Tres anuncios en las afueras. "Three billboards outside Ebbing, Missouri" 2017, Martin McDonagh

En el fondo, los consumidores de ficción nos parecemos a los niños pequeños. Tendemos a rechazar lo que no comprendemos porque nos hace sentir inseguros o estúpidos. Necesitamos reconocer en novelas, obras de teatro y películas una serie de rasgos comunes que nos ayuden a situar la historia, unas convenciones que nos garanticen el entendimiento, la empatía, la placidez al fin y al cabo. Es por eso que, a lo largo del tiempo, los narradores han ido estableciendo unos códigos basados en clichés y en lugares comunes que el público identifica dentro de los diversos géneros. Así, en una película de aventuras se espera que haya emoción y que los personajes pongan sus vidas en riesgo, en una comedia habrá risas y el protagonista deberá extraer algún tipo de lección moral, y en un drama incluso se acepta la muerte del héroe, siempre y cuando realice un sacrificio a cambio. Sin embargo, también hay creadores que se atreven a subvertir estos convenios y nos invitan a la transgresión. Algunos de ellos (los que buscan la notoriedad o la provocación vacía de contenido) fracasan, mientras que otros son capaces de proponer caminos alternativos a los que ya están trillados, marcando pequeños pasos hacia su evolución.
Conviene tener todo esto en cuenta a la hora de valorar una película como Tres anuncios en las afueras, ya que su autor, Martin McDonagh, juega a manipular los tópicos asociados a diversos géneros como son la comedia, el drama y el thriller rural. El argumento contiene muertes violentas, palizas, violaciones, racismo, familias desestructuradas... sin dejar de ser por ello una comedia. También hay diálogos y escenas divertidas, momentos absurdos y un cierto aire desenfadado que le resta severidad al conjunto sin caer en la banalización, teniendo en cuenta que el trasfondo es muy dramático. Además hay una investigación en curso, policías de dudosa ética, un crimen sin resolver con pistas falsas y sospechosos que se van cruzando por la pantalla. Pero la hibridación de géneros no se ha inventado en esta película (los hermanos Coen, a quienes McDonagh rinde tributo, la han practicado muchas veces). Lo que hace que Tres anuncios en las afueras sea original es su forma de desconcertar al espectador mediante giros inesperados de guión que ofrecen siempre la solución más inteligente y la más imprevista.
El texto del propio McDonagh es de una enorme complejidad, de hecho, lo primero que llama la atención es que no esté basado en ninguna novela, ya que el guión contiene situaciones perfectamente trabadas, personajes construidos con profundidad y un escenario que incide de manera directa en la trama. Esto es lo segundo que llama la atención: que siendo una producción británica, retrate con tanta concisión y detalle la idiosincrasia de una población muy localizada en el Medio Oeste de los Estados Unidos. La sociedad que retrata el film responde con agresividad a sus frustraciones y llena el vacío vital con alcohol y chismorreos, en una actitud crítica poco habitual en las carteleras. McDonagh escupe bilis en cada fotograma, con apenas algún momento de respiro (la aparición del ciervo hembra junto a los carteles), entre los estallidos de brutalidad verbal (el flashback familiar) y física (el plano secuencia en el que el policía ataca al dueño de la empresa publicitaria). Tres anuncios en las afueras elude cualquier atisbo de amabilidad y positivismo, en cambio, supone todo un alegato en favor de la autonomía de la mujer, la constancia y la esperanza. ¿Cómo interpretar esta contradicción? Muy fácil: como un ataque frontal a la corrección política y al buenismo que enmascara la podredumbre del estado del bienestar.
Para que todo esto cale en el público, es necesario que la palabra se haga carne a través de un reparto capaz de representar los sentimientos extremos que se exponen en el film. Y aquí el milagro sucede ante nuestros ojos por obra y gracia de Frances McDormand, Sam Rockwell, Woody Harrelson y un buen número de actores que dan credibilidad a semejante fauna de personajes. El director consigue domesticar los excesos con los que están perfiladas sus criaturas y mantiene un tono cercano al esperpento que, no obstante, resulta veraz (no confundir con realista). McDormand gobierna con soltura el encuadre, es el alma mater de la película y carga con la responsabilidad de crear un vínculo difícil, casi imposible, con el patio de butacas. Su manera de mirar (la escena de su acoso en la tienda) y de recitar los diálogos (la diatriba al cura) son de las que fijan a un personaje en la memoria y justifican, por sí solas, la veneración a una película importante como es Tres anuncios en las afueras. Sin duda, la confirmación de que en Martin McDonagh hay un cineasta relevante.
A continuación, el tema principal perteneciente a la banda sonora compuesta por Carter Burwell. El músico vuelve a trabajar con McDonagh después de sus dos anteriores largometrajes, en una obra de gran poder atmosférico. Que la disfruten:

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