The french connection. 1971, William Friedkin

Cada época necesita generar sus propios referentes. Ya sean literarios, musicales o estéticos, lo cierto es que temporada tras temporada, surgen obras capaces de capturar la pulsión del momento y de actualizar los géneros tradicionales. A comienzos de los años setenta, William Friedkin logró ambas cosas con The french connection, película que retrataba el espíritu de un periodo determinado mientras revertía las claves del cine policíaco.
Tomando como base la novela homónima de Robin Moore, The french connection incorpora el realismo sucio propio de aquellos tiempos a un género clásico (el noir) que mostraba síntomas de fatiga, dando como resultado algo vibrante y novedoso, un acicate para una nueva generación de cineastas entre los que se encuentran Martin Scorsese o Walter Hill. Las aportaciones de Friedkin tienen que ver con el tratamiento de la violencia, con la ambigüedad moral de los representantes de la ley y con el escenario de la ciudad opuesto a la idealización. Las calles de Nueva York aparecen en la pantalla cubiertas de suciedad y miseria, son el paisaje donde florece el crimen que debe atajar la pareja de policías interpretada por Gene Hackman y Roy Scheider. El contrapunto a la rudeza de la ciudad y de estos agentes lo encarna la figura de Fernando Rey, dando vida a un sofisticado narcotraficante marsellés.
El director remarca la diferencia entre ambas ciudades contrastando la luz mediterránea con los colores invernales de la urbe, dos líneas paralelas que irán convergiendo a medida que avanza la narración. Friedkin pone especial esmero en la filmación y en el montaje de las imágenes, huyendo del academicismo y aportando una frescura cercana al documental. La realidad que transmite The french connection atraviesa la pantalla y se incrusta para siempre en las retinas del espectador: la comida fría de los agentes de guardia, la breve ceguera al salir de un antro oscuro, el resuello tras la carrera... son detalles que parecen robados por una cámara inquieta a la que no le importa la inestabilidad ni el granulado, sino la inmediatez y el verismo por encima de todo.
Pero más allá de la técnica, resplandece la interpretación de los actores. Hackman debuta aquí en su primer papel protagonista y se muestra en estado de gracia. La fuerza que imprime a su personaje (apodado Popeye) es pura dinamita, semejante a la de ilustres precedentes como James Cagney o Dan Duryea. El resto del elenco permanece a la altura, algunos de ellos incluso sin ser actores profesionales, ya que fueron seleccionados por su participación en los acontecimientos reales que inspiraron la ficción.
Otro nombre que influye de forma decisiva en el resultado del film es Don Ellis, quien también se estrena en The french connection como compositor de bandas sonoras. El músico integra la experimentación y la energía que había adquirido en el mundo del jazz para dotar a la película de dos cualidades que Friedkin amplifica desde la dirección: la emoción y el dinamismo. Para la historia quedan las escenas de la persecución del metro, el desmantelamiento del coche, las redadas y las vigilancias en la calle... en definitiva, una buena colección de instantes que permanecen en la memoria y que han ejercido una gran influencia en multitud de películas hasta el día de hoy.

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