La enfermedad del domingo. 2018, Ramón Salazar

El conflicto familiar sigue siendo uno de los temas predilectos del cine español. El mismo año y en diferentes películas, Bárbara Lennie interpreta a una hija que se reencuentra con su padre (Petra), y con su madre (La enfermedad del domingo). Aunque más allá de la coincidencia argumental y de la actriz protagonista, lo único que comparten ambas obras es el género dramático y la presencia del dolor y la muerte. En el caso de La enfermedad del domingo, nos encontramos ante un elaborado ejercicio de autor que tiene una gran capacidad de transmitir emociones, gracias a su estética depurada, su narrativa basada en el desvelamiento y, sobre todo, a su reparto principal. Empecemos por lo primero:
A lo largo de los últimos años, Ramón Salazar se ha caracterizado por el afán de buscar un estilo y una impronta en sus películas que le ha acercado a diversas referencias y cineastas. Pero es en su cuarto largometraje cuando la personalidad de Salazar se revela poderosa y original, con una contundencia que marca su madurez como director. La enfermedad del domingo llama la atención desde las primeras imágenes, con encuadres de composición geométrica, angulaciones y puntos de vista que ponen al espectador siempre en una posición incómoda, a la expectativa de lo que sucede en la pantalla. Esta manera de crear tensión a través de medios visuales proviene ya del guión, puesto que la historia que se narra esquiva las evidencias y reparte la información de manera fragmentada, a modo de caja china que alberga otras en su interior. La técnica de ir decapando la trama obliga al público a dejarse arrastrar por los acontecimientos, en un torbellino de sentimientos que nunca llegan a explotar sino que se contienen, lo que influye en la relación entre los personajes. Todos guardan secretos y tienen cuentas pendientes que se han enquistado hasta derivar en un desenlace pleno de poesía. Porque La enfermedad del domingo es una película implacable y dura, pero también muy hermosa. La fotografía de Ricardo de Gracia contribuye a ello, sacando el máximo partido de la luz natural y de los colores fríos y apagados del invierno en el litoral catalán y el Pirineo francés.
Además de lo que se ve, está lo que no se ve pero se percibe, los elementos simbólicos. Salazar los disemina a lo largo del metraje, buscando la cercanía para que el conjunto no resulte críptico: el ave agonizando a orillas del lago, los bailes que las dos mujeres realizan por separado, la evolución del vestuario de la madre, las diapositivas trucadas... son recursos con un significado propio que el espectador puede traducir sin dificultad y hacen del visionado una experiencia sugestiva.
Esta concordancia entre el fondo y la forma cinematográfica, entre lo que se cuenta y cómo se cuenta, depara momentos muy estimulantes (la escena inicial del banquete, el descenso en el Tobotrón de Andorra). Pero si la película vuela alto es porque Bárbara Lennie y Susi Sánchez la empujan hasta cotas tan elevadas que cuesta regresar del terreno que ellas crean con sus interpretaciones. Ambas actrices llenan de matices sus personajes, los definen y redefinen mientras evoluciona la historia, los convierten en carne viva y palpitante sin aparente esfuerzo. Tienen el don de la naturalidad, lo que les permite resolver las dificultades de sus papeles sin recurrir al fingimiento. Por eso es justo reconocerlas también como autoras de La enfermedad del domingo, junto a Ramón Salazar, quien ha fijado un punto de inflexión en su trayectoria con esta terrible y bella película.
A continuación, un interesante vídeo que relata la elaboración de la música compuesta por Nico Casal para la banda sonora. Que lo disfruten:

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