El lobo de Wall Street. "The wolf of Wall Street" 2013, Martin Scorsese

Muchos años después de que Martin Scorsese abandonara su temprana vocación sacerdotal por la del cine, resulta curioso comprobar cómo conceptos tan religiosos como la culpa y la redención persisten hasta hoy en sus películas. El contraste que añade el empleo de la violencia y su visión de la familia como fuente de seguridad y de conflicto, es lo que ha permitido que su estilo sea reconocible, un estilo que recoge también la tradición del relato clásico norteamericano: historias de hombres hechos a sí mismos, que conocen la gloria y el fracaso. Modernos Ícaros que queman sus alas de cera al contacto con el sol. Travis Bickle, Jake LaMotta, Howard Hughes, los gángsteres de "Malas calles" o "Casino"... son personajes a los que se suma Jordan Belfort, "El lobo de Wall Street".
Scorsese retrata el vertiginoso ascenso de un broker adicto al dinero, el sexo y las drogas, en una historia ejemplar que termina con la inevitable moraleja aleccionadora. Para ello el director recupera el espíritu de una de sus grandes obras, "Uno de los nuestros", sustituyendo a los hampones de Nueva York por los tiburones de la Bolsa. La analogía resulta evidente, y ahí es donde Scorsese desarrolla su crítica, en los excesos del capitalismo salvaje que han derivado en el colapso financiero de los últimos tiempos.
Lejos de atemperarse, a sus 71 años Scorsese sigue rodando con el mismo brío y la misma garra de siempre. Cineasta barroco y exuberante, su condición de director se asemeja a la del jefe de un circo de tres pistas donde impera el viejo lema del más difícil todavía. Esta actitud valiente, casi temeraria, conlleva a veces momentos de lucidez y a veces de riesgo, hasta el punto de que "El lobo de Wall Street" parece ahogarse en más de una ocasión bajo su propio artificio. La línea argumental se diluye por momentos y la película se recrea en sí misma, bordeando la autocomplacencia, algo que Scorsese soluciona mediante la fluidez narrativa y la colaboración de sus fieles: Thelma Schoonmaker, cuyo trabajo como montadora se convierte en el alma de la película, y Leonardo DiCaprio, todo un ejemplo de voluntarismo y entrega en la interpretación. El actor compone un personaje rico en matices que carga sobre sus hombros gran parte del peso dramático del film, respaldado por un largo elenco de secundarios que demuestran la importancia de un buen casting.
Referirse a “El lobo de Wall Street” es dejar a un lado la mesura: hay abundancia de escenas y de personajes, hay electricidad en el argumento y un histrionismo que recorre la película de principio a fin. Puro nervio. Pero también se percibe una insistencia por lo anecdótico que resta efectividad al conjunto, la sensación de encontrarse ante un fresco pintado a brochazos que quiere abarcar un universo demasiado complejo. Probablemente la película podría haber durado menos y no ser tan ambiciosa en sus planteamientos, pero sin duda el resultado tendría que ver menos con su director. Scorsese sabe cómo atrapar la atención del público y hacerle tragar su caramelo, conoce los resortes del drama y de la comedia para construir un artefacto cuya pirotecnia revienta la pantalla. En definitiva, las imágenes de "El lobo de Wall Street" llevan implícitas la marca de su autor, y eso, en estos tiempos de películas clónicas y de concesiones a la taquilla, es un valor irreprochable. Cine apasionante y apasionado, un auténtico regalo para los seguidores de Martin Scorsese.

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Amanda. "Carefree" 1938, Mark Sandrich

A partir de la década de los 20, el cine comenzó a vivir una fiebre por el psicoanálisis que afectó a directores como Hitchcock, Lang o Buñuel. Las teorías de Freud y su interpretación de los sueños dieron coartada sobre todo a películas dramáticas y del género negro, pero hubo también argumentos menos graves que se vieron arrastrados por esta corriente, hasta el punto de alcanzar a una comedia musical de Fred Astaire y Ginger Rogers como "Amanda".
Se trata de la última ocasión en la que Mark Sandrich dirigió a la pareja de bailarines después de inolvidables filmes como "La viuda alegre", "Sombrero de copa" o "Ritmo loco". Dentro de esta serie de aciertos, el lugar que ocupa "Amanda" es el de una joya oculta tal vez por lo extravagante de su trama.
Astaire interpreta el papel de un psicólogo con zapatos de claqué que es capaz de recurrir a la hipnosis para conseguir el amor de una de sus pacientes. Vista hoy, la película no tiene desperdicio: los escasos números musicales, con composiciones de Irving Berlin, son tan brillantes como de costumbre (atención al ralentizado, toda una sorpresa), el guión resulta divertido y los dos actores demuestran su capacidad para la comedia, con mención especial para Ginger Rogers. Su personaje da título al film y aguanta con soltura el peso de la mayoría de las situaciones, convirtiendo a "Amanda" en un eficaz entretenimiento que, si bien no alcanza el brillo de los anteriores éxitos de la pareja, garantiza ochenta minutos de espectáculo sin pausa y sin haber acusado el tiránico deterioro del tiempo.
A continuación, un método infalible para convencer a chicas que se resisten a compartir un baile: el hipnotismo, a cargo del doctor Astaire. Tomen nota:

    
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12 años de esclavitud. "12 years a slave" 2013, Steve McQueen

Tras haber sido bendecido por la crítica con sus dos primeros largometrajes ("Hunger" y "Shame") el cineasta Steve McQueen entra por la puerta grande de Hollywood asumiendo el reto de llevar a la pantalla las memorias del cautiverio de Solomon Northup. A mediados del siglo XIX, este músico y padre de familia vio alterada su condición de hombre libre por la de esclavo, víctima de unos comerciantes sin escrúpulos. Su crimen fue haber nacido negro, y su virtud la de haber dejado constancia de la docena de años que pasó en aquel infierno. Se avisa en uno de los rótulos del film: Northup fue uno entre muchos, pero pocos sobrevivieron para contarlo. "Doce años de esclavitud" resulta por ello aleccionadora, y aspira a moldear los cánones con los que el cine se ha aproximado a estos acontecimientos históricos. Conviene, sin embargo, tomar algunas cautelas antes de que los juicios de valor se confundan con los cinematográficos.
Comencemos por lo obvio: todos estamos en contra del racismo, y la esclavitud fue un crimen vergonzoso contra la humanidad del que se lucraron diferentes naciones, incluida la nuestra. La denuncia, por lo tanto, está implícita desde la propia elección del argumento. Ahora bien: ¿Son lícitas todas las formas de denuncia? ¿Dónde termina la muestra de dolor y dónde comienza su exhibición? Porque McQueen bordea peligrosamente esa línea en diferentes momentos de la película.
"Doce años de esclavitud" es dura, muy dura. Es una película dolorosa, casi hiriente. Las magníficas interpretaciones de Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender y de todos los secundarios humanizan el horror que vemos en la pantalla, le ponen cara. Los hermosos paisajes del Sur de los Estados Unidos contrastan con la brutalidad de sus vecinos más respetables. Se percibe la voluntad del director por aliviar la tragedia con dosis de intimidad y de misterio, algo a lo que contribuye la música envolvente de Hans Zimmer. La planificación de McQueen alterna los planos largos que muestran acciones en tiempo real, y los juegos con el montaje, mediante elipsis que cubren un amplio espacio de tiempo para dinamizar la trama. En suma, todos los elementos aparecen conjugados para provocar una emoción sin fisuras. Pero hay también un empeño del director por conmover al espectador a cualquier precio, con cada latigazo y cada gota de sangre, con cada mirada de odio, lo que está a punto de volverse en contra de la película y aminorar su fuerte carga dramática.
Un ejemplo: en una de las escenas más intensas del filme, el protagonista se ve obligado a azotar a una de sus compañeras en la plantación. El elaborado plano secuencia con el que se narra este hecho se desplaza desvelando las acciones y las reacciones de los personajes, juega con los diferentes términos de la imagen y hace partícipe al espectador de lo que está pasando, le convierte en testigo impotente del espanto. Bravo por McQueen. La escena siguiente se abre con un primer plano de la espalda desgarrada por los latigazos, mientras unas mujeres tratan a duras penas de limpiar las heridas sangrantes. La primera escena es un ejercicio virtuoso de cine, cargado de drama y de tensión. La segunda es reiterativa, detiene el relato y chapotea en un sadismo que raya en lo morboso.
En definitiva, si lo que pretende "Doce años de esclavitud" es arrojar luz sobre un periodo oscuro de la historia, es evidente que sus responsables lo han conseguido con éxito. Pero si de lo que se trata es de revolver las tripas del público acomodado y de azuzar sus conciencias, tal vez un poco más de sutileza ayudaría a que el recuerdo de esta película notable no se quede en el mero cóctel de lágrimas y hemoglobina. El talento de Steve McQueen como director, demostrado en este y en sus anteriores trabajos, se lo merece.

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La esclava libre. "Band of angels" 1957, Raoul Walsh

Los grandes estudios no permanecieron ajenos al Movimiento por las Libertades Civiles que empezaba a bullir en los Estados Unidos en la década de los cincuenta. Producciones tan diferentes como "Fugitivos" de Kramer, "Imitación a la vida" de Sirk o "La esclava libre" de Walsh trasladaban a la pantalla temas hasta entonces comprometidos como el de las desigualdades raciales. Más que buscar el oportunismo, se trataba de enmendar un error de omisión, un ajuste de cuentas con el pasado más reciente.
"La esclava libre" despliega el poderío de Warner Brothers justo antes del declive del sistema de estudios, todavía hegemónico, en esta producción fastuosa que cuenta con las coloridas imágenes de Lucien Ballard y la partitura siempre inspirada de Max Steiner. Sentado en la silla de director, Raoul Walsh ejercía su magisterio en la última etapa de su larga y rica carrera. El veterano cineasta supo imprimir el clasicismo que precisaba la narración, prolija en situaciones y en decorados, a base de recortar la novela de Robert Penn Warren que adaptaba. Esta necesidad de síntesis afecta al desarrollo del guión, provocando cierta precipitación en los acontecimientos y una funcionalidad demasiado evidente de los personajes.
Yvonne De Carlo interpreta a una niña rica que vive en una plantación. De la noche a la mañana, se convierte en esclava al desvelarse el secreto de su pasado. Los paisajes sureños de los Estados Unidos y las circunstancias históricas de la Guerra Civil impregnan el relato de épica y romanticismo, algo a lo que sin duda contribuye la arrolladora belleza de De Carlo. Es una lástima que sus recursos como actriz no igualen a los de su fotogenia, descargando el peso interpretativo en su compañero Clark Gable. El actor devora al resto del reparto y reafirma su condición de estrella: Gable impone su carisma y, en buena medida, rescata a la película de la medianía a la que parecía abocarse. Porque "La esclava libre" podía haberse quedado en un mero folletín, en un melodrama anacrónico. La elegancia de Walsh en la puesta en escena y el cuidado diseño de producción elevan el conjunto, convirtiendo la película en una añeja ilustración que se ve con agrado y que proporciona el regusto melancólico de pertenecer a una época que ni siquiera era su propia época. Ya entonces Raoul Walsh era un cineasta de otro tiempo, casi de otra dimensión.

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Los crímenes del museo de cera. "House of wax" 1953, André De Toth

La historia, también en el cine, tiende a repetirse. Durante los años cincuenta, los productores de los grandes estudios buscaban la manera de recuperar al público que poco a poco iba abandonando las salas, atraído por la novedad de la televisión. Para combatir la pujanza de la pantalla doméstica, las pantallas de cine se hacían cada vez más grandes y los colores eran cada vez más vivos, se perfeccionaban los sistemas de sonido y se desarrollaban ingenios técnicos como el de las tres dimensiones. Warner Brothers fue  el primero de los estudios que apostaron por ponerle a sus espectadores las primitivas gafas bicolores que permitían admirar la maravilla de la imagen cercana, la sensación de relieve que todavía hoy sirve como panacea ante el declive de asistencia a las salas.
En 1953, el vehículo para lucir el invento era "Los crímenes del museo de cera", cuya realización fue encomendada a un artesano eficaz y ajeno a los sobresaltos como era André De Toth. La paradoja consistía en que más allá de la innovación y de la parafernalia publicitaria, la película retomaba el espíritu de las viejas producciones de la Universal de los años treinta, cuando Béla Lugosi y Boris Karloff sembraban el terror en los patios de butacas. En esta ocasión era Vincent Price el encargado de alimentar las pesadillas de los espectadores, en una de sus interpretaciones más carismáticas: la del artista sensible que debe pervertir su genio para satisfacer a un público hambriento de banalidades.
La apariencia artesanal de "Los crímenes del museo de cera" favorece su aureola de cuento gótico, de romanticismo decadente que De Toth convierte en una de las principales bazas del film. El director aprovecha bien los medios con los que cuenta para crear atmósferas inquietantes y de gran plasticidad,  en una evocación de postales antiguas que, lejos de amarillear con el tiempo, conservan intacto todo su poder de fascinación.
Resulta difícil permanecer ajeno al influjo del film y a la magia que desprenden sus imágenes. Muchas de ellas contienen la llama que luego se prendió en cineastas como Roger Corman, John Carpenter o Tim Burton. Este último rindió pleitesía en 1982 a la figura de Vincent Price en forma de cortometraje de animación, una pequeña maravilla que lleva por título "Vincent" y que cuenta con la propia voz del actor. Que lo disfruten:

   
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