La tortuga roja. "La tortue rouge" 2016, Michael Dudok de Wit

Han tenido que transcurrir nada menos que dieciséis años para que Michael Dudok de Wit acometa su primer largometraje, después de haber alcanzado el éxito con los cortometrajes de animación El monje y el pezPadre e hija. El director holandés no tenía prisa. De hecho, fue el veterano Hayao Miyazaki quien a través del estudio Ghibli promovió este proyecto atípico, marcado por la excepcionalidad. No podía ser de otro modo.
La tortuga roja retoma y expande algunas de las claves del universo de Dudok de Wit: ausencia de diálogos, espíritu lírico y síntesis tanto en la forma como en el argumento. La película cuenta la historia de un náufrago que ha sobrevivido a una tormenta en alta mar. Arrastrado por la marea, recala en una isla donde sólo encuentra compañía en la fauna local y en una enorme tortuga roja que le impide marchar. Hasta que un día, la relación del hombre con el animal se transformará por arte de magia, dando lugar a una nueva vida. El espectador apenas conoce nada del personaje: su nombre, oficio, procedencia... por lo que la naturaleza se convierte en protagonista del relato. El mar, el paisaje o la vegetación adoptan entidad propia, son mucho más que el escenario donde sucede la acción. Además, Dudok de Wit tiene una especial habilidad para mezclar los elementos reales con los imaginarios, situando entre ambos términos la esencia narrativa de La tortuga roja. Un hermoso cuento plagado de símbolos y alegorías que, lejos de encriptar el guión, lo simplifican. Así, el vuelo de las aves en el cielo señala la falta de libertad del náufrago, y su soledad se acrecienta en medio de la noche plagada de estrellas. Pueden parecer metáforas fáciles, pero en realidad estas imágenes contienen la profundidad del mejor poema porque rechazan la solemnidad y el artificio de otras obras más ambiciosas pero menos elaboradas.
Por lo tanto, no hay mensajes subrayados en La tortuga roja que suplan la carencia de palabras entre los personajes. Tampoco hay evidencias en el empleo de los recursos de la animación. Aunque Dudok de Wit continúa expresándose a través de dibujos sencillos, con líneas claras y escasos movimientos de encuadre, el autor amplía los detalles y la paleta de colores respecto a sus anteriores trabajos, lo que convierte la pantalla en un lienzo de emocionante belleza. Las sonoridades de cuerda creadas por Laurent Perez del Mar ayudan a amplificar estas evocaciones y la identidad de una película que es, en realidad, una obra de arte capaz de estimular los sentidos del público y que exige su implicación. A La tortuga roja no le valen los espectadores pasivos ni la contemplación ociosa. Y esto es más de lo que muchas películas pueden decir.

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