Ready Player One. 2018, Steven Spielberg

Según indica el termómetro que mide el nivel de nostalgia colectiva, los años ochenta son los nuevos sesenta. Olvídense de los condicionantes históricos, de la calidad e incluso de la estética: se trata de un imperativo biológico derivado del natural relevo entre generaciones. De ahí viene la recuperación tanto en cine como en televisión de algunos iconos de aquella década, buena parte de ellos marcados por la huella de Steven Spielberg. El autor norteamericano se ganó por entonces el apelativo de "Rey Midas de Hollywood" gracias a sus triunfos como director (E.T, la trilogía de Indiana Jones) y productor (Gremlins, Los Goonies, Regreso al futuro...) Un éxito que no le ha abandonado hasta el día de hoy, aunque también es verdad que los nuevos espectadores ya no le perciben como un coetáneo sino como un autor reivindicado por sus padres en los ataques de añoranza. Al menos así ha sido hasta el estreno de Ready Player One.
A partir de la novela de Ernest Cline que sirve como base, Spielberg logra congregar los actuales intereses del público adolescente: la distopía futurista presente en sagas como Los juegos del hambre, Divergente o El corredor del laberinto, la cultura del retro-pop y subgéneros derivados (steampunk, cosplay) y la fiebre gamer extendida a lo largo y ancho del planeta. Ingredientes que Spielberg agita en la batidora para obtener un espectáculo total capaz de seducir a diferentes edades, razas y sexos. Nada tiene de malo admitir que Ready Player One es un enorme artefacto diseñado para satisfacer por igual a los consumidores de blockbusters (las carreras de coches, los combates cuerpo a cuerpo) y a los cinéfilos (la escena ambientada en el hotel Overlook de El resplandor), porque la película no esconde sus cartas en ningún momento. La finalidad es divertir, ni más ni menos.
El guión escrito por el propio Cline y Zack Penn, todo un especialista en cine de superhéroes, sigue la estructura clásica de cualquier videojuego: hay un protagonista que va superando pruebas en compañía de sus aliados para alcanzar la meta final, que es la resolución a los problemas ocasionados por un enemigo poderoso e implacable. En lugar de monigotes pixelados hay un reparto de actores muy bien elegidos, que cumplen con la sencillez de sus personajes. Que nadie busque perfiles psicológicos complejos ni demasiada profundidad, porque aquí lo único enrevesado es el argumento y el aparatoso tinglado de efectos visuales... Como buen entretenimiento, la trama de Ready Player One contiene aventura, comedia, romance y emoción, todo calibrado en su justa medida para hacer que los ciento cuarenta minutos de metraje transcurran a velocidad de crucero espacial. Una sensación a la que contribuyen los movimientos de cámara, las angulaciones y todos los elementos visuales posibles: planos secuencia, montajes dinámicos, efectos especiales... A pesar de la multitud de capas digitales que se amontonan sobre las imágenes, todavía se percibe el estilo de Janusz Kaminski en la fotografía y el sello de Spielberg en la planificación, al menos en las secuencias con actores de carne y hueso.
Porque una de las características de Ready Player One es su diversificación entre las partes "reales" y las generadas mediante la técnica de captura de movimiento, un recurso empleado para diferenciar los dos mundos en los que se desarrolla la acción. Esto no es una novedad, hay numerosas películas que se han servido de la misma dicotomía estética (Tron, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?El congreso) y, de hecho, no hay aportaciones importantes en Ready Player One que vayan a señalar un punto de inflexión dentro del género. Tampoco se pretende. Al contrario, la clave de la película está en el reconocimiento por parte del público de cuanto ve en la pantalla. Es una forma de satisfacción semejante a la de los niños que necesitan escuchar los mismos cuentos una y otra vez, para sentir la seguridad de lo conocido y la participación en el relato. En el caso de los adultos, hay que sumar el  engañoso placer de recuperar la juventud a través de estímulos pretéritos, lo que explica los fenómenos recientes de Star Wars, It o los homenajes contenidos en la serie Strangers Things.
Cuesta distinguir, por lo tanto, los aspectos coyunturales de los cinematográficos en una película como Ready Player One. Pero yendo a lo concreto, es evidente el carácter lúdico del film concebido como un instrumento para provocar emociones inmediatas, que logra su objetivo de hacer vibrar el patio de butacas transmitiendo, a su vez, un mensaje necesario: la realidad es lo único real. Teniendo en cuenta que la película se estrena dos meses y medio después de una obra tan diferente como Los archivos del Pentágono, queda patente una vez más la gran versatilidad de Spielberg y su enorme capacidad de trabajo... Y si alguien necesita más razones para asomarse a Ready Player One, que no lo dude: ¡sale el Gigante de Hierro!

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