Los Vikingos. "The Vikings" 1958, Richard Fleischer

Richard Fleischer fue un director versátil que nadó en casi todas las aguas y un cineasta prolífico, que dejó a sus espaldas una larga e irregular carrera en la cual "Los Vikingos" ocupa un lugar preeminente. Porque más que una película de género, se trata de un auténtico monumento al cine de aventuras, un tratado de clasicismo que supone todo un ejemplo en lo que a narración y a puesta en escena se refiere. El acabado visual de la película resulta impecable: la fotografía de Jack Cardiff es un derroche de de color e iluminación, capaz de azuzar el imaginario de cualquier espectador potenciando los aspectos más dramáticos y evocadores. Basta ver la alternancia de imágenes tanto de interior como de exterior para sentirse transportado a un universo de estampas añejas que no han perdido su capacidad de fascinación. Al contrario, se podría asegurar que "Los Vikingos" ha ganado en trascendencia, porque tras una apariencia ligera y unas intenciones evasivas, se esconde un drama afilado lleno de odios, venganza y rencores forjados al calor del fanatismo. Un guión de hierro cargado de diálogos y de escenas memorables que la producción, a cargo de Kirk Douglas, sabe conducir por el mejor camino, aquel que conjuga exigencia y espectáculo a partes iguales. Mención aparte merecen los actores, con el citado Douglas construyendo un personaje difícil de olvidar, acompañado por Tony Curtis, Janet Leigh y Ernest Borgnine en sus papeles principales, cada uno perfilando su propio carácter y engrasando esta máquina perfecta que es "Los Vikingos". Un elaboradísimo artefacto pilotado con mano maestra por un Fleischer en estado de gracia, que dejó para la posteridad un maravilloso divertimento, sí, pero de hondo calado emocional y cinematográfico.

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Copia certificada. "Copie conforme" 2009, Abbas Kiarostami

Por primera vez en su carrera, el cineasta Abbas Kiarostami desplaza su cámara desde Irán hasta Italia para filmar Copia certificada, su particular revisitación del cine del maestro Rossellini. El encuentro en la Toscana de dos personajes en el transcurso de un único día, sirve a Kiarostami para revivir los ecos de Viaje a Italia y esbozar así su visión de la pareja, mediante una lectura descreída y lacónica del amor que encierra, a su vez, una interesante reflexión sobre el arte y su representación, sobre el influjo de las obras artísticas en quienes las contemplan.
Película fundamentalmente hablada, de verbo rico y generoso, Copia certificada podrá fascinar a unos espectadores mientras irrita a otros. En este sentido Kiarostami no esconde sus cartas y propone, desde el primer momento, un juego de verdades a medias y de medias mentiras, que el público podrá o no disfrutar según acepte el envite. Como es habitual, detrás de una austeridad formal muy reconocible se oculta agazapado un trasfondo que, lejos de toda evidencia, sugiere y apunta, eludiendo las conclusiones fáciles. Es en esta parcela donde se muestra el Kiarostami de A través de los olivos o El sabor de las cerezas: el contenido complejo en una envoltura de apariencia sencilla. En todo lo demás, el director y guionista iraní se deja embriagar por el influjo europeo, encontrando en Juliette Binoche a su mejor aliada. La actriz francesa vuelve a ofrecer aquí un recital interpretativo, una prueba de talento que redimensiona y, en última instancia, da sentido a Copia certificada. Así, el binomio Kiarostami/Binoche se erige como un solo ente creador, y la suma de sus capacidades da como resultado una película rara y fascinante, hermosa, triste y reflexiva como es ésta.

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Yo soy el amor. "Io sono l´amore" 2009, Luca Guadagnino

Historia de aromas clásicos que permite a su director, Luca Guadagnino, retomar un modelo de cine cuyo máximo representante fue Luchino Visconti. Guadagnino sigue los pasos del maestro italiano para dibujar el retrato de una familia burguesa de Milán sin recurrir a fáciles juicios de valor ni moralejas gratuitas, concentrando la artillería dramática en un relato de amor imposible que funciona, en última instancia, como el eje narrativo de la película. Porque “Yo soy el amor” apuesta por el clasicismo en el contenido y en el espíritu que gravita sobre cada una de las escenas, pero no tanto en su forma. La cámara de Guadagnino es inquieta, juguetona, exhaustiva, acompaña a los personajes en sus devenires y persigue sus inquietudes, siempre atenta a los detalles y a su relación con el entorno. Para ello se vale de angulaciones a veces forzadas, trasladando a la pantalla la sensación de una realización caprichosa que llega a ejercer en el espectador una suerte de fascinación o de hipnosis. El montaje tiene mucho que ver con esta impresión, confiriendo a un relato que podría haber resultado solemne y contemplativo la impronta de lo moderno, esto es, la reinvención de viejas fórmulas desde perspectivas de riesgo. Guadagnino juega a ser autor y sale bien parado, porque de tan participativo, el estilo que adopta se convierte en un personaje más de la historia que él mismo dirige, sin entorpecerla ni extraviarla sino más bien al contrario, enriqueciendo su contenido y dotándolo de interés.
La interpretación de Tilda Swinton es responsable de que lo narrado en “Yo soy el amor” resulte cercano y rompa los clichés de los films sobre grandes familias. La actriz inglesa sabe aportar a su personaje profundidad y carisma, dos armas infalibles para hacerlo inolvidable.
La música y el desenlace del guión, en el que tienen un papel decisivo la fatalidad y el destino, remarcan el carácter operístico de “Yo soy el amor”, una película que bien hubiera podido rodar Visconti hace años, y que Guadagnino resuelve con emoción y eficacia.

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También la lluvia. 2010, Icíar Bollaín

Cineasta comprometida y siempre dispuesta a señalar con el dedo acusador de su cámara, Icíar Bollaín une sus fuerzas al también combativo guionista Paul Laverty para firmar su película más ambiciosa. “También la lluvia” es un alegato de denuncia que funciona, a su vez, como ejercicio meta-cinematográfico y como crónica documental de los acontecimientos sucedidos en Cochabamba, Bolivia, en al año 2000, durante la denominada Guerra del Agua. Sin embargo la película, en su afán por tratar estos tres temas sin que el espectador se pierda, tiende a caer en el didactismo y adopta el tono de la corrección, no por seguro menos engañoso. Porque lleva implícitos dos virus tan letales como la previsibilidad y el maniqueísmo, capaces de roer las entrañas de cualquier film por bienintencionado que sea. “También la lluvia” no es, ni mucho menos, una mala película, pero tampoco resulta memorable. Y es que, aunque se trate de la directora de documentos fílmicos tan encomiables como “Te doy mis ojos” o “Flores de otro mundo”, Bollaín no consigue insuflar verdadero aliento a lo que sucede en la pantalla, provocando que el cuerpo de su película contenga alma pero carezca de músculo y vigorosidad. Hay una cierta sensación de pose, de artificio, que acompaña el metraje desde su mismo inicio. Parece que Bollaín desconfiase de la capacidad del público para recibir su mensaje y se lo entregara ya masticado y digerido para su fácil asimilación. A esto contribuyen la mayoría de las interpretaciones, como las de Luis Tosar y Gael García Bernal, los cuales responden a los arquetipos que sus personajes representan, unos perfiles demasiado definidos que, de tan aclaratorios, caen en el simplismo. Así con todo, conviene resaltar los méritos de esta película que podría haber llegado a más: una narración que se sigue con interés, la aproximación a un conflicto poco conocido por estas latitudes, y el retrato de un mundo, el del cine, que muestra más sombras que luces a la hora de conseguir sus objetivos. Por estos elementos merece la pena detenerse en “También la lluvia”.


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Buscando a Eric. "Looking for Eric" 2009, Ken Loach

Si hay un nombre que ilustre como ningún otro el cine social de los últimos veinticinco años, es sin duda el de Ken Loach. Ya sea en conflictos internacionales (Nicaragua, la Guerra Civil española) o locales (el paro, los servicios sociales, la inmigración), la cámara de Loach se ha situado siempre a ras del suelo y con el foco en los oprimidos y en los que se quedan fuera de las noticias para engrosar, a lo sumo, el porcentaje de las estadísticas. Son varias décadas militando en la tolerancia y desarrollando un estilo a caballo entre la ficción y el documental que, sin embargo, en los últimos tiempos comenzaba a dar síntomas de agotamiento. Una vuelta de timón propiciada por su guionista habitual, Paul Laverty, ha vuelto a llenar de viento las velas recuperando un tanto del humor perdido (“La cuadrilla”, “Riff-Raff”) e introduciendo un elemento hasta ahora inédito en la filmografía del director británico: la fantasía. De esta manera, los corsés del documental se ven aliviados por una ficción más depurada, más declaradamente artificial, sin abandonar por ello los fuertes cimientos de la realidad sobre los que “Buscando a Eric” se asienta. Más cómica y en un tono más encajado en la fábula, con un desenlace de tintes caprianos, la voluntad de retratar un entorno en concreto y a los personajes que sobreviven en él permanece intacta, sin llegar nunca al didactismo, trampa mortal en la que otros directores caen asumiendo no el papel de cronistas, sino el de protagonistas. El estilo limpio y austero de Loach, que algunos confunden con descuidado, permite que los actores trabajen con libertad y den carne a sus personajes por medio de unas interpretaciones que conmueven por su verosimilitud. Un guión ajustado e inteligente, y una puesta en escena que saca partido tanto a los detalles como al conjunto, consiguen redondear esta película que no sólo satisfará a los seguidores de Loach, sino también a cualquier espectador que ponga en la pantalla algo más que los ojos, su implicación y su conciencia. “Buscando a Eric” es, en definitiva, una de las obras más redondas de Ken Loach, y demuestra que este veterano autor puede mantenerse joven por mucho tiempo.


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