fernando Trueba), Hola, ¿Estás sola? (Icíar Bollaín) o La buena vida (David Trueba), entre otras. Radiografías íntimas de sus directores y a la vez crónicas de su propio tiempo. Algo parecido realiza Lara Izagirre en Un otoño sin Berlín. Después de un periplo por diferentes países y la dirección de algunos cortometrajes, Izagirre mezcla en Un otoño sin Berlín la ficción con lo real, el relato con la experiencia. El resultado es una película sencilla que habla de cosas importantes.
El punto de partida es una situación reiterada: Tras haber permanecido tiempo ausente, una joven regresa a su localidad natal para arreglar cuentas con el pasado. El reencuentro con su familia, amigos y antigua pareja marcan el desarrollo de la trama. Un otoño sin Berlín adopta la forma del drama naturalista, género en el que la personalidad de Izagirre queda bien definida y expande su influencia al equipo técnico y artístico. Existe la tentación de definir a esta película como pequeña, y en realidad lo es. Con un presupuesto ajustado y un reparto voluntarioso, la acción transcurre en unos pocos escenarios sin alardes de iluminación ni de puesta en escena. La directora aplica una mirada sosegada y siempre a la altura de los personajes, concentrada en sus evoluciones, atenta a los detalles, sin distraerse en nada que no haga avanzar la narración. En Un otoño sin Berlín los diálogos cobran la misma importancia que los silencios. Por eso es fundamental la labor de los actores.
Irene Escolar ejerce como álter-ego de la directora, es el espejo de sus inquietudes. La joven actriz crea un personaje tan pegado a la realidad que es necesario recordar que se trata de una interpretación, es decir, de un fingimiento. No hay asomo de artificio en su encarnación de June, lo que engrandece y dota de humanidad al resto de la película. Pero esta virtud tiene también su lado negativo, y es que obliga a sus compañeros de reparto a estar a la misma altura. A pesar de los esfuerzos, Tamar Novas no consigue alcanzar la credibilidad de Escolar, en buena parte porque su personaje es menos concreto. Hay cierta descompensación entre los dos, una diferencia de registros (más fresco en el caso de Escolar, más esforzado en Novas), en la que el actor sale perdiendo. El veterano Ramón Barea y los nóveles Lier Quesada y Mariano Estudillo completan el elenco de un film que deposita en la interpretación muchas de sus virtudes.
Así pues, Un otoño sin Berlín ilustra con honestidad la eterna dicotomía entre el documental y el cuento. Por un lado, la directora es capaz de reflejar situaciones veraces y de recrear atmósferas reconocibles por el público. Por otro lado, a veces se aprecian simulaciones o elementos afectados (como el contraste entre la vivienda familiar y la de la pareja protagonista), que restan contundencia al conjunto. Nada que ponga en peligro la sensación apagada y melancólica que transmite esta película hecha con cariño, una buena carta de presentación de Lara Izagirre.

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