Guy and Madeline on a park bench. 2009, Damien Chazelle

Más que una película, la opera prima de Damien Chazelle es un acto de amor. Amor compartido, eso sí. Por la música y el cine. El director apenas superaba la veintena cuando se propuso convertir su tesis universitaria en un largometraje filmado en 16 mm, en blanco y negro y con actores no profesionales. Se trataba de un film amateur en el que reinterpretaba algunas de sus preferencias cinéfilas (John Cassavetes, el musical del Hollywood clásico, la nouvelle vague), aportando una frescura y una ligereza libres de cualquier complejo. Guy and Madeline on a park bench encaja perfectamente en la definición de cine independiente norteamericano, a pesar de que tiene también un marcado acento europeo.
Chazelle cuenta una historia sencilla, el devenir de una pareja de jóvenes que han terminado su relación y de cómo buscan en otras personas la manera de no echarse de menos. Guy es trompetista de jazz y Madeleine trabaja como camarera. El escenario de fondo es la ciudad de Boston. Y el estilo elegido por Chazelle está cercano al impresionismo, como una pintura hecha con unas pocas pinceladas rápidas pero muy expresivas, que reflejan inmediatez y viveza sin acudir al detalle. El propio Chazelle lleva la cámara en mano, además de escribir, dirigir, montar y producir el film. El resultado rebosa naturalidad, incluso cuando irrumpen los números musicales. Por eso es justo reconocer al otro gran artífice de la película, el compositor Justin Hurwitz, compañero fiel del director en sus siguientes trabajos.
La banda sonora está integrada por un puñado de melodías deliciosas, que remiten al jazz de las jam session, a los espectáculos de Broadway y a la canción francesa, con un par de estupendos números de claqué. Ésta es la novedad que aporta la película, la de introducir la tradición clásica dentro del cine de vanguardia y generar así una mirada nueva, semejante a lo que hizo Godard con el género negro en À bout de souffle o Cassavetes con el drama en Faces. A los espectadores desprevenidos tal vez les pueda molestar la inestabilidad de la cámara, el montaje abrupto, la crudeza de la fotografía o la parquedad gestual de los actores. Ésta película no es para ellos. También en su tiempo hubo un público que despreció la pintura impresionista o el sonido del bebop. Hay que asumir la naturaleza excepcional que posee Guy and Madeline on a park bench, una rara avis bellísima que vuela libre y que supone la puesta de largo de Damien Chazelle, cineasta que años más tarde hará germinar en La La Land la semilla que plantó en éste film.

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