La forma del agua. "The shape of water" 2017, Guillermo del Toro

A veces sucede que un director aparece cuando menos se le espera. Después de una década dedicado a la televisión y a películas no demasiado afortunadas, Guillermo del Toro regresa con su trabajo más personal hasta la fecha, que es también el más perfecto. La forma del agua se incluye dentro de la galería de largometrajes de monstruos que el director mexicano lleva elaborando desde el inicio de su carrera, hace veinticinco años, en un repertorio que contiene vampiros, insectos gigantes, demonios, faunos y toda clase de seres fantásticos. La diferencia que establece La forma del agua respecto a las demás es la sensibilidad y el contenido romántico que definen la trama. ¿Será casualidad que, por primera vez, del Toro haya colaborado con una guionista? Seguramente no, porque la aportación de Vanessa Taylor se revela fundamental a la hora de reescribir esta nueva versión de La bella y la bestia.
En efecto, la película adopta la forma de un cuento en el que, contrariamente a lo que dicta la tradición, los límites entre lo que se considera bueno y malo quedan desdibujados. Así, el grupo de héroes de la película lo conforman una mujer con discapacidad, su compañera de trabajo de raza negra, un maduro homosexual y un espía extranjero. Es como si del Toro quisiera advertir: estos personajes eran considerados monstruos en los Estados Unidos de los años sesenta, al igual que el "monstruo real" que protagoniza el film, pero en ellos habita la belleza de su voluntad y de sus actos. En contraposición, los blancos caucásicos heterosexuales y patriotas aparecen como los verdaderos monstruos, porque son capaces de cometer actos terribles en nombre del orden y la razón.
Este discurso forma parte del ideario del director y lo materializa en imágenes de enorme atractivo estético. El pulso dinámico de la narración no interfiere en la intimidad del relato, al contrario, subraya las pasiones mediante recursos visuales y sonoros (impecable el diseño de sonido y la banda sonora de Alexandre Desplat junto a canciones de los años cuarenta). La forma del agua es la prueba de fuerza de Guillermo del Toro como director, liberado del habitual exceso de efectos especiales (que también los hay, y muy brillantes) y de los argumentos que los justifiquen. Nos encontramos ante un poderoso ejercicio de estilo donde cada uno de los elementos técnicos y artísticos juegan en favor del conjunto. La fotografía de Dan Laustsen, la dirección artística de Nigel Churcher, el vestuario, el maquillaje... y, por supuesto, los actores.
Sally Hawkins vuelve a demostrar que es la actriz perfecta para desempeñar personajes en los que predomina el gesto y la expresión no verbal, como es el caso de la mujer muda que encarna en el film. La acompañan en el reparto Michael Shannon, Richard Jenkins y Michael Stuhlbarg, entre otros intérpretes muy bien conjuntados. Todos ellos conforman el paisaje humano de La forma del agua, al que se suma Doug Jones en el papel del monstruo. El actor, quien ya había representado a un hombre-pez en Hellboy, otra fantasía de del Toro, vuelve a cubrirse de prótesis y maquillaje para dar vida a la criatura acuática. La elaborada caracterización transmite al mismo tiempo credibilidad y asombro, sensaciones que se trasladan al total de la producción. Y es que más allá de los géneros en los que participa La forma del agua, lo que sobresale es una  emocionada y emocionante declaración de amor al cine, un arrebato de inspiración calibrado con meticulosidad. En suma, la obra de madurez de Guillermo del Toro en plenitud de facultades.
A continuación, el tema principal de la banda sonora compuesta por Alexandre Desplat. Una pieza hermosa que contiene las señas de identidad de su autor: líneas melódicas claras y sencillas, instrumentos tradicionales y una gran capacidad para la evocación. Relájense y disfruten:

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