The neon demon. 2016, Nicolas Winding Refn

Un error muy común es valorar el cine de Nicolas Winding Refn desde una perspectiva clásica. Es decir, atendiendo al desarrollo formal y narrativo del argumento, donde se analiza la dirección, las interpretaciones, el guión, la fotografía, el montaje... y la incidencia de cada uno de estos elementos en el conjunto. Un punto de vista que lleva siempre al mismo resultado: el rechazo ciego al cineasta, cuando no a su defenestración. Las películas de Winding Refn pueden ser buenas o malas, mejores o peores, pero han de ser calibradas de modo distinto a las demás. ¿Por qué? Porque se mueven en otro terreno.
Para empezar, no necesariamente tienen un argumento con planteamiento, nudo y desenlace. Y si lo tienen, como en el caso de The neon demon, no es lo más importante. Para Winding Refn, lo fundamental es la transmisión de sensaciones y la creación de atmósferas. Pero ni la iluminación ni el decorado ni la banda sonora son medios para conseguirlo... porque son el fin mismo. Sintetizando: el trabajo fotográfico de Natasha Braier tiene la misma repercusión en la trama que el de las actrices, por ejemplo. Ambos alcanzan idéntico nivel de expresividad y de emoción, sin que el primero sea el envoltorio visual del segundo, o su representación estética. Igual sucede con la música de Cliff Martinez o el montaje de Matthew Newman, por ejemplo. Fieles colaboradores del director que construyen una retórica cargada de símbolos y referencias al cine de Lynch, Argento o Kubrick.
Habrá quien acuse en The neon demon de ser un ejercicio artificial, pretencioso, narcisista, aburrido, desagradable... y no les faltará razón. Winding Refn es muy consciente de los peligros que corre e incluso parece potenciarlos. De hecho, es todo un logro que una película así haya encontrado financiación (mayoritariamente francesa). Porque The neon demon es un film creado con una libertad casi insultante, sin concesión alguna al mercado ni al público mayoritario. La crítica también ha mostrado su disconformidad de forma unánime. Es como si después del éxito de Drive, el director estuviese dando paladas con cada film para cavar la tumba de su carrera... Tal vez, con la voluntad secreta de estar fabricando un cine de culto. Eso es The neon demon: cine de culto por definición. Los espectadores amantes del academicismo deben huir espantados, mientras que los degustadores de rarezas encontrarán aquí un suculento plato.
Aparte de todo esto, dentro de la fábula que plantea el film sobre el mundo de la moda se pueden identificar cuestiones relacionadas con la cosificación de la mujer en la sociedad moderna, la influencia de la imagen y de los medios de comunicación, la cultura de la competitividad y la meritocracia... en una puesta al día del mito de Fausto que incluye alusiones vampíricas y diversas parafilias. Más allá de la receptividad que pueda despertar la película, hay dos hechos incontestables: la capacidad de riesgo de Nicholas Winding Refn y la entregada interpretación de la actriz protagonista, Elle Fanning. Ambos caminan de la mano, a ciegas sobre el alambre y sin red de seguridad debajo. Los que estén dispuestos a acompañarles, disfrutarán del film. El resto, mejor abstenerse.

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